LA TRAICIÓN

EL ESCUPITAJOVeinticinco minutos faltaban para terminar el segundo tiempo. El teléfono repicó con insistencia. Pumas aventajaba  al América —cuatro goles a tres—, y confiaba que el empate se daría en cualquier momento.

Heinrich se vio en la necesidad de bajarle el volumen al televisor para contestar la llamada.

Diez veinte de la noche.

Su mujer dormía en la cama contigua.

—Heller… —murmuró.

Su lugarteniente, Constantino Caratazo informó que Susana se había presentado al hotel del periodista. Llevaba consigo una pequeña maleta con documentos comprometedores.

—Les dijo a los muchachos de seguridad que regresaría en una hora, porque iría con su acompañante a cenar cabrito en la taquería de Marucha Torres.

—¿Los buscaron en otros hoteles o en su casa?

—Kiko nos informó que salieron juntos del Zumbido y abordaron la camioneta de Susana…

—Nos vemos en la oficina en una hora, los quiero a todos ahí…

El futuro secretario de Protección y Vialidad sintió una piedra caliente en la boca del estómago.

Putísima madre, lo que me faltaba”.

No le importó que Cuauhtémoc Blanco igualara el marcador.

El delantero americanista lanzó una espectacular chilena. El balón se le escapó de las manos al guardameta Sergio Bernal.

Heller, furioso, se metió los pantalones y enjaretó una gorra beisbolista, blanca.

Del cajón del buró extrajo su Parabellum Luger, regalo del Yeyo.

Sin apagar el televisor abandonó su recámara.

El chofer-guarura lo aguardaba en la entrada, junto al garaje.

No hubo necesidad de explicar hacia donde se dirigían.

Caratazo lo había alertado, a través del walkie-talkie.

En quince días tomaría posesión de su nuevo cargo. El incidente parecía una paradoja. Mujeres como Susana transitaban en todos los puteros de Tamaulipas.

Sin embargo, reconoció su estupidez. Dejó en manos vulnerables, ajenas a la organización, la vigilancia del periodista.

Sus guevos ganaron la batalla, como se lo restregó a El Chaneque antes de meterle dos balazos en la cabeza y ordenar que lo desaparecieran en las tierras cenagosas de Palenque.

La tonelada y media de cocaína fue decomisada en un acto imprudencial: desviarse de la ruta para contactar telefónicamente con Ahil Acam.

Los seis agentes de la policía judicial federal lo liberaron con la consigna de no reclamar el narcótico. Además, entregarles, en esos precisos momentos, quinientos mil pesos contantes y sonantes.

El traficante acudió a Caratazo e hizo el pago.

En El Porvenir, donde fue abandonado, un comando encabezado por el propio Heller se hizo presente.

No puso trabas y lo ejecutó.

El mismo final tuvieron los policías ministeriales.

La droga no fue recuperada.  Los agentes se la vendieron un traficante beliceño.

La historia se repetía, pero el final no sería trágico.

Don Camilo jamás le perdonaría tan lamentable falla. Gaudencio Palma fue muy claro:

—Hay que desprestigiar a ese hijo de puta y matarlo de un infarto. Una buena dosis de Telmisartan por el culo lo dejará con el alma en el infierno… Ahí te lo encargo.

Jamás intuyó que Susana lo traicionaría. Fue demasiado condescendiente.

Nunca le escuchó una queja o protagonizó escenas de celos.

En la cama dio lo mejor.

 En menos de tres meses le tuvo ley. Incluso, supuso que era la mujer perfecta para un político de su nivel: excelente amante: callada, fiel, hermosa, sensual, mesurada en gastos y nada exigente.

Ahora comprendía porque El Chaneque jamás suplicó antes de ser ejecutado. Por el contrario, pidió que protegiera a Ahil Acam y ayudara económicamente a su familia.

Y así lo hizo.

En Champerico, sus padres recibían quinientos dólares mensuales.

El policía que la desgració deambulaba castrado por todo Guatemala.

De paso, los Maras Salvatruchas, contratados para ese trabajito, le cortaron la lengua.

La Van tomó la carretera 101, en dirección a Matamoros. Trece kilómetros delante, cerca del ejido Miguel Hidalgo, torció hacia la derecha y se internó a una brecha sin alinear, llena de breñales.

Dando tumbos llegó a un claro, rodeado de pinos. Divisó una cabaña de madera y teja colorada.

Una decena de matones aguardaba.

Caratazo salió de la construcción para recibir a Heller. Del hueco de la puerta brotó una bocanada de luz fosforescente.

Caratazo era de padres griegos, de la ciudad de Heraklion. Poseían una fábrica de materiales para embalaje. Don Camilo era el socio principal.

Caratazo no le tuvo gusto a la escuela y decidió probar suerte en México.

En ocho años aprendió el castellano. Por sus antecedentes de rompehuelgas, entrenado por un coronel del Peloponeso, se convirtió en mercenario y cabeza del grupo de Los Jarochos: un comando armado del Cártel de Veracruz.

—No llegaron a su departamento y ningún hotel tiene registro de su presencia. Como te dije: Susana entró a su habitación y sacó algunas cosas, seguramente del periodista…

Heller escuchó con atención y escudriñó los ojos de sus hombres.

Ninguno lo miró con fijeza o evidenció inseguridad y temor.

Fueron ajenos a la decisión tomada por Susana, intuyó.

Le dijo a Caratazo en inglés:

—Quiero todos los reportes de las garitas de paso, casetas, moteles y los aeropuertos de Matamoros, Laredo, Reynosa y Ciudad Victoria. La hija de la chingada tratará de llegar a McAllen. Yo lo haría…

—¿Crees que el periodista la siga?

—Si lo alertó, de pendejo se regresa a México; sabe que ahí la tiene perdida. Su única visa de salida es la puta de Susana, porque tiene dinero y conoce la región. Cualquier pollero puede cruzarlos a Estados Unidos.

—La gente ya se está moviendo por todos lados —dijo Caratazo. Su rostro empedrado contrastaba con su mirada zopilotera. El tupido mostacho cobrizo cubría su labio superior—. Tienen las placas de la camioneta y las características de los dos hijos de puta. Hemos corrido la voz entre los polleros de que habrá veinte mil dólares para quien les ponga dedo.

En castellano, Heller ordenó:

—Necesitamos limpiar la plaza de Matamoros. Hay que sacar a Zamarripa de la clínica Vogel y darle en la madre, como escarmiento, y achicar la nómina del penal. Seis o siete cabrones menos.

Caratazo hizo una mueca siniestra.

Seguramente Vitórico, El Maya y El Azul no esperaban la contraofensiva. Habían robado una carga de anfetaminas en La Escondida, a un par de kilómetros de la frontera con Nuevo León.

En el operativo mataron a cuatro de sus hombres.

El hecho sucedió seis meses atrás y las instrucciones de Palma fueron que recularan hasta nueva orden.

Aguardarían a que sus adversarios se confiaran, creyeran que todo quedaba en el olvido.

Por el momento, controlaban una de las principales rutas de acceso a Texas.

La clínica estaba en el Paseo de Reforma, dentro del perímetro de la Lucero. Los policías judiciales responsables de vigilar a Zamarripa —sobreviviente de un infarto cerebral— se harían los desatendidos.

Le pagaba el Cártel.

Caratazo estaría al frente del comando. Pondría en marcha lo asimilado por ex militares israelíes. El entrenamiento le permitió huir de la prisión de Ciudad Mante.

La fuga lo convirtió en una leyenda: armó un potente explosivo con cloruro de potasio, extraído del blanqueador; gasolina blanca, vaselina y cera e hizo un enorme hueco en un muro de la celda.

Huyó con el apoyo de dos integrantes del comando.

Jacinto Nepomuceno lo designó capo o sgarrista, como le gustaba que lo llamaran en el comando de Los Jarochos.

Palma, por la ausencia del sobrino de don Camilo, hacia el papel de Consigliere. Heller era un Underboss o Sotto Capo.

De Caratazo, seguían los soldados o piciottos.

La estructura de mando era réplica de una organización criminal de Sicilia.

Don Camilo, bajo ese criterio, representaría al Capo de tutti capo o Capo crimini.

Don Camilo, digno admirador de Vito Casio Ferro, fundador de la mafia siciliana, llegó al extremo de obligar a sus leales a hacer el juramento de sangre —extraída de un pinchazo en un dedo— y remojar una esfinge de la Virgen de las Mercedes.

 Las estampas fueron adquiridas en Puebla de Soto, Murcia, al sureste de España. Ahí, el viejo tamaulipeco poseía huertos de melocotones y albaricoques.

El icono era incinerado en las manos ahuecadas del recién incorporado al Cártel de Veracruz. Después, depositadas a una pequeña urna de plata.

Y repetía:

—Juro lealtad a mis hermanos; no traicionarlos nunca y socorrerlos siempre. Si no lo hiciera, que sea quemado y reducido a cenizas como esta imagen.

Caratazo y sus matones, en overol negro, retomaron la carretera 101 para enfilar a Matamoros.

Heller tenía prisa de llegar a San Fernandino.

Durante el trayecto se comunicó con Palma. Le comentó que sus “trabajadores” irían por “los tablones” al “aserradero de San Pedro”.

Palma se encontraba en el rancho del Cangrejal, a diez kilómetros del aeropuerto La Pesca, muelle de la laguna de Almagre.

—Todo bien acomodadito, para que no tenga quejas el cliente, por favor… —pidió Palma.

—No, no habrá ningún problema.

—Necesitamos hablar mañana, en el lugar de siempre. Vente preparado para cazar patos y sacar camarón. La joda va a estar buena…

—Llevo las chelas

—Sale… Saludos a tu compadre.

Heller tenía certeza que era del conocimiento superior la huida de Susana y el periodista.

Palma le demandó el encuentro.

Su reciente nombramiento de secretario de Protección y Vialidad debía garantizar su sobrevivencia. La falla tendría un lamentable costo para su futuro político.

Don Camilo nunca perdonaba los errores, menos de esa naturaleza.

Estanislao Yepes lo llamó asesino y senil y lo responsabilizaba de todos los males sociales ocurridos en Tamaulipas.

En uno de sus reportajes aseguró que don Camilo que encabezaba a una red de tratantes de blancas.

En otra ocasión, escribió:

Camilo Nepomuceno Sierra debe ser investigado y detenido, porque seguramente es quien promueve el secuestro y asesinato de algunas mujeres de Matamoros. Hay quienes aseguran que en sus ranchos se organizan orgías, como en la antigua Grecia, y no le importa que las muchachitas prostituidas y drogadas sean menores de edad. Una fuente creíble de la Procuraduría General de la República asegura que Camilo, a pesar de ser un octogenario, es muy dado a pervertir adolescentes.

Don Camilo le hubiese perdonado su audacia reporteril. En realidad traficaba con drogas, indocumentados y fayuca.

Sin embargo, no le perdonaría el haberlo involucrarlo en una actividad que dañaba su reputación y lo condenaba a ser objeto de burla ante conocidos y familiares.

Y así se lo hizo saber a Palma.

Susana, hija de tu puta madre, no tienes idea en el lío que me metiste…, pensó Heller, antes de meterse su segunda cerveza griega.

Desconocía que Caratazo llevaba la consigna de ejecutarlo.

VIDEOTECA:

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