GELASIO

amapolaEn Chopeque hay unos árboles achaparrados que huelen a trementina. No son pinos. Se llaman tascates y abundan en todo el valle y las planicies serranas.

Y con la llegada del hombre, arribaron los manzanos, duraznos y perales.

Los tascates no guardaron luto u optaran por alejarse. Tienen el mismo ramaje de los pinos y sus diminutas bellotas poseen una carnosidad blanca, inodora, y amarga.

El sabor y olor astringente se percibe al convertirse en plantas y troncos.

Con ellos crecí y aromaticé mis fantasías.

Frente a la casa de mis padres, los tascates convivían con los tractores, trocas, desechos, vacas, cerdos, caballos y aves de corral.

 Bajo los ramajes de los tascates, acicalados por relámpagos y aguaceros, se refugiaban los perros, alocados y escandalosos. Valientes.

La noche se tornaba negra.

Los árboles me parecían fantasmales.

Gelasio Moreno Maynes se ocultaba en una trocha pegada al riachuelo que descargaba sus aguas en la  laguna de San Rafael.

Nada me decía.

Temía el rechazo por mi forma peculiar de relacionarme a los pretendientes: les daba entrada y ya contaminados de pasión, optaba por rechazarlos e ignorarlos.

Siempre he creído que emana de mi naturaleza una especie de perfume adictivo, que despierta la libido de los hombres.

Tengo las cualidades de la mandrágora. Algunas glándulas sudoríparas los enfebrecen.

Las bestias exudan esa fragancia volitiva en ciertas temporadas del año. En mi caso —y esa ha sido una maldición o bendición— es algo innato, perenne, ajeno a mis actos.

Tal vez, Gelasio Moreno percibió ese don natural en algún jaleo de Chopeque o Cerro Prieto de Arriba.

Supe del interés en mi al comentárselo a las mellizas Orozco. Y éstas, al chirinolear con sus amigas, aceptaron servir de Celestina e invitarme a la fiesta patronal del Corpus Christi.

El chisme trascendió por el Álamo de los Ojos Azules. Ahí vivía Carmen Ventura, una comadre de Gelasio Moreno.

En esas fechas se veneraba al Santo Niño de Atocha.

Mi madre conocía a los Ventura, una familia de bien de El Álamo de Ojos Azules. No dudó en permitirme ir con Carmen al baile, ausentarme esa noche del rancho.

En tres meses cumpliría quince años de vida. Ya calzaba zapatillas y blusas muy entalladas.

Me excitaban las miradas de los hombres, cargadas de lascivia.

En la troca de Gelasio, Carmen y yo nos trasladamos al poblado. Durante veinte minutos recorrimos la topografía agreste de Cusihuiriachi.

En silencio, cruzamos las callejuelas encharcadas y disparejas de La Ciénega de Ojos Azules.

Los tascates predominaban, verdes y vigorosos, pegados al caserío de adobe y tabicón.

La troca logró sortear los sinsabores del aguacero y llegar sin contratiempos a nuestro destino: El Álamo de Ojos Azules.

—Hay una persona muy bien portada, de por acá, que quiere conocerla —me dijo Carmen antes de internarnos a su casa.

—¿Quién es, lo conozco?

—Es una sorpresa, lo invité a comer.

Ya no ahondé en el tema. Tampoco di muestras de interés por conocerlo.

En los bailes asistían muchachos de El Álamo y La Ciénega. Nunca me parecieron seres extraordinarios, sino ordinarios y pésimos bailarines.

Gelasio Moreno no acudió a la invitación y eso me molestó.

Era la primera vez que alguien ignoraba mi presencia.

—Seguramente fue a traer pastura para sus vacas y por el mal tiempo tuvo problemas en el camino —justificó Carmen mientras comíamos.

—No me interesa —respondí con sequedad.

Sus padres y hermanos, presentes en la mesa, guardaron silencio. Ya muy al final, don José Manuel preguntó por la salud de mi madre y fue cuidadoso en aludir el nombre de Abraham Katz. Sabia de su nuevo romance en Creel. Dos de sus tres hijos —Sotelo y Felipe— trabajaban en los aserraderos del poblado maderero.

La tarde llegó sobre un oleaje de bosta y trementina y una llovizna pertinaz.

Las muchachas y muchachos casaderos empezaron a salir de sus hogares y concentrarse en el Salón social de la ranchería.

Los Tigres de Tres Marías, contratados en Ciudad Cuauhtémoc, amenizarían el jolgorio.

—Mira —dijo Carmen al tiempo de darme un leve empujón—, allá está el susodicho.

Gelasio Moreno hallábase todo orondo en la puerta del local, vestido de chero: pantalón de mezclilla, cinturón pitiado; camisa negra, de manga larga con una cabeza de caballo en chaquira dorada estampada a la espalda, y botas vaqueras de piel de serpiente.

Su porte varonil, de hombre de campo, me sedujo al instante.

—Gelasio Moreno Maynes, su servidor…

Sentí la callosidad de su mano, de ruezno.

Una descarga eléctrica me calentó el útero.

El sombrero tejano canotier, ocultaba unos ojos marrones, duros y faltos de afecto.

Sin duda, se trataba de un vaquero agreste, acostumbrado a amansar toros y potrancas.

—Amapola Katz… —apenas logré desentumir la lengua.

No hablamos más.

Toda la noche bailamos frente a frente.

Por momentos, bajo el ritmo de una bachata romántica, percibí en mi vientre de virgen su potencia de macho urgido, torgo de táscate, tufo de toril.

Entonces supe que, ese fauno pocholo y malhablado, tendría en su fusta de mando la docilidad de una lepa montaraz y enamorada.

HEMEROTECA: Tecnicas del guion para cine y televisio – Eugene Vale

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s