LA CAVERNA

chacal portada12 DE MAYO

Sábado veraniego de faldas cortas, bermudas y blusas strapless, sin brassier.

En las calles céntricas, entre la Notre Dame y La Comuna, el movimiento humano es poco usual.

En torno al parque Freres-Charon, los restaurantes y bares están animados. Pocas mesas vacías.

Me desplazo por la McGuill y escucho la risa contagiosa de dos niños afrocanadienses que corren por la banqueta, cerca de una anciana que aguarda le entreguen la pizza solicitada en un pequeño local atendido por un matrimonio japonés.

El propósito de la caminata: desestresarme, después del largo viaje a Trois Rivières:. Desde las seis de la mañana abandoné la cama para encontrarme con Rosalba en su departamento.

Paul nos invitó a visitar una agroindustria, construida a medio kilómetro de las márgenes del Saint Lawrence.

El trayecto lo hicimos en el auto de su hermano, por la autopista Felix Leclerc, y valió la pena.

Parte de la experiencia la anoté. Lo hice en una mesa de la cafetería Des Eclusiers, en la plaza Du Génie, frente al río:

—Esta tecnología es la que intentan meter a las casas, Pa… —explicó Rosalba—. Quieren que una familia produzca su propia comida en pequeños lugares de su casa o departamento… En la empresa que le proponen a Paul, fabricarían todo lo necesario para que tengas tu hortaliza y no falte la verdura todo el año…

Después de cruzar la extensa campiña de un verde intenso y demarcada en rectángulos con cercas plásticas, nos internamos a una floresta de arces y flamboyanes.

Me impresionó esa mezcla natural, poco común en otras regiones de América.

Manchones de flores naranjas iluminaban nuestro paso.

Antes de las once de la mañana arribamos a un conjunto de galerones de cristal y aluminio, donde un ejército de jornaleros —chinos, pakistaníes e indianos— producía grandes cantidades de chile morrón, tomate bola, pepino y elote tierno.

La hidroponía era el medio utilizable.

Los nutrientes de la tierra (sustratos y nitratos) son adquiridos en empresas trasnacionales. Lo mismo ocurre con las semillas e insecticidas.

En la provincia de Ontario existen más de cuatro mil agroindustrias y sus costos de producción abarataban sustancialmente el precio de las verduras, granos y frutas en los grandes supermercados: Food Basic, No Frills, Dominion, Sobyes, entre otros.

Y en Quebec, la cadena Metro tiene el control de la venta al menudeo.

El capataz, ex compañero de preparatoria de Paul, fue nuestro guía.

Al término del recorrido nos invitó, en su oficina, un tarro de cerveza.

El verdadero propósito del encuentro: invitar a Peter a invertir en una microempresa que fabricaría charolas, costales de hilo metalizado y botellas de plástico donde almacenarían agua enriquecida con fosfatos para producir hortalizas caseras.

La intención: llevar la hidroponía a los hogares y en charolas y costales reproducir las plantas que durante cuatro meses no dejarían de producir verduras.

Por ejemplo, en una sola mata cosecharían hasta veinte tomates por quincena.

Ernest Ming, a pesar de su corta estatura y aspecto enfermizo, era vehemente al explicar el propósito del negocio.

—Es el futuro —insistía y sus palabras me recordaban los recientes comentarios de Rosalba, igual de animados—, porque los costos tendrán que reducirse y solo las multinacionales garantizarán que en cada hogar no falte la comida. Si ya somos consumidores de alimentos enlatados, ¿por qué no producir nuestras propias ensaladas y frutas en espacios reducidos y sin riesgo de contraer enfermedades gastrointestinales? Los más listos pueden vender los excedentes en el mismo edificio donde viven…

Lo que Ming proponía era aceptar las semillas transgénicas, meterlas a cada hogar y consumir productos manipulados genéticamente.

Tal realidad existe en los países industrializados.

En la provincia de Ontario, un millón de jornaleros labora en las agroindustrias dependientes de los laboratorios trasnacionales.

Los corporativos controlan los abonos, fertilizantes y los artículos necesarios para que la planta cumpla con su ciclo reproductor.

Por este medio, cada canadiense invierte el diez por ciento de su sueldo para allegarse de comida.

Quebec no se sustrae a ese mercado poco competitivo.

Los agricultores tradicionales están condenados a desaparecer y proletarizarse.

El regreso a Montreal fue de algarabía.

Paul y Rosalba se convencieron que el negocio tendría buena acogida en México.

Durante el trayecto reflexioné sobre como Canadá había construido una nueva sociedad poco consciente de su entorno de castas apegadas al negocio volátil.

La mayoría de jóvenes intentaba encajar en el statu quo. Sus aspiraciones de vida quedaban reducidas a cuatro grandes propósitos: terminar una carrera profesional, conseguir un buen empleo, acumular dinero y reventarse dos veces al año en cualquier parte del mundo.

Sus pobres, discapacitados, marginados y adictos contaban con instituciones asistencialistas.

Los descarriados del espíritu (no solo religioso), tenían a su servicio una riada de pastores de iglesia, psicólogos o conductores de televisión. Su propósito era llenar a sus audiencias de admoniciones, miedos y fármacos tranquilizadores o energéticos.

Pedí a Paul me dejara en el viejo corazón de Montreal y a las cuatro de la tarde, aún con el sol enseñoreándose sobre la metrópoli, inicié mi caminata por la McGuill en dirección a la plaza Du Génie, cerca de un atracadero de yates.

Las aguas del San Lorenzo, pardas y grasosas, no cesaban de deslizarse hacia los vertederos de la isla de New-Foundland.

Por el momento, la algarabía estaba en su mejor estación.

En la cafetería Des Eclusiers bebí cerveza y observé el paso de los cargueros y algunos yates con turistas en la cubierta.

Las catorce esclusas, construidas a lo largo de los tres mil setecientos kilómetros de río para evitar los bajos niveles de agua, estaban privatizadas y administradas por los corporativos Saint Lawrence Seaway Management Corporation y Saint Lawrence Seaway Development Corporation, de capital estadounidense y canadiense.

Del océano Atlántico al Lago Superior iban y venían cientos de buques de carga que alimentaban de infinidad de productos a la industria y el comercio de las dos potencias económicas.

Sin duda, los más beneficiados son los inversionistas privados de Ontario, Quebec, Minnesota, Wisconsin y Míchigan.

Después de permanecer un par de horas en la cafetería, recordé que necesitaba realizar unas compras.

Me sentí más relajado y menos reflexivo y evoqué, mientras caminaba por la McGuill, el mito de la caverna de Platón y las fachadas carcomidas por la salinidad de las viejas construcciones de Siracusa.

El mito de la ciudad, supuse.

No era sano ser crítico del sistema de convivencia, impuesto por el libre mercado, principalmente en una sociedad enajenada por la penumbra de lo incomprensible.

Eros y Tanatos sometidos por Hermes y Perséfone, la reina del inframundo.

En la estación de Square Victoria abordé el tren subterráneo que me trasladó a una tienda de artículos usados de la Jean-Talon: la Value Village.

La cadena es controlada por una fundación religiosa.

Con veinte dólares adquirí una novela algo maltratada de Comarc McCarthy, The Road; dos pantalones de mezclilla, tres camisas de algodón de cuello Mao y un par de zapatos, tipo alpargatas, con suela de goma.

En un supermercado o tienda de marca, hubiese invertido doscientos dólares.

HEMEROTECA: Taylor Alfred Edward – Platon

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