GIÚ LA TESTA

cineEl paquete gris me fue entregado con solo proporcionar el nombre.

—¿Ulises Valtierra?

—Oui, je suis…

—Signez-vous ici, S’il vous plaît…

El tipo de Poste Canada evitó mirarme el rostro. Su cara amortajada evidenciaba una fatiga extrema.

En Montreal, de autorizarlo el inquilino, el cartero podrá ingresar al departamento, sin presencia humana, y dejar cualquier paquete o correspondencia en la mesa del comedor.

Amazon proporciona tal servicio en los Estados Unidos de Norteamérica.

El nombre de mi hermano Laodamante destacaba en uno de los ángulos del paquete. No lo esperaba. En doce años hablamos en tres ocasiones por teléfono. Ni siquiera tenemos lazos por Internet.

La ruptura fue definitiva, después del accidente carretero. Laodamante iba al frente del volante. Solo él sobrevivió.

Y era el menos indicado.

Me sorprendió reencontrarme con tres libretas de media carta y pasta negra. Las daba por perdidas.

En la primera, hallé una nota con letra manuscrita.

Odi, no quise echarlas a la basura, porque te pertenecen.

En casa no me llamaban Ulises, sino con el apocope de Odi, por Odiseo. Mi padre fue un lector furibundo de Homero y la mitología griega. De ahí, los nombres de mis hermanos, Ktimene y Laodamante.

Mientras almorzaba empecé a hojear una de las libretas.

En tinta verde hice las anotaciones.

Sábado 26 de agosto de 1972.

Mi primera noche en el cuartel del Centro de Capacitación de la Armada de México. Desde el jueves llegué al puerto y preferí conocer la ciudad antes de encuartelarme. Ya extraño a la familia y seguramente mi madre y Ktimene  no paran con su chilladera. Homero no dio muestras de tristeza cuando nos despedimos. Así es su carácter. El cabrón de Lao seguramente se fue de farra y no quiso verme. Le molestó que nuestro tío Leodegario me diera el espaldarazo para ingresar a la Marina.  

Releerme permitió confirmar mi apego a la lectura, a pesar de frisar casi diecisiete años. En dos semanas los celebraría.

Homero, al que pocas veces llamé padre, nos impuso tres normas desde que aprendimos a leer y escribir en una escuela pública: tender nuestra cama al levantarnos, anotar brevemente en un cuaderno nuestras actividades del día y leer veinte páginas diarias de un libro antes de dormir.

—De algo les va a servir en la vida —repetía cuando Lao protestaba.

 Los domingos íbamos a la matiné del cine Teresa, el de la avenida San Juan de Letran. Dos películas por diez pesos. Lo que en 2019 sería un peso, si tomamos en cuenta que el 1 de enero de 1993, por decreto, se le quitaron tres ceros a nuestra moneda.

Los problemas económicos no fueron un impedimento para cumplir las reglas impuestas por nuestro padre.

Era un modesto operador de una imprenta de la plaza de Santo Domingo.

Mi madre, aparte de hacer la dura talacha del hogar, tejía suéteres y los vendía entre sus conocidas.

Nuestros padres nacieron y estudiaron la primaria y secundaria en Huayacocotla. De ese pueblo veracruzano, casi borrado por la niebla, provienen nuestras raíces de sangre.

Homero decidió vivir en la colonia Roma para protegernos. En la calle Nayarit, a unos cuantos pasos de la escuela primaria federal Benito Juárez.

No quiso exponer a sus hijos en el centro histórico de la ciudad: el zócalo y sus alrededores.

La broza, como llamaba a los chavos-banda, vandalizaba y alejaba a los estudiantes de sus deberes.

En la colonia Roma radicaba la prosapia clasemediera, menos afín a la vagabundería. Lo repetía cada vez que jugaba cartas con sus cuates de bohemia. Tampoco le importaba abordar dos autobuses para ir a su trabajo.

Tuve una infancia y adolescencia sin contratiempos y pesares. Los problemas de la familia eran ocasionados por el primogénito, Lao. Cuando cumplió los quince años de edad, decidió abandonar el hogar. No supimos de su paradero durante un buen tiempo.

Homero y Violeta, mi madre, sufrieron mucho, al extremo de no hablarse.

Ktimene pagó los platos, porque tuvo que soportar el malhumor de Homero.

Yo, en lo mío: sacar buenas calificaciones, hacer anotaciones en una libreta antes de meterme en la cama, leer libros e historietas y ayudar a mi madre en las compras de fin de semana.

Leer y escribir no me incomodaba.

La libreta de apuntes me permitía sacar mis demonios y disfrazarlos con palabras suaves, contrarias a su significado visual.

Por ejemplo, si cuestionaba el comportamiento irracional de mi padre, aludía al pirata cojo John Silver El Largo, de La Isla del Tesoro. Mi universo familiar giraba dentro de la posada del Almirante Benbow. Lógico, yo representaba al hijo del posadero: Jim Hawkins.

Me sacaba del apuro emocional la propuesta literaria del escoses, Robert Louis Stevenson.

El cine fue otro de mis escapes de la realidad cotidiana.

La familia fue el medio natural para ser parido nuevamente.

La calle, el útero final donde tendría que valerme de mis propios medios para sobrevivir.

De ahí, al hoyo.

Las novelas escritas, los programas de televisión y las películas del Cine Teresa, permitieron rasgar el velo de las buenas costumbres emitidas por mis maestros y padres.

Dumas, Melville, Salgari, Stevenson, Verne, London y Victor Hugo, por mencionar algunos escritores, me abrieron el cráneo e inocularon su rebeldía y sueños de aventura.

Cuando cumplí los dieciséis años le comenté a Homero que ingresaría a la Armada de México. Mi tío Leodegario, coronel del ejercito y hermano de mi madre, me daría el espaldarazo para lograr mi propósito.

No hubo objeción.

—Mientras seas responsable en el trabajo, puedes ser marinero o boxeador —dijo Homero dar muestras de enojo o tristeza.

Su cara prieta, rechoncha y sin pelos,  semejaba a la de un ídolo olmeca. No podía ocultar su origen otomí.

Mi madre era de rasgos delicados y diez centímetros más alta que Homero, por ser bisnieta de un jornalero italiano.

Mis padres y hermana murieron en un accidente automovilístico por la imprudencia de Lao.

El deceso ocurrió tres años después de mi ingreso a la Armada de México.

Mi hermano no pudo evadir la presencia de un tráiler que, por falta de frenos, invadió el carril contrario. Pudo haber evitado la tragedia si hubiese tomado la autopista de paga. Optó por internarse en la carretera federal México-Acapulco.

No acudí al sepelio.

Mis abuelos y el tío Leodegario se encargaron de todo.

Lao pasó tres semanas en un hospital y recibió el dinero del seguro de la compañía de transporte.

Yo no quise saber nada.

Me hice periodista y terminé en el exilio.

Leo en mis anotaciones:

El viernes, después de recorrer el malecón y comer mariscos, me metí al cine. Fue una sorpresa. Que chingona película me receté. Agáchate maldito se titula. No entendí el mensaje introductorio atribuido a  un tal Mao Tse Tung. Algo así que una revolución no es una fiesta o algo hecho con elegancia y cortesía, sino un acto de violencia. Y es verdad, recordé al maestro Guito, el de historia, cuando nos hablaba de la revolución mexicana.   

Ahora en mi vejez, tras recorrer un gran tramo de vida, he entendido mejor las cosas.

La película de Sergio Leone me aportó las primeras clases de materialismo histórico: una sangrienta pugna de ricos y pobres o conservadores y liberales.

 En dos horas y media, Leone evidenció, magistralmente, el comportamiento tradicional del letrado idealista (en este caso, un anarquista del IRA) y un iletrado pracmatico (lumpenproletario, de acuerdo a la categoría marxista). Los dos, hastiados de la injusticia, racismo y miseria: elementos generadores de odio de la oligarquía, clero conservador y trasnacionales.

VIDEOTECA:

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