MALVIVIR

morir-en-montreal-portada34

El alcohol afloja la lengua y libera.

No hay borracho que trague fuego.

El boliviano, por su afición al aguardiente y la cerveza, no fue la excepción. Soltó sus choradas durante el transcurso de la noche.

Me sincero, tampoco fue el único.

El Mocho Cabrera me condujo, como el ilustre poeta Virgilio en La Divina comedia, al infierno de la calle Saint-Catherine. Singular bar con paredes y mesas salpicadas de ralladuras, barra circular y sobre la plancha de la barra, un tinglado de madera con baranda, micrófono y pianola.

Lo necesario para animar a la zarrapastrosa concurrencia.

La huesuda quebequés no fue invitada. En taxi regresó a su madriguera con la bisutería y parte del dinero obtenido.

—Aquí solo caben los vencedores —alardeó El Mocho Cabrera bajo su disfraz de cholo paceño.

Por tratarse de un bolo fiel, los saludos arreciaron.

Hasta el giboso cantinero, azolado por las alergias, cruzó la barra para darle un apretón de mano.

No menos de cien personajes, de diversa pinta y consistencia, se apiñonaron en el local.

—Ven chapín —me llamó El Mocho Cabrera—, quiero que conozcas a un periodista azteca…

En uno de los rincones, hundido en la penumbra, un tipo de espejuelos circulares, a la John Lennon, piocha y melena gris tierra, observaba ensimismado a la concurrencia.

 Esa noche, según el comentario del boliviano, declamaría uno de sus poemas. Tenía un par de seguidores, entre ellos al campesino aymara.

—¡Qué onda, Mocho! —exclamó al acercarnos y con su apostura de académico universitario–, listo para hacernos sufrir con tus lamentos andinos…

—Nuevo repertorio, algo de Silvio Rodríguez…—respondió el boliviano—. Mira, es chapín y es recién arribado… Conoció tu país de narcos…

—Parte, parte —aclaré—, la necesidad me hizo cruzarlo…

—Les debemos una disculpa a los inmigrantes centroamericanos, por el mal trato que reciben de la policía y el ejército mexicano…

—Riesgos de la aventura —asentí.

No era lo mío recriminar al enemigo, menos combatirlo. Lo enfrentaba si estaba en riesgo mi salea.

El mexicano me ofreció una silla y la acepté.

No hizo mella al alterar sus pensamientos.

Me sorprendió comprobar que a pesar del horario todas las mesas estaban ocupadas. Gran concurrencia.

Los clientes, hombres en su mayoría, iban por su chupe a la barra. Pagaban al recibir su ración de alcohol.

Un trío de guitarra  se había posesionado del tinglado e interpretaba boleros rancheros.

El responsable del requinto, zurdo y parecido a Christopher Lee en su papel de Drácula, cosechó aplausos y vasos de ron.

—Trabajan en la construcción y son colombianos —confió el periodista, ya entonado por los drinks—. En Medellín eran músicos y la guerra los trajo por estas tierras.

—¿Paracos o guerrilleros?

—Menudistas de droga y sapos de los milicos y canas —sopló El Mocho Cabrera–, pero lo hicieron por un asunto de patria, según alardearon los gargantudos. Les tienen fobia a los comunistas y tuvieron que salir de Colombia, porque la guerrilla iba por sus cabezas…

—¿Y usted por qué vino a Montreal? —rastreó el periodista.

—Por güevón y arrecho, nada del otro mundo…

—Cada cabeza que comulga aquí con alcohol tiene una historia interesante —dijo el mexicano—. Y usted la ha resumido a la perfección…

—Puras choradas que ya no conmueven a nadie, menos a los canadienses —agregó El Mocho Cabrera—. Todos los que gastamos nuestros dólares para hacer feliz a Pierre el cantinero y sus flautas, llegamos aquí por dos razones: por desguevados o come mierdas.

—No todos, Mocho…—brincó el periodista.

En su morral de ixtle cargaba una libreta de apuntes y un libro en francés, La Náusea, del filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, que terminó en mi cuarto y con dedicatoria.

Durante la jornada de embriaguez y música, El Mocho Cabrera me presentó a otros personajes de origen hispano. Muy semejantes a los protagonistas de algunas películas de Federico Fellini o de las producciones de terror de los estudios londinenses Hammer: rudos, hieráticos, resentidos, solitarios, abotagados, cetrinos, cenizos, rocambolescos, parlanchines, mitómanos, misóginos, homofóbicos y bolos.

El alcohol nos hermanaba y permitía olvidar los horrores de nuestra odisea diaria.

—Eduardo Yescas es mi nombre —dijo el periodista sin que se lo preguntara.

—Venancio Cobos —respondí.

El Mocho Cabrera hacía de las suyas en el escenario.

Del repertorio de Silvio Rodríguez me dedicó La balada de las ratas y Te amaré.

Lo hizo con el charango y la quena.

Es posible que, por encontrarme ensopado de cerveza, sus berridos me hayan parecido armoniosos, estimulantes y conmovedores.

La presencia de Melania Cordero, mi alter ego o avatar, removió los recuerdos. Me provocó prurito para continuar con la farra y olvidarme de La tuerta de Cristo y sus anhelos carnales de sentirse viva y amada.

Lisandra le había tomado gran gusto al sexo anal, en su afán de destronar al amante del cocinero.

Me place contemplar/como después del fuego/salen a lucir/las ratas de salón/con maquillaje de aguerrido/malvivir./Me place porque sé/que todo el verdadero amor/también las ve…

O

Te amaré, te amaré si estoy muerto./Te amaré al día siguiente además,/te amaré, te amaré como siento./Te amaré con adiós, con jamás./Te amaré, te amaré junto al viento;/te amaré como único sé;/te amaré hasta el fin de los tiempos./Te amaré y después te amaré.

El boliviano, orgulloso de su sangre aborigen, tenía público y que festinaba sus ocurrencias.

Durante una hora tocó  dos instrumentos e interpretó composiciones andinas y de la nueva trova. Hasta el periodista mexicano aplaudió de pie y le envió un par de tarros de cerveza.

—Canta de la chingada —exclamó conmovido—, pero le mete corazón.

—¿Y usted va a leer uno de sus poemas?

—Es posible o de otro autor y con el acompañamiento musical de Lucho El Mocho Cabrera. Por cierto, ¿ve usted aquella chica que casi es devorada por su acompañante, el negro bembón?

Miré hacia el punto que señaló mi anfitrión.

La mujer tenía lo suyo, en dimensiones algo inquietantes, por lo corto y ajustado de su vestido blanco.

Un enorme culo de negra caribeña y unas tetas de campesina holandesa parturienta.

—Pensé que aquí no se permitía la entrada a mujeres —dije.

—Es la que cierra el espectáculo y le recomiendo que siga cuerdo para sorprenderse.

HEMEROTECA: tevechis

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s