LA SEÑITO

portada en la entrana del castorNo lo entiendo. Y ahora resulta.

Me observa desde enfrente y no me doy cuenta.

Padres corre hacia mí.

“Es la señito”, grita.

“¿Quién, chamaco?

“La señito”.

Difícil sustraerme.

El agotamiento apenas me permite escudriñar.

Las clases del día dejaron sus devastadoras secuelas.

He perdido la vitalidad de antaño.

Una canica, si, una pinche canica condenada a rodar para sumergirme en la tierra. Eso soy.

Dos ventanas chocan, como siempre, por ser parte de la curiosidad mundana.

Imaginemos:

Tienen los vidrios lisos, con manchones de manos y dedos, mirando hacia la calle. Los pensamientos se esfuman como volutas de tabaco.

El chamaco me intuyó y al desplazarse con sus tenis deshilachados por el prurito de patear balones, tuvo que evocarla.

La propina lleva un propósito.

Quizá usted no lo entienda, porque lee y no vive.

Entonces levanté la vista y el televisor lanzaba destellos tras la mujer.

Y alcancé a divisar un cielo enrarecido, a punto de sangrar.

Después, una mano agitada.

Eso creí ver.

El chamaco intentaba decirme que frente a mis ojos, tus ojos, los ojos de ella, Josefina permanecía altiva con su mirada verde-hierba y una risa hueca, estruendosa, vital.

Escuché.

“¿Va ir, señor?”

No quise elevar la mirada.

Las agruras lastiman los ánimos. Quien tenga agruras entiende que el estómago se traga asimismo.

La mujer hace lo mismo, nos devora al apasionarnos.

 Risa involuntaria…

Lo mentalicé mientras leía los periódicos Le Nouvelliste y El Diario libre (las mismas verdades con ideas enfrentadas).

Y volví a reproducir aquellos ruidos estruendosos, de bobo…

Y así navegaba mientras el chamaco, hijo de la conserje, estiraba su prieto brazo y abría su blanca mano de caribeño.

Canelo Padres se llama.

Lo de Padres lo heredó de algún haitiano sin dinero.

En Haití, su madre fue enfermera durante la devastación del huracán Matthew.

Por ser liberal participó en una cruzada asistencialista y retornó embarazada a Montreal.

Padres tiene la hermosa tonalidad de los sueños sin luna y una sonrisa musical de pianola.

No miento, sigo prendido a Josefina.

El padre del mocoso, fue amante de la esposa del agente de seguridad de la escuela elemental donde estudia.

“La señito”.

 Insiste.

La vergüenza causa escozor en mi piel de lagarto.

La conserje es viuda y bustona, ama a los mulatos caribeños.

 Dios.

El padre de Padres en realidad fue un suizo (el pinche conserje y fotógrafo de piel lechosa).

Y nadie me cree.

Pero Johann Berset murió en Oaxaca.

El muy pendejo hacia les affaires con la verdad visual y coca boliviana rebajada con analgésicos. Algunos gramos de plomo zacatecano le extrajeron del pecho. Solo abrió los brazos en cruz antes de estrellar su huesuda espalda sobre la banqueta.

 ¡Plas!, Ouch!, Dios…

Levanté la cabeza y apreté los puños, después de clavar la vista hacia el ventanal.

Es inquietante ver a la madre de Padres.

Cada fin de semana reaparece en el mismo escenario.

La manita de Padres es blanca, muy blanca y reclamaba su propina.

Berset realmente murió ahogado en la taza del baño mientras se desangraba de pie.

Jamás supe la verdad. Solo puse dedo. Mis alcances como ex jefe de la policía de Puerto Príncipe no son infinitos.

 Nadie podrá decirme que estoy equivocado o por ser un ex militante de los banderines azules.

 Los banderines amarillos me provocan diarrea e impotencia.

La madre de Padres lo sabe. Le prohibí, en sus tiempos de amante, meterse en la piel de plátano del político transa o hablar francés o inglés en mis momentos críticos.

 Rechazo pensar dentro de la horma del miedo.

Cazar pobres no fue lo mío.  El oficio de matón a sueldo quedó atrás.

Hoy podo árboles y rasuro jardines para que los perros orinen y zurren bajo supervisión humana.

Las rucas me pagan.

Y el ayuntamiento ha edificado parques para perros y narcoadictos.

Las prostitutas y prostitutos, atados a sus debilidades, han convertido las sábanas de los hoteles en pinturas neorrealistas y mágicas.

“La señito”.

 Josefina tiene un andar fuera de lo común: siempre empuja medio cuerpo hacia adelante, como ganso. Difícilmente pasa desapercibido su trasero.

Los ojos humanos son cámaras  en la calle.

Y la policía, ha convertido esas cámaras en su sustento.

Y ahora resulta que Canelo vende información en las esquinas y su madre, promotora de erecciones innecesarias, lanza miradas con sus ojos verdes por los ventanales de la vecindad.

Es una experta en construir deseos solitarios.

Pocos olvidan, cuando los monta, el ajetreo de su voz.

Me agota ver el televisor.

La isla es un pan horneado al servicio de los mejores gourmets del mundo.

Por primera vez, los minusválidos tienen al gobierno federal a su servicio.

Lo mismo ocurre en Texas: una minoría racial gobierna y es loable.

No me enoja, por ser una decisión de mayorías.

Josefina me observa.

Y bajo la misma sinrazón de las ideas exijo estar presente.

“La señito”.

Es idéntica, exacta, pura, verdadera…

Johann Berset algo me dijo de ella que aun trato de recordar.

La pensión, eso es, la pensión.

Me duelen los pies.

El televisor es del tamaño del ventanal. Hay verdades y mentiras en el receptor.

El único remedio del alma y es necesario demandar, ya en la cama, perdón y olvido.

Josefina se santigua frente su libro sagrado; yo, intento navegar en mis pesadillas por el dormitorio de Josefina.

Ahora sé que el chamaco carga mi nombre y dos esmeraldas en su carita redonda de carbón…

Los ojos de Josefina me miran y reclaman…

HEMEROTECA: El imperio de las mentiras – Steve SemSandberg

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