CLEYDA

portsoynorma28

—No soporto los espasmos…

Norma Luisa tuvo que recostarse y aguardar la presencia de doña María, la madrota.

Consuelo fue quien la puso al tanto de lo que le ocurría a su madre.

Aun no amanecía.

Víctor Hugo, Centia y Futuario dormían en la cama contigua.

Doña  María comprobó que en cualquier momento Norma Luisa daría a luz. Difícilmente alcanzaría a llegar a la clínica de maternidad.

—¿Y por qué vos dejó ir a su marido, vecina? Ahora es cuando lo necesitaba.

—Ay Mary, Manuel Ernesto tiene que trabajar… Ya no puede faltar… ¿Y uno qué va a saber?

Sin embargo, al despertar durante la madrugada, su marido intentó permanecer en casa, ante lo avanzado del embarazo.

—Yo puedo decir en mi trabajo que me quedé cuidándote, mujer…—insistió.

—No, no… vos vete a trabajar… Necesitamos la plata

Manuel Ernesto tuvo que ceder. A las cuatro de la mañana partió a Valparaíso.

 Era jueves.

Antes del 20 de septiembre tendría que terminar el embobinado de un generador auxiliar del tren intercontinental La Estrella del sur. En setenta y dos horas resolvería el trabajo.

Durante el día, absorto y atribulado, trabajó en la estación ferroviaria de Playa Ancha.

Habían transcurrido los nueve meses de embarazo de su mujer. Estaba consciente que necesitaba acompañarla en esos difíciles momentos.

El médico le advirtió que Norma Luisa presentaba síntomas de anemia y fatiga.

El parto podría adelantarse.

Por desgracia, el cambio de domicilio alteró la economía familiar y empezó a resentirse la falta de dinero.

—Después que nazca nuestro cabro, voy a buscar un trabajo en Villa Alemana, aunque sea limpiando casas o lavando ropa ajena –le había advertido su esposa.

—Estás loca, cuida a nuestros hijos y yo veré como me las arreglo para traer la plata

Tres meses después de la discusión, los problemas económicos se agudizaron. Manuel Ernesto concluyó que tendría que dormir dos o tres noches por semana en casa de su madre para ahorrar dinero.

Doña Carmen tambien lo había sugerido e incluso propuso cuidar a Víctor Hugo, en caso de una urgencia familiar.

—Lo mejor sería que cambiara de trabajo, ando algo cabreado —dijo Manuel Ernesto—, así puedo estar más tiempo con la familia. Soy electricista y no necesito depender de un salario… Abriría mi propia compañía…

—Los pitutos no tienen futuro, recuérdalo… —sentenció el chef.

Su padrastro recordó que en Ferrocarriles del Estado tenia garantizado su sustento, una pensión digna y otras prestaciones que beneficiarían a su familia.

El presidente Alessandri Rodríguez soñaba en convertir a Chile en una gran empresa privada, donde cada chileno fuera un administrador responsable de su propio hogar y empleo.

Lo ocurrido en Cuba, el 1 de enero de 1959, aceleró una campaña mediática para intentar aislar del ánimo popular cualquier aspiración socializadora, alentada por la izquierda democrática o radical.

Un grupo de guerrilleros barbados, de ideología marxista, habían derrocado al gobierno castrense del general Fulgencio Bautista. Su ejemplo podría cundir en otros países pobres de Latinoamérica y el Caribe.

El Frente de Acción Popular, el FRAP, tenía ascendencia en el treinta por ciento de la población chilena y era liderada por el dos veces candidato presidencial y marxista declarado, Salvador Allende.

Manuel Ernesto no quiso profundizar en las palabras de su padrastro. Confiaba en su propia iniciativa para abrir una empresa. Así como lo machacaba la radio

La propaganda oficial lo tenía convencido.

 Norma Luisa, confiaba en la capacidad profesional de su marido, pero también conocía sus oscuras debilidades de hombre: la juerga, el derroche y las maracas.

Dejar un empleo que le demandaba responsabilidad y puntualidad, significaba quedar libre y treparse al vagón de lo ahuevonados.

No era un hombre capaz de administrar correctamente su tiempo o interrelacionarse en los problemas diarios de sus hijos y esposa.

Los excesivos cuidados de su madre lo convirtieron en un desobligado, derrochador y mujeriego. Aun así, Manuel Ernesto se aferró a la idea de abandonar su empleo en Ferrocarriles del Estado y emprender una nueva aventura como pequeño empresario.

Estar en sintonía a lo promovido mediáticamente por el gobierno neoliberal del septuagenario presidente, Alessandri Rodríguez.

El miércoles 16 de septiembre, antes de retornar de Valparaíso a Villa Alemana, se lo confió a su madre:

—Creo que voy a dejar mi trabajo y pasar más tiempo con mi familia…

—¿Y cómo piensas vos sacar la plata, hijo?

—Soy electricista y puede hacer trabajos a domicilio. Villa Alemana es una comuna que cada día se llena de nuevas familias y necesitan electricistas, albañiles, plomeros y carpinteros para levantar sus casas o negocios, madre…

—Mejor piénsatelo vos y no echés por tierra lo que te dijo mi marido…

Como sucedía a menudo, la luna estaba en su cenit cuando arribó a su modesta vivienda. Por tratarse de una luna menguante, la oscuridad era mayor, apenas iluminada por las bombillas de los inmuebles aledaños.

La calle Williamson era muy estrecha y frente a la casa de los Avilés González sobresalía un Albergue Escolar, rodeado de tela alambrada y tres lámparas encendidas en la fachada.

Al trasponer la puerta, lo primero que enfrentó fue la algarabía de sus hijos.

Víctor Hugo y Consuelo lo abrazaron y le dieron la noticia.

—Papi, papi… ya nació nuestra hermanita y está en la cama con mi mami…—exclamó Consuelo.

Cleyda Elisa nació a las once de la mañana, del miércoles 16 de septiembre.

Lo hizo en la cama de sus padres y con la ayuda de doña María, la legendaria madrota de Villa Alemana.

Su nombre se lo impuso su madre al soñar, una semana antes del alumbramiento, con una niña enfundaba en un largo vestido rojo. Iba caminando por una vereda terregosa, sitiada por potentes árboles de hojas celestes y troncos luminosos, como antorchas.

“¿Cuál es tu nombre?”, le preguntó Norma Luisa.

 “Cleyda”, respondió la infanta.

Y ambas se fundieron en un largo y cálido abrazo.

HEMEROTECA: parte de guerra monsivais scher – user

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