EL TRANSE

portsoynorma29

Los hijos representan una extensión fundamental de la vida.

Parirlos y procurarlos hasta no depender de sus padres, es el ciclo natural de cualquier familia chilena.

De 1950 a 1967 parí cuatro mujeres y cuatro hombres. Cada uno fue concebido con amor y en condiciones adversas por la falta de dinero y un hogar propio.

Los tres primeros —Consuelo, Víctor Hugo y Centia— resintieron el cambio de residencia y el vivir en una humilde vivienda de madera con techo de lámina de zinc.

El baño,  construido en el traspatio, era un hoyanco con una tapa de cemento, perforado al centro, y al que cubríamos de cal, después de orinar o defecar.

Nunca contamos con suficiente dinero para tener regadera, tina, retrete, lavabo y los muros cubiertos de azulejo.

En Villa Alemana, mi matrimonio se fracturó después del sexto embarazo.

Y, por desgracia, como lo apunté en la introducción, mi hija Selma Soledad murió a los tres meses de nacida: el 8 de septiembre de 1960.

De no ser por mis otros cinco hijos, difícilmente hubiera salido de aquel transe emocional.

1960 me enfrentó a la muerte de una manera brutal.

Mi guagua, ya sin vida, permaneció varios minutos en mis brazos, después de levantarme de la cama para alimentarla.

Manuel Ernesto intentó inyectarme fortaleza. Tambien mis cabros hicieron su parte, pero la pérdida de un ser que amas profundamente puede enfermarte de tristeza, arrastrarte a la locura o el suicidio.

Mi hija… mi hija… mi Salma Soledad….

Por lo mismo, los asuntos del país pasaron a segundo plano, pese a que, desde el domingo 22 de mayo, la radio y la prensa escrita difundía la tragedia que enfrentaban los pobladores de Concepción y Valdivia.

Un terremoto había destruido miles de viviendas, lesionado a cuatro mil y ocasionado la muerte de dos mil cuatrocientas personas.

En Valdivia, una comuna asentada al sur de Chile, trescientas mil familias quedaron damnificadas.

En su oportunidad, el hecho me conmovió. Le sugerí a mi marido apoyar con dinero o comida a los sobrevivientes, a través de la Cruz Roja. Sin embargo, la benemérita institución tenía su centro de acopio en Santiago de Chile. Hasta allá debían viajar los interesados en hacer sus donaciones, principalmente de dinero y ropa..

No recuerdo haber escuchado, en Villa Alemana,  alguna campaña de solidaridad a los damnificados.

Manuel Ernesto, por medio del FRAP, aportó un poco de dinero, pero me opuse a que viajara a Valdivia para ayudar en la reconstrucción. Nuevamente estaba embarazada y dos de nuestros cabros eran muy pequeños: Futuario y Cleyda.

Tenía ocho meses de embarazo.

En cualquier momento, Selma Soledad nacería.

En esta ocasión, el parto se realizó en la clínica materna de Villa Alemana. No hubo complicaciones.

Manuel Ernesto quedó al frente de nuestros cabros, mientras yo permanecía en una cama de hospital.

Ni los Shaw o mis suegros estuvieron presentes en mi sexto alumbramiento.

Manuel Ernesto dejó de trabajar en Ferrocarriles del Estado y empezó a construir, con bloques de adobe, una nueva casa, colindante a la que poseíamos de madera.

La tierra la obtenía del mismo terreno.

En la comuna buscó el apoyo de un albañil experimentado.

Después de guardar la cuarentena del posparto, me involucré en la obra.

En menos de dos meses nos cambiamos de inmueble. Nuestro antiguo hogar se convirtió en el taller de electricidad de mi marido.

Ahí, mi marido embobinaba motores y guardaba sus herramientas.

Al fallecer mi guagua, opté por buscar trabajo en Villa Alemana.

 En la calle Williamson vivía un matrimonio: los Piñeiro. Eran de edad avanzada.

María me informó que necesitaban a una persona que les limpiara la casa y prepara sus alimentos, de lunes a sábado.

Doña Carolina Almada de Piñeiro, muy blanca y obesa, no dudó en darme el empleo y aceptó que, en algunas ocasiones, me hiciera acompañar de mis hijos.

Su casa era de una planta con tres recámaras, un baño con retrete, tina y lavabo; sala muy amplia, comedor y cocina.

En el solar trasero, cubierto de aguacates y palmares, estaba una enorme pileta de agua, donde se lavaba la ropa.

 Don Paracelso Piñeiro apenas podia mover su huesamenta. Durante cuarenta años trabajó en el Ministerio de Bienestar Social y conocía al dedillo los lugares más pobres de Chile.

El hombre simpatizaba con la democracia cristiana y consideraba que, de gobernar en coalición con los socialistas, la miseria y el desempleo podrían ser erradicados.

El anciano decía que durante los veintisiete años de gobierno de los radicales, las grandes corporaciones extranjeras se habían enriquecido, generando miseria y violencia en el país.

Por prudencia, yo guardaba silencio y apresuraba la faena para regresar temprano a la casa y atender a mis cabros.

Cada semana recibía mi paga.

De inmediato convertía ese poco dinero en comida, medicinas, ropa y calzado para mis cabros.

Consuelo acudía a una escuela cercana, donde cursaba la primaria. Su padre, en algunas ocasiones, cuidaba a Víctor Hugo, Centia, Futuario y Cleyda.

Tardaría dos años para volver a ser madre. No porque así lo planeara.

En la década de los sesenta no existían las pastillas anticonceptivas o algún artilugio que ayudara a la mujer a no embarazarse.

En junio de 1962, al cumplir 31 años de edad, empecé a marearme y regurgitar.

Doña Carolina, al observar mi palidez y el desvarío de la mirada, profetizó:

—Vos estás nuevamente preñada y por el color de tus ojos, segurito que será niño…

Y no erró en su predicción.

El 30 de marzo de 1963, al mediodía, nació mi hijo Alex Zagalo. Lo hizo en la casa de  adobe y bajo la supervisión del doctor Demu, que laboraba en la clínica maternal.

Alex vino al mundo precisamente diez días después de iniciarse el equinoccio otoñal y tornarse amarillentas las hojas de los árboles.

HEMEROTECA:tevenotoct

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