LA NYMPHE

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Las apariencias engañan, no hay duda.

La belleza femenina es un prototipo heredado, al que nos ceñimos.

La estética sin ética, impone sus reglas.

Las mujeres atractivas se asemejan a las actrices hollywoodenses o modelos de pasarela francesa, esbeltas, rubias y con pechos de durazno.

En Centroamérica —e incluyo los trescientos treinta y siete municipios guatemaltecos—, la mujer, idealizada por los mestizos, debe ser carnosa, culona, ancha de caderas y piernas rollizas y torneadas con muslos sedosos y quemantes.

Heredamos de los abuelos la afición por los rasgos delicados y las cabelleras oscuras y abundantes.

Las tetas atrayentes tienen que ser grandes, turgentes y dúctiles a nuestras caricias y coronadas con suculentos botones rosados para amamantar terneros.

La Nymphe du Pont Jacques-Cartier podría cubrir esas expectativas.

De ahí que jamás dudé del comentario.

El heterosexual latino estaría de plácemes, si terminaba en los brazos de la mulata del vestido blanco y en nuestra habitación.

Lo del valor agregado, aportado por el cirujano plástico o la naturaleza, no le restaban méritos.

—¡Tu mi capisci! —exclamó el boliviano.

Y provocó risas entre los parroquianos de la mesa contigua.

Lo reflexiono mientras observo al gigantesco negro de jeans y playera de fisiculturista, adherida a su caparazón de gladiador.

Eduardo Yescas iba por su tercera jarra de cerveza. No paraba de hacer anotaciones en su libreta.

Estaba inspirado.

—Declamaré un poema propio  —exclamó—, que chingue su madre la revolución

 Diez minutos antes, descendió por la misma escalinata que el antillano trepaba. Y luego de recitar un largo poema erótico.

Cargado de metáforas, habló de las crisálidas y los inmigrantes perseguidos y aporreados por la política conservadora y las religiones.

El Mocho Cabrera puso su parte artística: el sonido de la flauta andina le impregnó un ritmo dramático al poema.

Los ángeles convergen de la campiña divina,/como crisálidas,/ y no logran reproducir su polen en los océanos./Cada lágrima suya, da vida/y cada suspiro, muerte./Las ninfas arriban entre polvos boreales,/como estrellas,/y revolotean en las camas eléctricas./ Al despertar del encanto,/ya sin vigor,/ buscas en la oscuridad el huso del tiempo/y nunca lo encuentras./La escarcha del tejado se diluye/y confundes los gemidos del ángel con el aleteo de la ninfa perdida./Ha cruzado el puente del pecado/para venderte un poco de quietud y remordimiento…

La prosa poética de Eduardo Yescas llevaba un propósito y tardé en entenderlo.

El mexicano insistió que el poema no era de su autoría. Tampoco me reveló el nombre de quien lo pudo haber escrito.

Sin duda, iba destinado a La Nymphe du Pont Jacques-Cartier que, minutos después, presentaría su espectáculo.

El antillano, amante de la mulata, anunció lo que vendría.

En su facha de Disc Jockey metió el CD en el reproductor y empezaron a retumbar las mega-bocinas.

El tum tum tum de los timbales y tamboras afroantillanas marcaron los compases.

La Ninfa del Puente de Jacques Cartier empezó a contornearse y toquetear a los clientes.

El espectáculo lo aderezó con una larga capa azul cielo brillante, falda tul tutu con plumas y broches y una especie de dancewear color piel, de una sola pieza, abotonado a la espalda.

Durante varios minutos nos metió en su sensual danza de rumbera y permitió que una triada de parroquianos hiciera el numerito de irla desnudando. En pago a su benevolencia libidinosa permitía sembrarles besos en las mejillas o tocarle las tetas.

Fue entonces que se acercó a nuestra mesa y me agarró de las manos para obligarme a ponerme de pies.

—Sígueme, Darling —susurró sin soltarme y me miró con descarada coquetería.

Su espalda y trasero quedaron enmantados a mi cuerpo.

En esa incómoda posición, caminamos hacia la barra. Mis brazos rodearon su cintura y bajo sus manos quedaron las mías sobre su duro vientre.

El tamborileo continuaba. Ya en la escalinata nos separamos.

La Ninfa del Puente de Jacques Cartier no permitió que retornara a mi mesa.

—Tienes que subir conmigo y quitarme el mallón, Darling —pidió con voz cadenciosa.

Obedecí.

Terminé en el escenario, ante un público alcoholizado, morboso y burlón.

—¡No la dejes viva, chapín cabrón! ¡No la dejes viva! —se desgañitó El Mocho Cabrera, asido al vaso de aguardiente.

Otros clientes lo secundaron:

—¡Ya agarraste hembra! ¡No te la vas a acabar, bon ami!

—¡Fuiste el afortunado, ahora le cumples!

Las voces retumbaban a mis espaldas, mientras ascendíamos al tinglado.

La Ninfa me atrajo hacia ella y nos besamos en la boca.

Después hizo un repentino giró para darme la espalda.

Y pidió que le desabotonara el dancewear.

Al hacerlo, el mallón cayó y sus senos y nalgas quedaron al aire.

En esos instantes hubo un estallido de risas y aplausos y al volverse hacia mí pude constatar la causa de tanto barullo.

El valor agregado del que quisieron advertirme el boliviano con sus puyas y el periodista en su poema, quedó ante mi vista e integrado a un cuerpo femenino muy bien labrado.

No hubo reclamo. Por el contrario, le devolví el beso y lo felicité por el espectáculo.

El negro bembón la cubrió con una bata de terciopelo y me entregó una tarjeta de presentación.

Y pensé en Lisandra.

HEMEROTECA: John Ford – Peter Bogdanovich

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