LOS PREPARATIVOS

amapolaEl novio llegaría a la casa de Abraham Katz donde enfrentaría el desaguisado de la indiferencia y los malos tratos.

Amapola insistió en desposarse con aquel petulante de ojos retintos, garrudo y de manos nervudas y fuertes.

Su presencia no era bien vista por el viejo menón de Chopeque que prefirió encerrarse en la ferretería de Toto Calvino —en Ciudad Cuauhtémoc—, y dejar en el desamparo diplomático a Mariana Amor.

La madre de Amapola sería la responsable de atender a los recién llegados.

El telegrama fue preciso:

Amapola

Estamos por allá el martes en la tarde, como a las tres o cuatro. Voy a hacer el pedimento de boda con mi papá, mi padrino Darío y algunos de mis hermanos.

Tu Gelasio

Amapola fue avisada en un comunicado enviado al telégrafo de Cerro Prieto de Arriba: ranchería trepada en una loma de tascates, casuchas y corrales de piedra.

El encargado del teletipo y una covacha de madera semipodrida, Guadalupe Rosales entregó la hoja amarilla con letras semiborrosas. De paso, felicitó a Amapola por su futuro desenlace.

Las duelas crujieron por el peso de su silla de ruedas.

—No debería decírselo, chiquilla —exclamó— pero quiero ser el primero en desearte un matrimonio feliz. Es algo muy bonito y difícil cuando no se ama a la pareja, a la que siempre tendrá uno muy cerca…

“Viejo metiche”, mentalizó Amapola sin perder la sonrisa.

—Gracias, don Lupillo…

En la década de los sesenta, el telegrafista dejó sus estudios en la normal de Ciudad Cuauhtémoc y se volvió guerrillero. Viajó a Jalisco e intentó secuestrar, con fines propagandísticos, a la hermana del Presidente de la República.

En el operativo, los guardaespaldas, miembros del Estado Mayor Presidencial, diezmaron al comando insurgente. Sólo tres de los atacantes sobrevivieron.

Malherido y paralizado de la cintura hacia abajo, Rosales terminó en una de las mazmorras de la Brigada Blanca. Durante cinco meses soportó todo tipo de interrogatorios y torturas.

Otro operativo del grupo armado —secuestrar al Secretario de Comunicaciones y Transportes— abrió un compás de negociaciones entre el Partido de los Pobres y la Secretaría de Gobernación. Por lo mismo, una decena de presos políticos lograron ser asilados en Cuba.

Rosales encabezaba la lista, por su deplorable estado de salud.

En Guantánamo aprendió los misteriosos secretos de la electromagnética de Samuel Finley Breese Morse.

Amapola puso al tanto a su padre sobre el comunicado recibido durante la mañana.

Abraham Katz exudaba cansancio. Traía la camisa chorreando de sudor. Estaba por desensillar la yegua de Manitoba y aun así tuvo ánimos de decirle:

—Tu no debes casarte, hija; tú debes estudiar y seguir en tu casa…

—No papá, ya le dije que sí… Yo quiero a Gelasio y va a ser mi marido.

Mariana Amor escuchaba, desde el pórtico, el dialogo. Sostenía la toalla y el detergente.

—Yo no lo quiero pandeja y de hacerlo, me voy a enojar mucho…

—Qué le hace… —dijo Amapola y le dio la espalda.

El semblante de Abraham Katz tomó el color del óxido. Un ardor en la garganta le consumió el habla.

—Ya no hagas corajes Abraham —recomendó Mariana, mientras le echaba agua tibia a la palangana de peltre—. Es una bruta y nunca te va a entender.

El menón no respondió, agarró la brida del animal y se metió en la caballeriza.

Tardaría más de una hora en salir.

Mariana Amor dejó el jarrón, la palangana, la toalla y el detergente cerca del almendro, rasurado por los aires septembrinos.

En Ciudad Cuauhtémoc, el pretendiente de Amapola compró un par de zapatos de piel cruda, una caja de chocolates suizos con envoltura dorada, en forma de corazón, y un ramo de acacias amarillas.

Gelasio Moreno se hizo acompañar de su hermana Cecilia, devota de la Virgen del Carmen.

Cecilia era la primogénita de los Moreno Maynes.

Por una manda de fe —vencer el mal de Parkinson del cura parroquial, Conrado Vale— vestía un hábito de monja carmelita con sandalias y un gran escapulario que colgaba del pecho.

Los hermanos recorrieron varios establecimientos de ropa y tiendas de autoservicio de la avenida Morelos. Cecilia era la responsable de elegir las zapatillas blancas, la ropa interior de encaje y el ajuar de la novia.

En la plaza principal, a un costado de la sede del ayuntamiento, comieron menudo y hablaron de la boda.

Cecilia presentaba islotes de acné en el rostro y una dentadura frontal amontonada por la manía infantil de presionar la lengua en los incisivos.

Sin soltar las canicas de madera del rosario, le recordó a su hermano que Amapola no era una muchacha de fiar. Trascendía su fama de noviera, malhablada y rompecorazones.

—Piensa bien las cosas, porque si llegas a equivocarte arrastras a la familia en dimes y diretes. Ya ves cómo es la gente de por aquí y más cuando tienes que ausentarte de El Álamo hasta por seis meses.

—Es bonita y sólo los ardidos pueden hablar mal de ella.

—Si tú lo dices…

—Ya está todo decidido y espero contar con el apoyo de mis hermanos.

—Abelito está muy ilusionado por el casorio. Hasta le dice La Muñeca a tu novia.

—Y es una muñeca la cabrona, me tiene enyerbado, con una bola de lumbre aquí —y al decirlo se señalaba el pecho.

HEMEROTECA: Taylor Alfred Edward – Platon

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