LA MUERTE

la langosta portadaEn una hoja de papel en blanco, desnuda, se pueden escribir las palabras más nuevas y hermosas y pintar los cuadros más originales y bellos.

El libro rojo/Mao Tse Tung

Le comenté lo del sueño.

Pech dijo que la vejez no tiene sueños. Es un asunto para niños y jóvenes. Los viejos cuando sueñan temen morir. Les urge estar vivos.

—La muerte es el único negocio exitoso —recordó.

La Langosta es ejemplo de sus dichos.

Los viejos nos ponemos bolos para intentar soñar.

Lo mismo ocurre con los condenados a muerte.

Pech, en su andar de guerrillero, perdió su capacidad de soñar. Las consignas de Mao Tse Tung le entumieron la sesera.

La eliminación de los contrarrevolucionarios es una lucha, una contradicción, entre nosotros y el enemigo.  

Es medianoche.

Viviana, en minifalda y sudadera pone orden en el bar. Sigue distanciada del paraco. En la toilette de hombres, se dio sus pericazos.

Es posible que Falcón ande por las mismas andadas. Lleva varios días ausente. De repente, se extrañan sus expresiones arrechas, de buscapleitos.

Viviana es atractiva cuando no anda fachosa o despintada.

Pech, en su casaca, trasuda tristeza: una especie de melancolía con añoranza.

Me invitó a preparar unos perogies precocidos. Por lo mismo, desde la cocineta, choteábamos el rápido trajín de Viviana.

—Me vi algo sobado en el restaurante donde cenaba Spilberg… —dije al tiempo de espolvorear los perogies con harina de trigo—. El local donde  nos encontrábamos estaba iluminado con luces rojas, como en los puteros de La Limonada de Guatemala.

—¿Steven Spilberg?

—El cineasta…

—Órale… échale floro

—Ni puta idea porque estaba en esas trazas y en aquel lugar con mesas de alguna cervecería… Un mesero de chaquitín rojo y pantalón negro, muy apretado, me dijo que le pidiera su autógrafo al gringo mechudo y de lentes… Preferí salirme del restaurante y fumar… Y algo raro ocurrió…

La olla de aluminio empezó a silbar ante los castigos del calor.

Pa’dentro camarada —pidió Pech.

Los perogies rellenos de queso y papa se zambulleron en el agua hirviendo. Ahí permanecerían diez minutos.

—La mismísima muerte me pidió un cigarrillo… —continué metido en el lado onírico del relato—. Y la tipa con cara de hechicera del medievo así se presentó, como la Muerte.

—Tragaste de mas, camarada… —Pech, ya en la silla y acodado en la mesa, dio muestras de generosidad al escucharme.

En su cabeza seguramente bullían otros asuntos de más envergadura. Peligraba su estadía en Quebec.

Por fortuna, la revuelta de los fujimoristas permitió un impasse en la demanda judicial para su deportación, presentada por los abogados de las víctimas.

—Después de consumir el cigarrillo sin filtro que le di, dio las gracias y me entregó un bolígrafo de tinta roja y una libreta de taquigrafía. “Tenga, espero le sirvan”, dijo con voz cascada, tenebrosa, de anciana. “No siempre se puede estar cerca de Spilberg.”

—Si no te llevó —dijo Pech— es porque la muerte estaba en huelga, como ocurre en la novela de Saramago, Las intermitencias de la muerte

Y fue cuando me soltó aquello de que los viejos no tienen sueños y solo le pertenecen a los infantes y jóvenes.

 —Ando medio zafado, amigo, tienes razón… —solté y tomé asiento.

Media jarra de cerveza me aguardaba.

HEMEROTECA: las-intermitencias-de-la-muerte

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