LÁPIDA

sommus portada-Pesadilla recurrente:

De noche, perdido en calles citadinas, sin recordar la ubicación de mi domicilio.

Me reencuentro con una marquesina de un cine sin sus luces titilantes.

Y al entorno, mientras desciendo por una curva minada de pandilleros adolescentes, mis verdugos, la oscuridad es una cueva con telarañas y murciélagos.

La aprensión crece,

Echo a correr. Un autobús de chasis oxidado para haciendo crujir los neumáticos.

—No hay destino —me aclara el conductor de un blanco mortuorio.

La pregunta, recurrente:

—¿Y a dónde quiero ir?

Es mi propia voz que retumba.

Silencio.

Ya a bordo, entre la quejumbre de las láminas, giro la cabeza para intentar reconocer alguna pista geométrica, de ubicuidad.  El parabrisas y las ventanillas, simples pantallas de cristal empañadas.

El alumbrado público es deficiente.

Nada me dicen los edificios herrumbrosos o las banquetas desiertas, carcomidas y plagadas de basura.

—No lo sé —insistí—. ¿Hacia dónde vamos?

—La última corrida del día —creo escuchar—, pero aunque le diga al chofer, no le va a servir de nada, si usted no sabe a dónde se dirige. ¿Puede decirme en qué calle vive?

Confusión y temor.

Por instantes llegan los recuerdos, como flashazos. Transitamos por una calle sin asfalto, de casas achaparradas sin resanar y protegidas con cercas de madera.

Veo árboles, ropa tendida y más basura esparcida.

Solo en la oscuridad.

Y temo ser asaltado.

Tal vez estoy en la periferia de la metrópoli:  un asentamiento marginal, habitado por miserables.

No es la primera vez que me ocurre.

El cine reaparece con la marquesina apagada. En grandes vitrinas, los cartelones de filmes sesenteros, en blanco y negro.

Exhiben dos películas por el mismo precio.

Dormito y sueño.

Un sueño dentro de otro. De locos.

En esta ocasión, decido no abordar el autobús. La penumbra es la misma.

Me interno en una avenida desierta, sin árboles.

Lo lamenté.

Me vi obligado a meterme a un túnel con luces rojizas. Soy vigilado por adolescentes con tenis y playeras fosforescentes. Las leyendas en el pecho, ilegibles.

“Debo huir o me matan”, digo en voz baja y giro sobre mis talones.

Echo a correr.

—¡Agárrenlo!

—¡Denle la vuelta!

—¡Por el otro lado!

—¡Pelón, Pelón… bloquéale el paso, pártele su madre!

Los gritos retumbaban.

En mi desesperación logro introducirme a un cementerio.

Estoy perdido.

Una barda de celosías nos separaba. Entre los huecos observo sus rostros morenos, mecos.

Los muchachos me miraban encolerizados. Van armados con navajas de muelle, chacos y cadenas.

No es cómodo estar perdido de noche y en peligro de muerte.

Estoy en una gran ciudad sin nombre y amaneceres.

Es molesto perder el domicilio y no envejecer. Experiencia recurrente en mi adolescencia y juventud.

En una ocasión creí haber encontrado mi casa. Presuroso atravesé un amplio solar sin flora y ascendí una escalinata de cemento. Pude detenerme frente a la puerta del inmueble de dos pisos.

La construcción seguía en obra negra.

Por el hueco de lo que sería un ventanal descubrí a una persona dormida sobre bolsas de calhidra y cemento.

La oscuridad me impidió verle el rostro y el género.

Tenía la seguridad de estar en el domicilio correcto.

En la casa contigua habitaban tres hermanas. Dos habían intimidado conmigo, en mis tiempos de militar.

La mayor era madre soltera. Durante los fines de semana se internaba a mi cuarto.

La menor, de mi edad, me acompañaba en mis largos paseos por el Malecón. Después, al ocultarse el sol en el horizonte, entrábamos al cine y a un motel de paredes encaladas.

Después, jamás lograba recuperar un espacio propio; terminaba en la calle, solo, confundido y con miedo.

—De la glorieta parten los colectivos y sus corridas paran hasta el amanecer —evocaba la voz.

Yo no apartaba la vista del parabrisas.

—¿Por dónde se encuentra el museo histórico?

—Es el mismo… Usted lo dice…

Descender en el lugar sugerido no soluciona mi problema de ubicuidad.

En pesadillas anteriores entré al museo, parecido a un castillo medieval.

La experiencia es horrible, imborrable.  En  el inacabable túnel no logro contactar con seres vivos e incluyo a los insectos.

Paredes de obsidiana, negras y húmedas y pequeñas lámparas rojizas adheridas al cielo raso.

Temo la presencia de Pluto, el gato negro y tuerto de Allan Poe.

En partes del recorrido escucho voces y ruidos metálicos.

No es nada grato enfrentar esta experiencia onírica. Provoca angustia.

El problema es su recurrencia, el no encontrar una respuesta lógica.

Mi habitación es pequeña y hay una ventana que da a la calle.

Normalmente escribo en la cama con el ordenador portátil sobre las rodillas.

He dejado de coleccionar libros de papel.

La biblioteca cabe en una tableta electrónica de media carta.

Kilo y medio pesa el cerebro.

Reflexiono, aun dormido, sobre  la trascendencia de un hecho cognoscitivo.

De ahí parten nuestros sueños y pesadillas: energía viva con emociones propias y ajenas.

En los viajes oníricos siempre estoy solo en una ciudad incierta y mis perseguidores no tienen nombre ni apellido, como el conductor del autobús.

La mujer que yace en la cama es una desconocida.

La única solución al conflicto parte de un hecho relevante: es urgente recuperar la consciencia y abandonar los túneles y callejuelas asfixiantes.

Del castillo difícilmente me evado. No tiene verjas o una explicación arquitectónica del subconsciente.

Duele la verdad.

El único medio disponible para escapar de este infierno de locos, es despertar y comprobar que sigo respirando…

La edad es una lápida.

Y retomo una reflexion de Freud, en su tratado sobre el complejo de Edipo:

 Quien despierta y se comportase como lo hiciera en sueños sería tomado por un loco.

HEMEROTECA: Breve historia de las batallas navales de la Edad Media – Victor San Juan

 

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