LA ARAÑA

la damaEPILOGO

        Cuando se empieza a adorar/sin conocer al  destino/es necesario llevar/muchas botellas de   vino,/porque se empieza a adorar/a la mitad del camino.

La Araña/José Alfredo Jiménez

Tu ausencia en el sepelio no causó extrañeza.

Luciano y Vicent fueron los responsables de recibir a los amigos del viejo.

Payette atrajo a un buen número de feligreses italianos, del quartier de la Petite Italie.

Los Bianco, De Luca, Bianchi, Ferrara, Rinaldi, Fiori… les expresaron sus condolencias a los deudos.

Todo ocurrió en blanco y negro, como era de esperarse en un funeral de italianos tradicionalistas.

Un sinnúmero de coronas de acacias, rosas, tulipanes, gardenias y crisantemos rodearon su féretro.

Pensé en ti, Sandra Rábago Cernades. Te  evoqué con la esperanza de reencontrarnos algún día.

Desde el aviso del deceso del viejo, tu desaparición física fue una prioridad del clan. Estaban al tanto de tu rutina diaria y el asunto de la medicación equivocada.

Las gráficas sobre tu muerte tranquilizaron a Luciano, pero yo aún enfrento el aciago de tu partida.

Luciano Payette supone que yaces en un tambo relleno de cemento y en el lecho del mar del Labrador.

El cortejo fúnebre concluyó en el cementerio de Notre-Dame-des-Neiges. Don Nathan Payette, en su testamento, pidió que lo inhumaran al lado de su esposa.

Estoy consciente que no habrá respuesta de tu parte.

Sin embargo, puse todo mi empeño en reconstruir con expresiones tuyas lo ocurrido en tu vida. Desde el nacimiento, en una ranchería de Zacatecas —San José de la Parrilla—, hasta la  boda con don Nathan Payette. De mucho me sirvieron las libretas que hallé en tu departamento de Montreal.

Te salvó tu honestidad uterina. Es la verdad.

Lo de mi gusto por ejercer el periodismo, no te mentí.

La parte de nuestro encuentro en Vancouver fue alterada para darle ritmo a tu relato. Un final trágico restaría credibilidad.

Nunca perdiste la cordura. Por el contrario, aceptaste las condiciones, después escuchar la realidad de nuestro encuentro.

Me desarmó lo ocurrido en la toilette del Moose’s Down Under. Quedé prendido de tu hermosura y calentura. Pocas veces me sentí tan valorado como hombre. No cuestionabas, sino dabas y sin miedo a las consecuencias.

Tu propuesta de buscarte en Francia no me convenció.

Un sentimiento de culpa me robó la tranquilidad, desde el instante que abandonaste el lecho.

No te miento.

Te creí al insistirme en que habitarías en la rue du Chelia de Montpellier y que juntos navegaríamos por las aguas del rio Lez e iríamos de compras a  la Place de Phocée.

Después de preparar el teatrito con sangre de res, pedí que cambiaras de planes e identidad. Me disculpo por la dureza. Es mi trabajo, además de tener afición por la escritura.

Lo nuestro fue circunstancial e intenso.

El sentimiento claramente quedó impregnado en el libro.

El título es tentativo, puedes modificarlo o destruirlo, si te place.

Es posible que nada te diga, en estos momentos de desasosiego.

En lo que a mi concierne, Tegucigalpa quedó atrás con su carga de emociones y recuerdos.

Lo mismo ocurrirá contigo. México y Montreal ya nada significarán en tu vida al internarte en el territorio del miedo.

Luciano me confió que fuiste la mejor compañía del viejo. Y lamentó que hubiese tomado una decisión tan descabellada.

Si don Nathan Payette hubiese respetado los acuerdos testamentarios, tú seguirías transitando, sin temor, en la Petite Italie.

¡Que se jodan!

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