ENGANCHADO

portada en la entrana del castorJamás había experimentado un dolor de entrañas.

Es algo que se desprende de nuestra sangre y busca aniquilarnos. Es algo inenarrable, cortante.

Nos impide respirar con holgura.

Sucede cuando ves a un ser amado, muy cercano, atrapado por las adicciones y el vacío existencial.

Su vida productiva, libre y soñadora, en cualquier momento dejará de tener sentido.

Es un zombi de una sociedad de consumo y ecocida.

Mi padre fue mariguano y carterista y tengo una hermana mariguana y prostituta.

Nunca me conmoví, porque crecí alejado de ellos.

Ahora es distinto.

Tengo un hijo de 24 años, narcodependiente.

Es un fuerte consumidor de mariguana, ácido lisérgico y hongos alucinógenos.

En cualquier momento, según la madre de un amigo, empezará a experimentar con la piedra de cocaína, tan adictiva y destructiva.

Gamel es universitario. Le surte los estupefacientes una compañera de barrio: Laila Eldwin.

Ella es parecida a la cantante Britney Spear. Su talento y belleza le ayuda a enganchar a sus víctimas, hombres y mujeres. Es un instrumento de trabajo de los narcomenudistas.

Laila está alejada de la música y el negocio del espectáculo.

Gamel evidenció la vulnerabilidad e ignorancia de Laila. Ella optó por profundizar la relación sexual y sentimental hasta sus últimas consecuencias.

La historia de Sherezade y el Rey Shahriar. En una nueva versión.

De Laila depende la seguridad emocional y económica de mi hijo.

En el momento que lo desee, Gamel —víctima del síndrome de abstinencia—, abandonará la universidad.

 Mi hijo asiste a la Universidad de Montreal, fundada en 1953. Su propósito, hasta hace seis meses, era graduarse de arquitecto.

Soñaba en ser parte de un corporativo para construir ciudades flotantes, ante la inminente destrucción de los continentes.

Desde los doce años se inscribió a una organización científica: Los Argonautas con sede en una isla de Honduras: Utila.

Por Internet promovía sus ideas y propuestas arquitectónicas, ecológicas y de moral comunitaria.

Una especie de retorno al comunismo primitivo, pero vegano y pacifista.

—La tierra —disertaba ante sus compañeros de escuela— tiene quinientos diez mil sesenta y cinco millones doscientos ochenta y cuatro mil setecientos dos kilómetros cuadrados y un setenta y uno por ciento es mar. El sistema planetario al que pertenecemos se formó hace cuatro mil quinientos sesenta y siete años y desde hace mil millones hay vida en la tierra.

Los muros de su habitación, pequeña y desordenada, están cubiertos de mapas y carteles de astrólogos, astrónomos, geólogos, antropólogos y científicos de renombre. Observaban sus prolongadas y silenciosas lecturas, Giordano Bruno, Francis Bacon, Isaac Newton, Carl Sagan, Edwin Hubble, Claude Levis-Strauss y Marvin Harris.

Su madre y yo hostigábamos a su hermana Herminia para que no lo interrumpiera.

Una reproducción del mapamundi del griego Claudio Ptolomeo sobresale en el respaldo de su cama.

Y en la puerta de su habitación, en grandes caracteres azules, se leía un fragmento extraído de la enciclopedia virtual Wikipedia:

Nuestros Océanos: Superficie: 361 000 000 km³. Profundidad media: 3 790 m., Profundidad máxima: 11 034 m. (Abismo Challenger) y Volumen: 1 300 000 000 km³. Aún hay esperanza. Trabajemos duro para perpetuar la vida sana.

Su pasión por los juguetes dejó de existir a sus diez años de edad.

Los cajones y canceles quedaron cubiertos de libros y un pequeño telescopio de utilería, que le regaló la maestra de francés, Jeanne Pierrot.

Por un tiempo nos hizo creer que lo había heredado de un tío inglés, participante, como extra, del filme 2001 Odisea del Espacio, de Stanley Kubrich.

En realidad, Jeanne lo compró por siete dólares en una tienda de antigüedades del Cairo.

Gamel ahora es distinto, irreverente, alucinado.

Me cuesta trabajo mirarlo a los ojos sin sentir compasión.

Lo he perdido.

Difícilmente lo reencontraré en el mismo escenario afectivo.

Somos tan diferentes y distantes que empiezo a entender el verdadero significado de la vida: ser uno mismo sin mirar a los otros, ni a los de tu propia sangre, porque te ahogan con su fracaso.

—Tienes que ayudarlo —me pide Armida—. Es nuestro hijo…

El teléfono no cesa de repicar.

Mis compañeros de mesa, ajenos al entorno, intentan ganarme en la partida de cartas.

Armida sigue de pie, a mis espaldas, y es insistente.

Gamel fue detenido por la policía montrealense. Lo enviaran a un centro de rehabilitación. Si lo autorizo, terminará en el hospital Douglas.

Tengo la seguridad de que Carl Sagan difícilmente reconocería a mi hijo. El cartel con el científico se encuentra en el muro de enfrente del comedor.

—¿Y cuándo nos visitan, comadre? —lanza Alfredo, armado de tres reyes, una dama y el seis de corazones rojos.

Armida baja los parpados. El llanto aflora incontenible…

Siento su mano tibia en la nuca.

No hay respuesta.

HEMEROTECA: tiiiempos recios Vaaargas Llooosa

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