LOS SANCHOS

la langosta portadaEnsopados.

Los tres, desiguales en tamaño y volumen, y con las guitarras a la espalda, en estuche de plástico.

El flaco, el gordo y el robusto.

El robusto tenía el cabello relamido y el bigote a la Clark Gable. El flaco, de cara punzocortante y lampiña y el gordo, peludo y caraluna, avinagrado y nervioso.

Pech los atendió personalmente. Fue hasta su mesa, donde aguardaban el servicio. No pausó la demanda. Llegó ante ellos, cubeta en mano, con hielo y seis cervezas claras.

—Aquí —anunció bonachón y solidario, a su estilo—,  a los artistas se les recibe de esta manera… han de perdonar… La casa invita.

—Nos complace —respondió el robusto, sin ocultar su buena cuna y civilidad.

Pech confirmó que el robusto era fans de la pulcritud. Las uñas bien limadas y limpias hablaban de sus buenos hábitos.

 La llovizna no alteró sus modales.

Los sacos azules con hombros bombachos rezumieron el agua pluvial y los oscurecieron. Tampoco sufrió agravio la blancura de sus mocasines y pantalones.

Y antes de conocerlos, me confieso, estaba en una posición comprometida.

Mientras algo ocurría arriba, en el cuartel de los clientes, Viviana y yo descargábamos nuestras tensiones en la toilette de damas.

Los sanitarios están en el basement.

Desde ahí, sudorosos y descalzonados, escuchamos el intercambio de saludos y la solicitud del trio, de permitirles actuar, en dos semanas, en La Langosta.

—¿Y cómo son conocidos en el negocio del espectaculo? —preguntó Pech.

—El trio Los Sanchos —respondió el gordo.

—¿Y cuál es el género que tocan? —agregó Pech.

—Boleros, todo el repertorio del trio Los Panchos

En un principio, Pech supuso que lo de sancho era por la obesidad del músico que hablaba y el tipo enjuto que estaba a su diestra. Una estampa propia de la clásica obra de Miguel de Cervantes.

El robusto, de origen mexicano, aclaró sus dudas.

—En mi tierra, el sancho es quien sustituye en la cama al marido cuando sale a trabajar o de viaje…

Sus carcajadas llegaron a la toilette.

—Permítanos cantarle algo de nuestro repertorio —ofreció el flaco.

—No debemos perdernos esto —sugirió Viviana, mientras se acomodaba el chichero.

Yo intentaba meter aquellito en el chorro de agua del lavamanos. Odiaba el olor a desinfectante.

 En ese instante, escuchamos la primera rola del trio.

Sin ti,

no podré vivir jamás.

Y pensar que nunca más

estarás junto a mí.

Sin ti,

que me puede ya importar

si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí.

Si Alfredo Bojalil Gil viviese, seguramente estaría encantado de tener un fan tan fiel a sus escalas vocales.

Y el requinto era muy apegado al tono de Los Panchos.

Lo mismo ocurría con la primera voz, los coros y acordes de acompañamiento.

Cuando nos unimos  al grupo, la rola de Pepe Guizar casi  llegaba a su término.

Sin ti,

no hay clemencia en mi dolor,

la esperanza de mi amor

te la llevas por fin.

Sin ti,

es inútil vivir,

como inútil será

el quererte olvidar.

Por la hora —diez cuarenta y cinco de la mañana—, solo una mesa estaba concurrida: la del trio Los Sanchos y Pech.

El robusto de pelo relamido era la primera voz. Muy semejante sus acordes de garganta a los de Hernando Avilés, el puertorriqueño.

Pech nos presentó y Viviana no aguantó las ganas de decirles lo bien que cantaban.

—Igualito que Los Panchos

El robusto se atusó los bigotes y coqueto agradeció el halago de la dama. Todo un latín lover azteca. Jamás hizo el intento de consumir su cerveza.

Sus acompañantes atacaron sin piedad las botellas color orín.

El gordo era el requinto y el flaco, en su papel de Chucho Gil. Ponía su granito de arena como segunda voz y en los acordes de acompañamiento.

—Me extraña que nunca haya tenido noticias de ustedes —dije de pie, a la espera de ir por otra ronda de chelas—, lo nítido de inmediato se sabe… Y como dice mi amiga, son de primera…

—Tenemos una semana en Montreal —informó el flaco—. Vivíamos en Nueva York… En la zona de Brownsville…

El gordo intervino tras vaciar su segunda botella.

—Creemos que en Montreal hay más dinero y bohemia…

—No hay tanto latino como en Los Ángeles, pero sí un buen mercado para ustedes —dijo Viviana sin dar muestras de agotamiento.

Ya ensillada, quedó en medio de Pech y el robusto. Planeaba rayarse, como siempre.

Pech no dudó en poner su changarro a la disposición del trio.

—Me dan la fecha exacta, camaradas —ofreció aun conmovido, como gran maoísta— y cuenten con todo mi apoyo. Haremos una colecta al final del recital y algo de plata pondrá el bar, además del sonido y la cena…

—Me llamo Viviana —soltó Viviana para darle confianza a los músicos— y aquí trabajo de lunes a lunes…

 Pech cubrió el requisito de civilidad y lo secundé. En mi caso, aclaré que solo era amigo de Pech y un cliente fiel de La Langosta.  

—Él es Jesús —dijo el robusto, señalando al flaco—, él, Alfredo y yo, Hernando… Y no mentimos…

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: teveespecta

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