UN ASUNTO DE ASESINOS

cineLos hombres están solo barnizados de civilización, y en cuanto se les rasca aparece inmediatamente la piel del lobo.

Antonio Gramsci/Antología

Llegué a la obra del polaco Joseph Conrad por un largometraje gringo que dirigió el italiano, Francis Ford Coppola.

Apocalypse Now.

La historia del filme transcurrió durante la guerra de Vietnam. No en el Congo del siglo XIX.

La novela de Conrad —El Corazón de las tinieblas— y la película de Francis Ford Coppola tienen algo en común: su rechazo a la guerra.

Los dos me permitieron entender, a mis 25 años de edad, un poco de los entretelones de la demencia humana.

La película me deslumbró.

 Y, a la vez, me allegué de la novela.

El actor Marlo Brando, en su caracterización del coronel Kurtz  de Apocalypse Now, tuvo mucho del señor Kurtz, propuesto por Conrad.

 El hombre degradado moralmente, después de militar en una especie de humanismo revolucionario.

La sociedad brutal, bajo el imperio de las armas y la avaricia.

Y tras leer El corazón de las tinieblas, me embarqué en la obra literaria de Conrad.

De Coppola nada me hizo falta.

Su filmografía, a pesar de los altibajos narrativos, algo aportó.  Su trilogía sobre la mafia siciliana —El Padrino— es comparable al tratado sobre el poder de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo.

La película plantea un dilema: nadie tiene la razón ante un hecho de guerra. Es un asunto de asesinos.

En 1969, un boina verde, el coronel Kurtz recibe órdenes de matar comunistas vietnamitas. Interactúa con nativos de las partes altas del Vietnam, conocida como Tay Nguyen.

Kurtz decide formar su propio ejército con los nativos montañeses y renunciar a su misión. El Pentágono ordena su asesinato. Un capitán de operaciones especiales, Benjamín L. Willard, es el responsable de realizar el trabajo.

Coppola hace su chamba con decoro y audacia.

El gobierno gringo es desnudado y presentado como genocida.

El Kurtz de Conrad es un empleado de una compañía inglesa que trafica colmillos de elefante. La historia es ambientada en África.

Un par en el negocio, y paisano —Charlie Marlow—, es el responsable de narrar la odisea y verlo morir. Este señor Kurtz (no coronel) tiene ascendencia con los nativos, a los que llama bestias, y propone su exterminio.

Conrad exploró tierras del Congo y conoció los horrores de la esclavitud y la locura de los esclavistas ingleses.

La novela pude adquirirla en un local de libros usados de la calle Rosales, en la colonia Tabacalera de la ciudad de México.

Un anciano de pelo algodonado y enormes lentes bifocales que colgaban sobre el pecho, me guió a uno de los abigarrados canceles. Los libros amenazaban con desbordarse.

—Todo lo de Joseph Conrad aquí puede encontrarlo —dijo y me indicó con un huesudo dedo una parte del cancel.

  No tardó mucho mi búsqueda. Yacían varios volúmenes de El Corazón de las tinieblas. Su costo fue irrisorio: dos pesos.

Una semana antes, disfruté la película en el cine Diana, el de la avenida Reforma. Fue en mayo de 1980.

Las tres horas de proyección no me incomodaron. Quedé deslumbrado por las imágenes y los trozos de música de Richard Wagner.

Me tuvieron en un hito, los acordes frenéticos de la Cabalgata de las valquirias, los fuegos pirotécnicos lanzados desde helicópteros artillados  y la selva filipina (donde Coppola filmó).

No me explicó por qué fue un fracaso de taquilla, pero terminó siendo una película icónica y de salas de arte.

He visto horrores —le dice Kurtz a Willard (Martin Sheen) antes de ser ejecutado—. Horrores que usted ha visto. Pero no me llame asesino. Tiene derecho a matarme. Tiene derecho a hacer eso. Pero no tiene derecho a juzgarme. No existen palabras para describir lo que es necesario a aquellos que no saben qué es el horror. El horror… El horror tiene rostro.

Su voz cavernosa se escucha en las tinieblas:

Tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral son tus amigos. Si no lo son entonces son enemigos terribles. Auténticos enemigos. Cuando estaba en las Fuerzas Especiales… Parece que fue hace mil siglos… Fuimos a un pueblo a vacunar a los niños. Nos marchamos después de vacunarlos contra la polio. Un viejo vino corriendo detrás de nosotros. Venía llorando…

Y a continuación, emerge el rostro calvo, abotagado, siniestro, del boina verde, representado por Brando.

Regresamos al pueblo. Ellos habían venido y habían cortado todos los brazos vacunados. Estaban en un montón: un montón de bracitos. Y recuerdo que lloré, lloré como una abuela. Quería arrancarme los dientes. No sé qué quería… Quiero recordarlo. No olvidarlo nunca, no quiero olvidar nunca. Y entonces comprendí. Como si me hubiesen disparado una bala de diamante en la frente. Y pensé: Dios mío, eso es puro genio. Es genial. La voluntad… para hacer eso. Perfecto, genuino, completo, cristalino, puro. Y entonces comprendí que ellos eran más fuertes que nosotros. No eran monstruos, eran hombres. Tropas entrenadas. Hombres que luchaban con el corazón. Que tenían familia, hijos. Que estaban llenos de amor. Pero tenían la fuerza para hacer eso. Si tuviera diez divisiones de hombres así, nuestros problemas se acabarían en poco tiempo. Necesitas hombres que sean morales y que al mismo tiempo sean capaces de utilizar sus instintos primordiales para matar sin sentimiento, sin pasión, sin juzgar. Sin juzgar. Porque el juzgar es lo que nos derrota.  Me preocupa que mi hijo no entienda lo que he intentado ser. Y si me mataran, Willard, quiero que alguien vaya a mi casa y le cuente todo a mi hijo… Todo lo que hice, todo lo que usted vio… Porque no hay nada que deteste más que el hedor de la mentira. Y si usted me comprende, Willard, hará eso por mí…

Willard lo decapita.

APOCALYPSE NOW

HEMEROTECA: El corazon de las tinieblas – Joseph Conrad

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