INJUSTICIA

EL ESCUPITAJOEn 1975 viajé a Los Mesones Hidalgo, Oaxaca. Lo hice en compañía de un indígena zapoteco, empleado de  una casa de materiales de construcción, en Orizaba, Veracruz.

En la ranchería, partida por una carretera mal asfaltada, vivían sus padres y seis hermanos.

Don Pancho, su padre, era ciego, pesado de carnes y nunca se separaba de sus huaraches y un sombrero de lona, grasoso por la falta de aseo. Tendría setenta años y una barba hirsuta, grisácea, como su intrincada cabellera.

Doña Margarita era la madre de Margarito. Mujer fuerte, sumisa y callada. Tenía bajo su control el poco maíz, frijol y chile seco que conseguía con la ayuda económica de su hijo mayor, mi amigo ideológico.

Margarito heredó el silencio de la mujer y el corazón de su padre.

“Usted se duerme en el catre y nosotros en el suelo, al fin ya estamos acostumbrados”, me ofreció don Pancho, bordón en mano, al poner mis pies en su cabaña.

Me negué, obvio.

Su esposa y el bebé de seis meses descansaban en un petate, junto al tlecuil (fogón, en náhuatl).

Doña Margarita cocinaba con leña de pirul y de roble. Cada semana, don Pancho y sus hijos hacían la recolecta de barañas en sus alrededores.

Una treintena de casas de Los Mesones Hidalgo fueron edificadas en un páramo, entre los pueblos de Pinotepa Nacional y Putla.

La mayoría de las viviendas eran de lodo y techos de cartón enchapopotado.

Hay un hecho que sigue latente y supura, difícil olvidarlo: el enfrentar el hambre sin quejumbres o reclamos.

Una semana después de arribar al lugar, sin dinero, los alimentos escasearon. Mis únicas pertenecías eran una muda de ropa y dos libros básicos: Economía Política, de Nikitin y Los conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harnecker.

Mi parte racional se impuso. Por fortuna, salí avante.

Doña Pilar preparaba el nixtamal tres veces al día y molía el grano en un metate de piedra volcánica. Sus manos encallecidas por el azadón y el fuego, elaboraban diez o doce tortillas de un metro de diámetro.

 En una enorme olla de barro hervían los frijoles y, en un molcajete de piedra porosa de cuatro patas, molía el chile tostado, mezclado con sal y agua de un riachuelo lejano.

Como ocurre con las familias marroquíes, nos sentábamos en torno al tlecuil. En silencio, arrancábamos pedazos de tortilla y los zambullíamos  en nuestro cuenco con frijoles humeantes. Teníamos derecho a una pequeña cucharada de chile.

Tengo presente la imagen de la cuchara de peltre, oxidada y con manchones azules.

Hacia un gran esfuerzo para no hacerme visible en el instante de pellizcar las tortillas.

Distraía el hambre pensando en mi infancia, en los contenidos de alguna lectura o mi paso por la Armada de México.

Mi abuelo Antonio Caracas me regaló, en una de mis visitas a su rancho de San Andrés Tuxtla, una obra del ruso Piotr Ivanovich Nikitin: Economía política.

El libro me marcó. Por Nikitin supe que el hombre, desde sus orígenes, para no morirse de hambre, aprendió a producir sus alimentos con trabajo e imaginación.

 Primero se reguarneció en cavernas y descubrió el fuego (comunismo primitivo); luego, sometió al débil para explotarlo laboralmente (esclavismo); posteriormente, el jornalero con aparente libertad fue sometido por un generoso soberano que se asumía descendiente directo de Dios (feudalismo) y finalmente, por el desarrollo de la tecnología, la invención del sistema bancario (usura) y la filosofía de la desigualdad (dialéctica idealista), surgió el capitalismo.

En el modo de producción capitalista, el hombre alquila su fuerza de trabajo para allegarse de bienes y servicios: vivienda, alimentos, ropa, calzado, energía eléctrica, agua potable, etcétera.

El tema fue ampliamente estudiado y difundido por un economista y filósofo alemán: Karl Marx.

Marx aseguró que los asalariados podrían gobernar sin necesidad de depender de los patrones (socialismo-comunismo).

Por esta conclusión lógica, el mundo se pobló de cadáveres y armas nucleares.

El descubrimiento de tal verdad histórica provocó, en mi caso, que fuera echado de la Armada de México. Enfrenté un Consejo de honor, presidido por mis superiores.

Los oficiales amañaron las conclusiones del juicio para ridiculizarme.

Renuncié a la corporación, el 2 de agosto de 1974.

Tenía 19 años de edad.

En 1982, como reportero de la revista Proceso, tuve acceso a mi expediente. Un colega era el director de Comunicación Social de la Secretaria de la Marina.

Mis superiores manipularon las causas del juicio.

Pasé en vela mi última noche en la cabaña de los padres de Margarito.

En una solapa del libro de Nikitin, escribí que lamentaba haber enfrentado tan cruda e infame realidad.

El hambre me había doblegado.

No quería radicalizarme, meterme en la hecatombe de la redención justa ante una injusta verdad. Se lo expresé a Margarito, afín de tomar las armas para combatir la injusticia social.

Un hecho más:

Doña Margarita fue hasta el lugar donde leía y me abrazó.

Y por primera vez escuché su propia voz.

“Gracias, Everardo. Francisco siempre ha creído que nosotros no existimos, pero ahora tú te vas a llevar un poco de lo que aquí pasa. Espero que nunca te olvides de nosotros”.

Y besó mi frente…

HEMEROTECA: Nikitin P – Manual de Economía Política

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