EL JURAMENTO

goteo portada—Tiene que hablar en inglés… —insistía la dama de anteojos y pelo retinto.

Toda de negro, desde el suéter al calzado, pasando por el pantalón y las calcetas.

—¿Y por qué la insistencia, si yo puedo traducirle, señorita?

—Porque en Canada se habla francés o inglés, no español… Y usted no está autorizado para ser su intérprete.

Aclaro que esto ocurre en una oficina del Ministerio del Empleo, en Montreal.

El viejo de grueso abrigo y botas con punta metálica, sigue inerme, en medio del tipo de la muleta y la burócrata del escritorio.

—Exactamente ¿qué es lo que usted quiere, señor? —cuestiona en castellano el hombre con una pierna torcida.

—Solo vengo a que me certifique una copia de mi carta de ciudadanía… La necesito para la aplicación de mi retiro por vejez…

El buen samaritano reproduce en lengua gala la demanda del anciano.

La burócrata no cede.

—Él tiene que hablar nuestra lengua si es ciudadano canadiense…

El buen samaritano repite en castellano las palabras de la dama.

—Tengo… tengo problemas de salud… disculpe… —barbota el viejo.

La escena atrae ojos ajenos. La oficina es amplia, bien iluminada y con un policía de seguridad de pantalones holgados.

Un muro con cuatro ventanillas aguarda la presencia de los demandantes de ayuda social o no tienen empleo.

Una veintena de pobres están dispersos en aquel espacio de paredes blancas y rótulos con letreros en francés.

Predominan doce butacas, una fotocopiadora, seis ordenadores y una mesa de formica color madera.

La burócrata no disimula su enojo. No está dispuesta a ceder.

 El anciano la observa con serenidad.

Ella difícilmente ahondaría en el pasado de quien necesita su ayuda. Menos el tipo de la muleta, angustiado por perder su lugar en la ventanilla. Su número de espera es el 45. El 44 ha aparecido en el tablero electrónico.

—Tiene que escribir sus datos personales en el sello —dijo la mujer en francés— y jurar con la mano derecha en alto que ha dicho la verdad…

En la fotocopia de la carta de ciudadanía, la burócrata imprimió un texto que dice:

Le………………….., domicilie au…………………….. déclare solennellement que cette copie est une reproduction exacte de la copie certifiée conforme ou de la version originale de laquelle elle est tirée.

Signature

Affirmé solemmellement devant moi a Montréal, ce……………………..

Signature Commissaire à l’assermentation.

Yo era el demandante 44 y perdí el desenlace del incidente.

El tipo de la muleta, después de ser atendido en la ventanilla 2 por una burócrata joven con hiyab, acudió al área de la fotocopiadora. Ahí coincidimos.

—¿En qué terminó el asunto? —pregunté en castellano.

—Se conmovió la señora y lo ayudó a cubrir los requisitos…

—¿Hizo la juramentación…?

—Es un acto obligatorio, pero se la escribió en una hoja e hizo que la repitiera con la mano levantada…

 Cuando abandoné la oficina y me interné en la calle D’Ibarville, descubrí al anciano en una banca de cemento, a la entrada del edificio. Lloraba y se cubría su ajado rostro con ambas manos.

Proseguí mi marcha. Tampoco quise conocer su pasado y la causa de su tristeza.

Ser ciudadano canadiense sin hablar inglés o francés te condena a ser un desahuciado.

El silencio es una especie de muerte en vida. Ni tu llanto conmueve a quienes aún pagamos, en el exilio, nuestro derecho de piso.

HEMEROTECA: pro4 3

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