LAS DE CAÍN

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El hormiguero, donde dormía, volvióse un nido de alacranes.

Es posible que yo no aceptara mis cambios, propios de un exiliado sin propósitos de vida.

Los prolongados silencios y mi afán de atormentarme por la falta de dinero, alteraron la realidad cotidiana.

Dejé de ser yo, el chapín orgulloso de su pasado y rebeldía.

El departamento de la Walkley apestada. Estaba obligado a convivir con cinco esperpentos, tan viles y confundidos como yo.

Viciosos, irreverentes, sucios, amorales y rencorosos.

De ser el primero en rentar el departamento, acabé conviviendo con extraños de culturas diferentes.

Una semana después, el hueco de Guito Baldan dispuso de mi silencio y libertad.

Todas las habitaciones fueron ocupadas.

El Mocho Cabrera me lo había advertido:

—Preparese vos a pasar las de Caín, el culo italiano seguramente le mete puro malandro para hacerlo polvo…

El ruso mofletudo y la nica ñanga odiaban el orden y la limpieza. Pelos, pasta dental y gargajos embarraban en el sanitario. Nunca le bajaban la palanca a la poceta.

La jamaiquina, fumadora consuetudinaria de crack, apaciguaba su hambre con la despensa ajena. Fui víctima la misma noche que arribó al departamento. Robó un par de huevos y un trozo de jamón.

En pocas ocasiones la vi vestida o con sandalias. Desnuda se desplazaba de su habitación a la cocina y el baño. Una sibarita de pedernal, bien proporcionada y atractiva.

Por las noches, ante mi perenne falta de sueño, armaba dijes, pulseras y collares. Era parte de la caravana de artesanos de la avenida Sainte-Catherine.

 El Mocho Cabrera me convenció entrar al negocio con poco dinero.

No necesitaba romperme el lomo en la limpieza de supermercados o en la construcción. De hacerlo, corría el riesgo de atentar con mi proceso de asilo político.

La paga era en cash.

La trabajadora social de Empleo Quebec fue clara en sus advertencias:

—No puede trabajar a la negra, sino con un permiso emitido por el Ministerio del Trabajo. Si opta por trabajar legalmente, pierde su derecho de recibir clases de francés, ayuda económica y asistencia legal. Usted tendrá que cubrir todos los gastos.

Preferí ser artesano, trabajar durante las noches con los abalorios, rocallas, garrotas, grapas, resinas, antelinas, alambre inoxidable, cáñamo y alicates.

Todo lo necesario para ganar un poco de plata los fines de semana.

Romelia e Igor eran clientes ocasionales.

En los pocos minutos que trasegaban mi bisutería dejaban su aliento de paja quemada.

Abad, el marroquí, en contadas ocasiones se apartaba de la estufa. Su esquizofrenia la controlaba con guisados de hígado de res y fármacos. Su pasado, del que desconocía, le permitió entrar al ejército de discapacitados.

Y así, a sus treinta y tres años, no necesitaba trabajar para sobrevivir. Cada mes, el gobierno le depositaba mil trescientos dólares en su cuenta bancaria.

El mal que le aquejaba, provocaba sus constantes mudanzas.

El cerote de Guito Baldan jamás solicitó referencias de sus antiguos caseros. Su único interés era meterse la guita en la cartera.

Lo mismo ocurrió con el guanaco.

José María era un verraco con un pasado criminal.  El italiano me lo presentó un día antes de ocupar su habitación.

—Es su paisano —dijo en su mocho castellano.

El guanaco semejaba un negro de Borneo, extraído de las novelas de Salgari. Sus ojos, cargados de sangre, apenas tenían brillo.

—¿De Guatemala? —pregunté.

—No, de El Salvador, de Los Cobanos…

Me dio mala espina, por la manera de escudriñar mi habitación.

—Espero que no fume y siga las reglas de convivencia —dije en tono amigable—. La privacidad es importante…

—No se preocupe —respondió con sequedad—,  soy enemigo de los problemas… Es mejor pelar la muela que pelar ratas

Del transexual griego y el ucraniano calvo, siempre salpicado de pintura de aceite, pude librarme a tiempo de los inconvenientes.

Dionisio ganaba plata con sus nalgas y boca. Sus implantes y hormonas le permitieron convertir el cuerpo en un negocio de placer. Acababa de celebrar sus cuarenta años, de acuerdo a una infidencia de Guito Baldan.

Una o dos noches por semana se ausentaba.

Las otras cinco, permanecía en su cuarto.

Desde el pequeño espacio veía la televisión, atendía a sus mecenas voyeristas por  Internet o hablaba por teléfono.

Nunca pisaba la cocina. Era un cliente asiduo del Domino’s Pizza y un restaurante chino.

En dos ocasiones, el repartidor de pizzas intimidó sexualmente con Dionisio o Calla, como se promocionaba en su negocio.

Del ucraniano, Dymitro nunca tuve roces. Trabajaba duro pintando casas. Era enemigo de la regadera y el cepillo dental.

Su hedor a sudor formaba parte de su indumentaria: un overol chamagoso, salpicado de pintura de diferentes colores, y unos zapatones con punta de acero que dejaba a la entrada de su cuarto.

El tipo con alopecia y brazos de herrero regresaba de trabajar a las diez de la noche e iniciaba su jornal a las seis de la mañana.

Cada domingo, por la tarde, sacaba, en un carrito de lavandería, un montón de latas vacías de cerveza.

Los dos veteranos de guerra, afines al tequila y a las anfetaminas, no permanecieron ni un mes en el departamento.

Su trabajadora social logró acelerar la entrega de un departamento de interés social, en la parte sur de Montreal.

Guido Baldan comentó que eran originarios de Vancouver y participaron en la guerra de Irak. Se conocieron en Bagdad. Dos años después, ya en Canada, se casaron, pero enfrentaron juicios civiles por sus respectivas parejas. Perdieron su casa y parte del salario, por tener hijos.

los viernes, el italiano participaba en reventones organizados por la comunidad gay, transexual y lésbica. Por tal razón, jamás faltaban inquilinos afines a su preferencia sexual.

HEMEROTECA: tvespecoct29

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