TURBAL

portsoynorma211

El amor a mi marido me hundió en la imprudencia.

Cuarenta y nueve años después de los hechos del 14 de noviembre de 1967, reconozco que no hice lo correcto. Puse en riesgo mi vida y la de Ariocha Tubal Arantú, el bebé que llevaba en mis entrañas.

Cuando me lo propuso Manuel Ernesto, con voz melosa, de hombre apasionado, no lo dudé: acepté darle esa satisfacción.

Nuestro hijo nacería en la cama matrimonial, sin la asistencia de algún médico o madrota.

Los dos trabajaríamos en el parto. Yo confiaba en mi fortaleza para expulsar al bebé, sin contratiempos.

Jamás había tenido problemas en los partos. Con Consuelo y Víctor Hugo experimenté desgarres uterinos, por la estreches de mis caderas y lo menudo del cuerpo.

Los dos nacieron enormes y sanos. Yo, por el contrario, era muy delgada y aparentemente frágil, por no alimentarme correctamente.

Recuerdo a detalle lo ocurrido.

Era martes.

El alumbramiento tuvo lugar a las cinco de la mañana.

Mis hijos dormían. Por lo mismo, Manuel Ernesto pudo maniobrar libremente para recibir en sus manos a Tubal, cortar el cordón umbilical, limpiarlo, fajarlo y envolverlo con una pequeña frazada de lana.

Una nalgada permitió destaparle sus vías respiratorias, al soltar su primer berrido.

Sin embargo, aun desfalleciente, con mi bebe entre los brazos, descubrí horrorizada una gran mancha de sangre en el cobertor.

De inmediato lo desnudé y comprobé que la hemorragia provenía del trozo de ombligo.

Manuel Ernesto no lo había fajado correctamente. De no darme cuenta, seguramente muere desangrado.

—¡Manuel, venid, venid… apúrale vos…! —grité con desesperación.

Mi marido regresó presuroso de la cocina, donde dormía en unos cartones y cobijas.

Desde los pies de la cama observó la sangre en el cobertor del bebe. Noté cómo su rostro se oscurecía bajo la lámpara que colgaba de una de las vigas del techo.

—¿Vos querés que busque a algún vecino que tenga auto? —dijo titubeante.

—No, pucha, traedme otros trapos limpios y agua para lavarlo y cubrirle su ombliguito…

Obedeció.

A los pocos minutos, Tubal dejó de gimotear y se prendió hambriento a uno de mis pechos.

Por  segundos recordé a Salma Soledad. Temí por la vida de mi recién nacido.

Cuando mis otros cabros despertaron, recibieron a su nuevo hermanito con sorpresa y alegría.

Consuelo, a sus diecisiete años, nos abrazó y besó.

Lejos estaba de imaginar que al año siguiente dejaría a la familia para formar la propia, en Arica, al lado del hombre que amaba.

Después de permanecer inactiva una semana, por recomendación de doña María que me visitó al día siguiente del parto, tomé la decisión de hablar con los Piñeiro; pedirles menos horas de trabajo para cuidar a Tubal.

Doña Carolina no puso objeción. Me aclaró que tendría que esforzarme por tener su casa en orden y dejar la comida preparada, antes de retornar a mi casa.

Un lunes por la mañana, al ir de compras a la feria de la calle Victoria, fui abordaba por una adolescente del centro escolar, construido a media cuadra de mi casa.

—Señora, ¿vos sabés a dónde venden manzanas o naranjas?

—¿Por qué querés esas frutas?

—Es que me las pidieron en el centro para una tarea de cocina y las olvidé en mi casa…

—¿Qué no venden fruta o golosinas en el centro escolar? —cuestioné.

—No  —respondió—, cada alumno tené que llevar sus alimentos para comer en el recreo…

La idea de poner una frutería empezó a revolotear en mi cabeza.

No le dije nada a Manuel Ernesto. Tenía demasiadas preocupaciones ante la falta de dinero.

En la primera semana de abril de 1968, mi marido se ausentaría. Un amigo de los Andes, de oficio carpintero, le propuso trabajar en la construcción de una casa.

El hombre flaco, moreno y de pelos parados, se llamaba Manuel Acuña y era borracho.

De aceptar,  Manuel Ernesto seria el responsable de la instalación eléctrica.

—Tal vez me ausente dos semana o tres, depende de la obra —advirtió en los momentos que en familia cenábamos.

—Como vos gustés —asentí molesta, porque conocía su debilidad por el alcohol y las mujeres—. Espero que vos traiga plata, porque el dinero que gano con los Piñeiro apenas nos alcanza para malcomer…

Durante la noche, en la cama, tomé una determinante decisión: en su ausencia levantaría el negocio de frutas al menudeo.

Tenía un poco de dinero, ahorrado para construir un cuarto al lado de nuestra casa. Necesitaba conseguir un permiso del ayuntamiento.

Tres días después de haber partido Manuel Ernesto a los Andes, busqué a un vecino que era albañil. Lo contraté después de negociar su paga.

El buen hombre conocía a mis cabros y los problemas diarios que enfrentaba para vestirlos y alimentarlos.

—Vos cuente conmigo señora Norma… A lo sumo, en tres o cuatro días tenés su frutería… Téngame vos fe, porque Dios está de por medio…

Y como fue.

Don José Llanos, algo escuálido por los abusos del pisco, cumplió su palabra: en tres días cavó las zanjas, levantó los cimientos y muros, resanó y aplanó el piso y claveteó las láminas del techo.

Después, colocó la ventana y la puerta de madera sin pintar y repelló los exteriores con calhidra y cemento.

Era un hombre metódico e incansable, un auténtico socialista.

Durante el golpe de estado de 1973 fue detenido, torturado y asesinado por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional.

La misma tarde que recibí la obra terminada, busqué a los Piñeiro.

Don Paracelso se encontraba sentado en su mecedora, bajo el porche de su casa. Lo primero que le dije, después de saludarlo fue que estaba muy agradecida por todo el apoyo recibido.

—¿Y por qué vos me dice eso, Normita?

—Porque ya no vendré mañana, don Paracelso, porque ahora soy comerciante…

HEMEROTECA: Victor Jara – Jordi Sierra i Fabra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s