MELANCOLÍA

polvos ajenosLos amaneceres de otoño impregnan melancolía.

Se diseminan en los muros y sombras.

Lo recomendable es recogerse silenciosamente en el departamento y observar, tras la ventana de la sala, el paso monótono de los peatones y automóviles.

El viento aúlla o chifla, depende de tu estado de ánimo.

Has estado inquieto desde el alba.

Ni ánimos tienes de desayunar.

Hoy es un día especial, imposible superarlo.

—No te olvides de pagar la renta —te recordó Lyn antes de despedirse.

Cada fin de mes, después del acostón, reitera lo del pago. Es innecesario sugerírtelo, conoces tus tareas.

Montreal es un tapiz dorado con árboles semipelones.

Haces cuentas, mientras sigues con la mirada al gato negro que juega con una hoja seca, alebrestada por la ventisca.

Han transcurrido treinta y ocho otoños y treinta y siete veranos, desde que descendiste del avión y te internaste en Canada.

En un mes, celebrarás tu cumpleaños setenta.

El exilio ha demolido tu derecho a reír.

Duele… y mucho.

Luna nueva; noches extensas y días cortos.

Te obligan a arroparte los airones polares.

Añoras el clima tropical; las mareas bajas, de plenilunio, y la cosecha de ostras en tu kayak.

Mary Toña hizo su parte en el negocio. Siempre alegre, pulcra, cautivadora. Elaboraba el mejor ceviche de salmón y tiburón tierno.

Una amazona de cabellera oscura, larga, como una cascada de olivos negros de Florida.

El silbido de la ventisca te remonta a un especio solar con cocoteros y playas doradas.

Desde la punta del farallón de Los Milagros, frente a un mar embravecido, insistes en involucrarla en el negocio de los estanques piscícolas.

Las ostras, reviró, algo que no necesite cuidados extremos.

Su especialidad eran los ostiones empanizados con papas fritas y una ensalada de berro y trozos de pulpo.

La mejor chef de la bocana.

La belleza no está peleada con la inteligencia. Imposible sustraerse a sus grandes ojos aguamarinos y la piel de cacao, relumbrante.

Hembra pechugona, maciza, acinturada, de ancha cadera, piernas gruesas y pies delicados, de mulata.

En menos de un mes, intimidaron.

No en la cama, aclaras.

En santo reposo, de amigos, se confiaron sus cuitas.

Mary Toña acababa de enviudar y respetaste su duelo.

Llegar a la isla, después de despedirte de tus camaradas en la factoría, renovó tu ánimo de vida. No todo estaba perdido.

 Durante treinta años estuviste atado a un prensador de cartón.

Y alimentaste con tu sangre y sudor al armastrote de resortes, levas, culatas y una especie de plataforma que comprimía las placas del cartón prensado.

Monotonía, ruidos mecánicos, silbidos en cada receso y al concluir el turno.

El mismo sonido agudo, tan parecido al silbato de la factoría o al viento de los arrecifes de Queensland.

La imagen es evocativa, próxima al ventanal y entre el murmullo de los autos que corren de un polo a otro.

El gato de tu vecina es indiferente a la furia del viento. Las hojas sueltas, de oro viejo, lo entretienen.

Lyn estará ausente un par de semanas. Es el acuerdo.

Te estima y cuida, si se lo demandas. Está atenta a tu llamada telefónica.

—Háblame, no importa si estoy ocupada —ofrece, como si tú fueras su padre o abuelo.

—Lo haré Mary Toña —dices, consciente de cambiarle el nombre.

Tu comentario no le incomoda a Lyn.

Lo sabe: eres un hombre con pasado, perdido en el maremoto de la pasión y el sufrimiento.

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