EL BOZAL

hablemos cabezalEl jueves 31 de octubre, la relación prensa-presidente experimentó una alteración interesante. La verdad de los hechos predominó sobre la manipulación mediática.

En La Mañanera fuimos testigos de un debate horizontal, de iguales.

Los mexicanos críticos y conscientes del quehacer político nacional nos quedamos con un buen sabor de boca.

Hubo rendición de cuentas de un poder a otro y la prensa, otrora oficial y chayotera, quedó mal parada.

El milagro lo aceleró el hijo predilecto de un capo del narcotráfico en desgracia: Ovidio Guzmán López.

Los periodistas veteranos, como la colega Isabel Arvide —presente en La Mañanera— festinaban lo ocurrido. En carne propia sufrió persecución y cárcel por publicar la verdad.

Hasta el 31 de noviembre de 2018, la política informativa se controlaba desde la residencia oficial Los Pinos (donde dormía y ejercía su actividad burocrática el presidente de la república) y la Secretaria de Gobernación.

Los periodistas de antaño recibíamos órdenes tajantes de nuestros respectivos jefes:

—No escribir nada contra el presidente de la república y el secretario de gobernación, la Virgen de Guadalupe y el Ejercito Mexicano.

En los estados del país, las instrucciones eran parecidas. El gobernador contaba con la protección y complicidad de los editores y concesionarios de la radio y televisión.

Una publicación, ahora icónica, desde su origen —noviembre de 1976— jugó un papel importante en esa primer ruptura: Proceso. Sin ánimos de cuestionar su credibilidad se convirtió en una especie de bufón real.

Su principal accionista, don Julio Scherer García era primo del presidente José López Portillo. Sin embargo, éste le quitó la publicidad oficial al ser cuestionado su gobierno.

No pago para que me peguen, fue su justificación.

En 1973, el presidente Luis Echeverría Álvarez atentó contra el periodismo que se ejercía en un diario tradicional, pero vanguardista y en manos de una cooperativa: Excélsior.

El director general, don Julio Scherer García y un centenar de reporteros y articulistas fueron echados del periódico por esquiroles patrocinados por el gobierno federal.

Vale la pena recordar, lo publicado en Proceso el 6 de noviembre de 1976, fecha de su aparición:

A la condición azarosa de todo proyecto humano se añaden, en el caso de este semanario, que hoy inicia su presencia en la vida pública mexicana, modalidades que le confieren una peculiar naturaleza. Esta publicación surge, entre dificultades remontadas penosamente, al calor de la lucha por la libertad de expresión, lucha perenne entre la prensa que busca ser responsable y el poder que no se ciñe a la legitimidad.

Este semanario nace de la contradicción entre el afán de someter a los escritores públicos y la decisión de éstos de ejercer su libertad, su dignidad. Estas prendas valen en tanto posibiliten el que a través de ellas se expresen los que no pueden hacerlo de otro modo. Como bien lo han entendido quienes de varias, emocionantes maneras contribuyeron a su aparición, Proceso no sirve sólo al propósito –que en sí mismo resulta menor– de dar voz a un grupo de trabajadores del periodismo. La tarea real de Proceso trasciende a los periodistas que lo hacen, en la medida en que asuman su compromiso con su tiempo y con su país.

En sí mismo, Proceso es un acto de confianza en la capacidad de nuestra sociedad para madurar como nación. Agobiados por signos en contrario, lo peor que puede ocurrir a los mexicanos es desesperar de las posibilidades democráticas de remontar la crisis que hoy nos abruma. Con la ruindad que es propia del anónimo, surcan hoy el país toda clase de adjetivaciones contra el régimen. Con el sólo hecho de proclamar su nombre y el de sus autores, Proceso ejercerá su actividad crítica sin sumarse a tal desahogo. Por lo demás, sería un ínfimo propósito el aparecer sólo para combatir a un gobierno que vive sus últimas horas.

En medio de señales ominosas, entre las cuales la información y la crítica pública pudieran parecer exóticas o peligrosas, Proceso asume el compromiso de brindarlas. Nos empeñamos en hacerlo porque estamos persuadidos de que es importante contribuir a que la nación se conozca a sí misma para que a partir de su propia conciencia pueda delinear su porvenir justo y libre.

Testigo del transcurrir social, del proceso inacabable de los hechos con que el hombre edifica su historia, este semanario aspira a no ser mero relator de los acontecimientos, simple correa transmisora entre la realidad y los lectores. Puesto que el hacer humano tiene sentido, se requiere también un proceso analítico para determinar si tal afán sirve o no para mejorar a los hombres y las comunidades que ellos integran.

Proceso de los hechos, proceso a los hechos y a sus protagonistas: estas son las líneas de acción de nuestro semanario. Golpeados por la inquina política en términos que causaron asombro dentro y fuera de México, por la impudicia de la agresión y la relevancia de quienes la concibieron, sus miembros no harán de Proceso un semanario del despecho y del resentimiento. Primero, porque comprenden la naturaleza política de los hechos en que se les ha involucrado. Y en segundo lugar, y sobre todo, porque los conforta y obliga la solidaria generosidad de un vasto número de mexicanos decididos a que el silencio no cubra por completo a esta nación.

Y, en el mismo ejemplar, Proceso narró lo ocurrido en Excélsior.

El cálido verano de 1976 no será olvidado fácilmente por los mexicanos. El peso se devaluó más del ciento por ciento frente al dólar. Un nuevo presidente fue elegido sin tener candidato formal al frente y el sindicalismo independiente padeció sus mayores derrotas. Asimismo, el diario Excélsior dejó de ser “una de las empresas periodísticas más ambiciosas y estimulantes del México contemporáneo”, como lo calificó un centenar de renombrados intelectuales, para convertirse en “sombra de sí mismo”, “fachada de lo que fue ayer”, en palabras del prestigiado Le Monde de París.

Para agredir a Excélsior, el 8 de julio se hizo culminar una operación de pinzas: por un lado, se creó un artificial conflicto interior en que la traición y las ambiciones bastardas fueron ingredientes principales, y por otro se adoptó la decisión política de castigar la tarea que ese diario se había impuesto particularmente desde 1968, labor que de acuerdo con ese mismo grupo de intelectuales consistió en convertirse en “muy adecuado instrumento de un deseo nacional en cierto modo incontenible desde 1968: el deseo de ejercer los derechos a la información y la crítica que conceden a todos los mexicanos las leyes del país; del deseo de usar las garantías jurídicas y constitucionales y vigentes en esa materia más allá del círculo declarativo en que solían estar confinadas”.

En 1972, la revista Editor and Publisher, el más importante órgano de la industria editorial norteamericana observó que Julio Scherer García, director general de ese diario era “un periodista mexicano dedicado al casi inconcebible propósito, en México, de comprobar que la política de prensa más adecuada, por no decir la que más deja, es la honradez”. Como resultado de esa política, añadió la revista, “las revelaciones de Excélsior sobre la corrupción a nivel nacional así como sus acusaciones de incompetencia y caciquismo, se han sucedido con penosa frecuencia, cada vez en aumento, desde que Scherer tomó el timón. Políticamente, el diario ha virado de la extrema derecha a la izquierda centro. Una buena pauta de que este diario es mucho mejor que sus competidores, la da el hecho de que sus lectores, a veces ofendidos, continúan comprándolo”.

Nada de eso fue posible sin pagar elevados costos. Desde que en 1965 socios conservadores y deshonestos fueron expulsados de la cooperativa editora de Excélsior, el entonces Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas –hoy Banco de Obras y Servicios Públicos– les otorgó abundante patrocinio para agredir a quienes en el diario se empeñaban por hacer una tarea que le valió ser calificado por el Times de Londres como “Le Monde de América Latina”.

Entre 1964 y 1971, la existencia legal de los órganos de dirección de Excélsior fue precaria, por omisiones de la Secretaría de Industria y Comercio, que en 1971 convalidó todos sus actos, menos los tomados en las situaciones más conflictivas, con lo que creó una amenaza latente contra la cooperativa. En 1969 una bomba estalló en el edificio principal de Excélsior, como tardía prolongación de las acciones represivas lanzadas desde el año anterior contra actividades e instituciones democráticas.

En ese mismo año, el monopolio de la televisión comercial inició una larga campaña contra Excélsior, que tendría su culminación en el primer semestre de 1976, en que le dedicó espacio que, medido con los criterios mercantiles de la propia televisión, alcanza un valor de muchos millones de pesos.

A esa campaña se sumaron la casi totalidad de los diarios de la ciudad de México, principalmente los vinculados de modo más directo al gobierno. Casi no pasaba semana sin que se hicieran eco de ataques a colaboradores de Excélsior. Un ruin desplegado, destinado a agraviar al director general y algunos colaboradores de este diario, presuntamente firmado por numerosos grupos de bajacalifornianos y publicado a gran costo a fines de enero de 1976, fue calificado editorialmente por El Nacional como “muestra de entereza cívica”, siendo que su contenido caía claramente bajo las sanciones de la legislación penal. Por las mismas fechas, de modo intempestivo, el canal 13, gubernamental, rompió su convenio publicitario con Excélsior dejándolo por completo aislado. Significativamente, el convenio se restableció poco después del golpe del 8 de julio.

Después de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968, México cambió radicalmente.

Un sector importante de la sociedad fue más crítico y confrontativo ante el gobierno.

Sin embargo, el PRI-gobierno logró tener el control absoluto de las principales cadenas de radio y televisión y periódicos impresos.

Miles de millones de pesos amordazaron a editores, propietarios y concesionarios.

Cada presidente de la república en turno —e incluyo a los dos panistas—  corrompió y censuró, a su manera, el libre ejercio del periodismo crítico e independiente.

Le funcionó aquello que aplicaba a sus adversarios políticos el cacique potosino Gonzalo N. Santos, en la década de los cuarenta: encierro, destierro o entierro.

Es, a partir del presidente Andrés Manuel López Obrador, que la prensa oficial deja de ser alimentada con dinero público.

En represalia, periodistas y articulistas al servicio de políticos prianistas y empresarios conservadores y ultraderechistas, desatan una campaña perniciosa en contra de López Obrador.

Por fortuna, el presidente ha contado con el apoyo de un vasto número de usuarios de las redes sociales.

E incluso, de lunes a lunes se hace presente en Facebook, Twitter, YouTube e Instagram. De lunes a viernes, de las siete de la mañana —hora del pacifico— preside una conferencia de prensa (La Mañanera) y los fines de semana tambien difunde sus actividades públicas durante sus recorridos al país.

El jueves 31 de octubre, por los hechos ocurridos dos semanas antes en Culiacán —la frustrada aprehensión de un hijo de Joaquín El Chapo Guzmán— un grupo de reporteros, presentes en La Mañanera, rompieron el protocolo y cuestionaron con dureza al presidente.

La respuesta sacó chispas, al recordar López Obrador un hecho trágico ocurrido durante el corto gobierno del presidente Francisco I. Madero. Recordó que antes de la asonada para asesinar al presidente Madero —el 22 de febrero de 1913—, la prensa, después de estar sometida y ser rastrera del Porfiriato, tras el triunfo del maderismo, desató una feroz campaña periodística en contra del propio Madero.

¿Saben qué llegó a decir Gustavo Madero? Dijo: ‘Le muerden la mano a quien les quitó el bozal’. Eso no se lo perdonaron, nunca. Por eso se ensañaron en él, primero en Gustavo Madero y luego en su hermano. Yo no quiero que nunca jamás vuelva a suceder eso. Esa es de las historias más vergonzosas del periodismo y de la política en México.

https://elplomero.blog/2018/03/20/el-veneno-de-la-censura/

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