MENDOZA (Sin retorno)

sommus portada-SUEÑO 24

Tres historias en un mismo libro o argumento. Muy al estilo de Paco Ignacio Taibo II o Alejandro González Iñárritu, en las primeras novelas policiacas y películas: Días de Combate, Cosa Fácil, Amores Perros y Babel.

En el primer set:

El personaje, treintañero, seduciendo a una mujer sesentona, ministra del Interior.

En una habitación de hotel, dos estrellas, se da la encerrona.

—¡Mi tablet, olvide mi tablet en la mesa! —exclama el treintañero, en pleno entre.

Antes, los dos comieron en el restaurante del hotel.

El sueño reconstruye lo ocurrido en ambos escenarios.

La funcionaria, de pelo entrecano, es escasa de carnes.

Y motiva al treintañero para que interrumpa la embestida e intente recuperar su herramienta de trabajo.

El treintañero es periodista y en la tablet registró la entrevista.

En el restaurante, el mesero informa que efectivamente encontró la tablet.

—Por política de la empresa —le explica el mesero—, se envían los objetos olvidados a la oficina del gerente que está en la Casa del Estudiante, de la calle contigua.

El treintañero de barba caprina y grandes entradas en la frente, abandona el lugar y se dirige al inmueble indicado.

Hay poco tráfico.

En el segundo set:

La Casa del Estudiante se asemeja a una torre babilónica.

Miles de jóvenes uniformados, de ambos sexos, ascienden y descienden por laberinticos pasillos.

En los costados aparecen innumerables puertas que pertenecen a los dormitorios colectivos.

Todas las lenguas imaginables son percibidas por el treintañero.

Una nueva historia empieza a fraguarse.

El treintañero tiene deseos de defecar. Ningún estudiante le da razones sobre el administrador o la puerta de salida.

Los sanitarios siempre están ocupados.

En el mismo espacio es posible ver las regaderas, donde hombres y mujeres se duchan.

El treintañero está perdido.  No sabe cómo salir del sofocante espacio y regresar al hotel.

Una joven, desnuda y de senos flácidos, nota su angustia,

—¿Puedo ayudarle? —pregunta en francés.

—Por favor —suplica el treintañero—, estoy atrapado y no soy estudiante…

—Consiga un uniforme —sugiere— y suba hasta el estacionamiento. Ahí podrá utilizar cualquier fauteuil volant que esté disponible…

—¿Falta mucho para llegar al estacionamiento?

—Sí, una hora de ascenso por los escalones…

El lugar es un hormiguero humano.

El barullo es ensordecedor.

Los estudiantes entrechocan, ríen, se arrojan toallas o prendas de vestir. Todo es fiesta.

Es multirracial el lugar.

El treintañero sigue a un grupo de estudiantes que se internan a una habitación sin ventanas. Enormes lámparas de neón sustituyen la luz solar.

Nadie lo cuestiona cuando toma un uniforme abandonado en una cama. Guinda la playera y negro el pantalón.

Minutos después, deja la habitación y continúa su marcha.

El esfuerzo es agotador, angustiante.

En grandes saltos asciende la escalera. Hora y media después llega al estacionamiento techado.

Unas largas pilastras sostienen la plancha de hormigón. No hay muros.

Es posible observar la ciudad y una cadena de montañas azul íñigo.

Por los huecos entran y salen pequeña aeronaves en forma de sillón, impulsados por energía atómica.

 Cada fauteuil volant es tripulado por un estudiante con casco y un paracaídas adherido a la espalda.

La nave no necesita volante o palancas de control. Todo es automatizado a través del teléfono celular.

El treintañero aborda a un estudiante, recién llegado, y le pide apoyo.

—¿Me puede dar indicaciones para maniobrar la nave? Por favor.

No hay objeción.

El estudiante de ojos redondos y azules, güero y pecoso, programa el teléfono celular. También le entrega el casco y el paracaídas del tamaño de una caja de pizza.

Le pide que aborde el fauteuil volant.

—Llegará al mismo lugar que yo abordé —explicó en inglés, sin dar signos de recelo—. Es lo único que puedo hacer por usted…

—Con eso basta, muchas gracias…

En el tercer set:

El fauteuil volant despega a gran velocidad.

Parte de la ciudad aparece bajo sus pies.

El treintañero puede apreciar las calles, avenidas, bulevares, puentes, vías del tren subterráneo, azoteas de edificios desiguales, techos rojizos de mansiones, parques, campos de golf, albercas, lagos, cúpulas de templos religiosos y miles de sillones voladores que zigzaguean por distintas direcciones.

Desconoce cuál será su destino.

Ni el tiempo de vuelo.

Paralizado por el miedo, comprueba que el fauteuil volant sale de la ciudad.

En pocos minutos se adentrará a la cordillera de los Andes.

Y la imponente montaña de Aconcagua aparece ante sus ojos.

No habrá retorno.

HEMEROTECA: PRO3OCT2019

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