PESCA

EL FUEGOVII

Asistí a la misa dominical.

Desde el vestíbulo a los asientos de la congregación, saludé a viejos conocidos.

 Lo mismo hice con el cura, Paco Ramírez, añoso y medio ciego.

Mi prima Ana pasó por mí a la cabaña e insistió:

—Distráete un rato, te hará bien…

En el mercado, almorzamos tacos de barbacoa y bebimos café con piloncillo.

El mensaje del cura no conmovió a los feligreses. Hizo un recordatorio de las festividades del Día de Muertos y los excesos cometidos bajo el efecto del alcohol.

 Durante la quema del torito tres niños fueron lesionados.

 En el mercado la muchedumbre dificultaba la marcha/

Mi padrino de bautizo, Pedro Cordero dejó de atender su carnicería. La edad no perdona. Me dicen que la pasa encerrado en su habitación, viendo el televisor.

En febrero cumplirá noventa años.

Sus hijos heredaron el negocio y el tendejón de la Orilla: barrio que se encuentra a la entrada del pueblo.

En mi adolescencia iba a la carnicería y mi padrino me regalaba un peso.

Rebeca Pasarán cruzó por nuestro camino y animosa me abrazó.

—Tantos años sin saludarnos, Eduardo… Mira, ahora usas gafas…

—Los años no pasan en valde —respondí—, y tienes razón… El tiempo no perdona, Rebeca.

La hija de don Higinio es delgada y conserva cierta esbeltez.

Ningún desperfecto en la piel, salvo las pecas que resaltan en los hombros y pecho.

Hay finura en el mentón, labios y pómulos y una nariz aguileña.

Pregunto por la salud de don Higinio Solís, su padre.

—Achacoso. Tanto trabajar doblega…

El rumor del mercado, ensordece.

La gente va y viene, se entremezcla.

Pululan los puestos de verdura, comida y ropa.

El mercado está a un costado de la iglesia, frente al Palacio Municipal.

La mayoría de marchantas y marchantes, vendedoras y vendedores traen jorongos, rebozos de bolita y sombreros.

Rebeca cubre sus hombros con un chal de lana.

—¿Qué vas a hacer hoy? —pregunta.

—Va a comer truchas con mi tío Carlos y el primo Oscarín y su familia… —interviene la prima.

—Lástima, me hubiera gustado que hablaras con papá. Ya me dijo Anita que estás pintando peras y mujeres encueradas en forma de árboles…

—Más bien, le estoy haciendo un trabajo al gobernador de Nayarit.

Una mujer rubia, alta, sobresale de la muchedumbre. Es turista y su presencia es evocativa.

Un sopor caliente nada por mi estómago.

La misma sensación que sentí durante la llegada de Alma Luna al aeropuerto de Manzanillo.

Después de una larga hora de espera, hizo su aparición. Llegó arrastrando un veliz negro con ruedas. Unas gafas polarizadas ocultaban sus ojos verdes.

—Trataré de darme una vueltecita la próxima semana  —dije e intento estar alerta del presente—, el miércoles o jueves. Porque quizá en diez días viaje a Nayarit. Tengo que entregar el trabajo….

—¿Pero vas a regresar? —cuestionó Rebeca.

—No lo sé…

Logro apartarme, aprensivo.

En voz baja le comento a la prima que iría a la Casa Grande.

La prima se disculpa por no acompañarme.

Los domingos son días de trabajo: hace trueque de huevos, maíz y frijol con algunos indígenas de Texcatepec. Les da a cambio, ropa, sal y manteca.

La fortuna de los Monroy así se fincó desde la época colonial.

—No te pierdas —pidió Rebeca e hizo un guiño con el ojo derecho.

—No —prometí—, vas a ver que no.

Y me retiré a grandes pasos.

En la Casa Grande aguardaba la familia: mi padre, Oscar, Rocío y tres sobrinos.

Don Carlos intentaba subir en la camioneta una garrafa de agua de rio.

Le ayudé. Antes, le di un beso en la frente.

—¿Cómo estás, hijo?

—Bien, padre… Todo muy bien…

Las arrugas y calvicie dábanle un aire de antiguo senador romano. Solo faltaba la toga blanca.

Después, en grupo, cargamos la camioneta de comestibles, carnazas y sedales de pesca.

En veinte minutos cruzamos la zona boscosa, oscurecida por la fronda de pinos y robles. Paramos en un claro, junto al rio.

Escuchamos el rumor del agua.

A pie llegamos a un estanque, alimentado por la caída del rio.

El clima templado no impedía andar con ropa veraniega.

Y por lo que observé, la familia estaba acostumbrada a no preocuparse de las bajas temperaturas.

Mientras aguardaba que el anzuelo atrapara una trucha, evocaba a Alma Luna.

 Seguramente estaría con su hermana cosechando pepino en Aylmer.

Suspiré.

Añoraba su presencia.

HEMEROTECA: Obras completas – Luigi Pirandello

 

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