FALLIDO ENCUENTRO

portada en la entrana del castorEl sol escapa por el tragaluz sin alterar la silenciosa caída de la nieve.

Nada sorprende.

 El otoño ha arribado.

En Montreal, nadie lo recibe con entusiasmo.

Un tufo invernal no suelta la ciudad.

Los montrealenses, tenaces, luchan por no desistir en su papel de sobrevivientes.

Un hálito brumoso oscurece sus testas.

 Perros y borrachos amarillean con orines la pasta brumosa de las banquetas.

Montreal tiene el color de las monedas.

—¿Cómo se hace el ceviche? —Eve Langet continúa en el supermercado.

No suelta la red con limones amarillos.

—Busca el cilantro… Yo tengo las cebollas y dos chiles morrón…

—Nada de picante, ¿eh?

Rio.

Entiendo su postura.

En el canastón rojo yace un kilo de carne de salmón, sin huesos y un paquete de galletas saladas.

La botella de vino blanco proviene de los viñedos de Chile.

Las botas pesan y el gorro de lana genera sudoraciones de mujer encinta.

Tiempo de perros.

Es sábado.

La ciudad, paralizada.

Los viernes son de desmadre.

Hay gente que duerme. No toda, aclaro. La otra, aquella que no labora en el gobierno, está obligada a trabajar con cefalea insistente y aspirinas en el estómago.

—¿Que otra cosa necesitamos? —Eve no oculta su emoción.

—Tres jitomates… eso es todo… Tenemos el cilantro, las cebollas, los limones y el chile morrón…

Eve es de Quebec y trabaja de modelo en una tienda de ropa. Modela ropa interior y es receptiva en aceptar invitaciones.

Su abuelo viajó a Madrid y habla un castellano masticado. Su andar, sorprende; casi vuela.

Es alta, de piernas delgadas y caderas de canastón.

—Me conmueves… pensé que solo los rusos comían carne cruda cocida con limón…

—No —digo—, también en Acapulco se come carne de pescado cocida con limón… le llaman ceviche… Hoy en la noche, lo pruebas…

Montreal huele a yerba podrida.

El frio quema los sueños.

El cansancio cala.

El tiempo anda inmisericorde. Trasiega el movimiento.

 Todo resuena en francés, hasta las pisadas.

Montreal no es anglosajón. Ha construido su propia cultura en rebeldía.

Conmueve.

Los ingleses y estadounidenses no tienen la primacía lingüística, tampoco gobiernan.

Actúan como salmones: nadan a contracorriente.

Algo incomprensible. Los salmónidos huyen de la mar y trepan por las aguas revueltas para desovar en la cima.

Una barrabasada de la naturaleza.

Eve tiene los ojos de muñeca rusa y piel de porcelana.

Es de Gaspe: ciudad marítima, de sucia y helada arena.

Besa al golfo de Lawrence, en aguas del mar Atlántico y frente a la isla de Nuwfoundland. Sus habitantes comen, en cantidades abundantes, camarones, cangrejos y langostas rosadas.

 Tierra de pescadores e iglesias.

—¿Sabes que el encargado de la tienda me pidió en matrimonio? —dice Eve y me observa con detenimiento—. Es un hombre de fe… Divorciado y tiene cuatro hijos, pero todos son adultos y trabajan. Su ex esposa se volvió a casar y es feliz…

—Estás en tu derecho  —asiento—, tienes treinta y siete años y eres una mujer hermosa, bien plantada…

Mezclamos palabras en francés y castellano.

Nuestras pisadas quedan en resguardo. Nadie las cuida o mide.

No hay marcha atrás.

Nuestra amistad es sincera. Nos conocimos en la escuela de francesación.

El encuentro fue casual.

Un resfriado nos acercó. Eve sustituyó por un día a su mejor amiga, maestra del Centro de Educación para Adultos.

Le sorprende mi nombre.

Eve, ella; yo, Evelio…

En francés la E es O. Por lo tanto la llaman, Evo.

El trozo de salmón terminó fragmentado en la tabla de cocina. Y ahora reposa en el culo de la olla, bajo una nata de limón.

Durante tres o cuatro horas quedará bajo el fuego acido del cítrico.

Después, en ipso facto, picaré las verduras que nadarán en el mismo jugo de limón.

Mientras el ceviche está en proceso de cocción, bebemos vino y escuchamos rolas de Joaquín Sabinas y Willie Lamothe.

Una de las composiciones del cantautor quebequés, J’ai donné mon amour, ma jeunesse, evoca tiempos idos, entrañables.

Somos una especie de suicidas solitarios, reos de la necesidad y el morbo.

Ni ella ni yo nos enteramos de lo que ocurre en México o Quebec, menos en Canadá.

En Facebook, la información es infinita e imparable.

Una realidad virtual ajena a nuestro ritmo cotidiano.

El asunto toma otro cariz.

Un calor interior asa las entrañas.

 El salmón hará su parte. Ansiosos aguardamos el momento para probarlo. Será dúctil en nuestras lenguas.

La taza se desborda de vino blanco, al igual que el cerebro.

Los canturreos no cesan, como navajazos. Trastocan la cordura.

Todo se oscurece.

Craso error.

En ese instante mísero y estúpido, por un olvido involuntario, el horizonte de la isla se cubrió con cuajarones de sangre.

La tarde optó por huir.

Y el mundo de Vulcano valió madres.

Terminé dormido y con el reproductor de Cidis a todo lo que da…

Seguramente, Eve, Joaquín y Willie hicieron un ménage à trois…

Cabrones…

Y el pinche salmón, en verdad, prefirió irse al infierno que al estómago…

Desapareció del refrigerador…

HEMEROTECA: telerevnov2019

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