CONFESIÓN

goteo portadaTienes que confesarlo.

La edad ha perdido su substancia al dormir. No es posible reinventarte en la pesadilla.

Nunca te verás viejo, como tal, sino robusto, vital y caminando o hablando con quien dormiste y amaste.

No lagrimees que me recuerdas al Duke, el viejo perro de orejas de perchero que siempre te recibía echado, con los ojos de miserable.

En el fogón eléctrico, el puchero hierve. Suelta sus picantes esencias de cocina indiana.

Tienes hambre y bebes cerveza Budweiser.

El muro del periódico español continúa en la pantalla del ordenador.

Aburre el verte ahí, en el mismo encierro de cuatro paredes y con un ventanal polvoso: comedero de arácnidos y llanura de cucarachas.

Inusual y acabado. Te lo han repetido en el bar del chino Yin.

Eres un costal de pelos blancos y huesos encobijados con un pellejo blanquecino.

El vecino llegó cargado de botellas de ron Havana y un florero de menta.

Te evita.

Durante el último encuentro le dijiste que se metiera por el culo los compact disc de Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez y Pablo Milanes.

La razón: cuando se emborracha invade el edificio de aullidos y requintos de esos pervertidos y anarquistas.

Si Mao viviera los enviaría a una escuela-fábrica para proletarizarse.

En el sueño de anoche, como siempre, seguías trepado en el tráiler, rezando un rosario y aguardando la bendición de tu madre, tan piadosa y enamorada del cura que te bautizó.

Después, te revelarían en la caseta de acceso a Quebec que en dos semanas celebrarías tus sesenta y cuatro años de vida.

—Mi amor —canturreó Anais y lo hizo para incomodarte—, te tengo una sorpresa cuando vengas… No cualquiera cumple sesenta y cuatro y es tan cumplidor en la cama…

Ella sabe que te atascas de alcohol, antes de ir a su guarida para embadurnarla de cremas.

Mientras le pones empeño al asunto, Anais disfruta del televisor y bosteza.

Y como escribí al principio, tienes que reconocerlo.

Lolo Caballero repite la misma canción de Milanes y Rodríguez: Yolanda o Te amo.

Y el desgraciado, metido en su locura etílica, sale al jardín y mea tus lechugas y rábanos.

Es mejor irte a la cama y disfrazarte de leñador.

Hasta añoras trasladarte al mundo de Donald Trump, el de la suástica anglosajona y el paciente fiel de Twitter, su psiquiatra vengador.

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