LA PALMILLA

portsoynorma212

Cada hijo tiene su propia vereda. Imposible invadirla.

Consuelo fue la primera que decidió apartarse; fundirse con la persona que amaba.

Yo nada podía hacer por ser una sobreviviente de Chile. Nos distanciaría su nueva realidad emocional.

 Tambien sus hermanos tuvieron que adaptarse, aceptar que en nuestra casa prevalecían dos criterios de autoridad: el del padre y la madre.

El país era una yesca en 1969.

Los ricos, pobres y miserables —inoculados de encono—, intentaban destruirse entre sí, manipulados por la radio y algunos periódicos,

 La masa quería comida, casa y trabajo.

El Partido Socialista, en alianza con el Partido Comunista, inyectaba una verdad proverbial:

Después del triunfo de la revolución cubana o la instalación de la asamblea popular boliviana, el Paraíso de la felicidad estaba al alcance de nuestras manos. 

El poder del proletariado organizado doblegaría a una burguesía parasitaria. Nos convertiríamos en los propietarios y administradores de la riqueza nacional.

Triste paga: muerte, cárcel, tortura o exilio…

Salvador Allende aró y sembró esa semilla de esperanza. Lo escuchábamos por la radio o leíamos en volantes, muros y periódicos marginales.

La igualdad, a la usanza cristiana, era posible si el 4 de septiembre de 1970 derrotábamos en las urnas a los dos contrincantes de una derecha depredadora, corporativa y enemiga de los chilenos pobres: Jorge Alessandri Rodríguez, del Partido Nacional, y Radomiro Tomic Romero, del Partido Demócrata Cristiano.

Era un año difícil, de duro trabajo, por las constantes ausencias de Manuel Ernesto.

Mis hijos necesitaban comer y un techo de amor. No podía desampararlos o demostrarles debilidad.

Me convertí ante sus ojos en una guerrera sobreprotectora y exigente.

Las calles de Villa Alemana empezaron a tener un nuevo sentido. Ya no eran los espacios públicos para jugar, sino de trabajo.

Tengo muy presentes las imágenes de Centia, Víctor Hugo y Futuario, intentado vender, en una charola plástica, trozos de fruta dulce.

Día a día, inyectados de amor y generosidad, aportaban su dinero sin esperar cuestionamientos o halagos.

Eran conscientes que su esfuerzo significaba mucho para la familia: obtener un plato de comida en la mesa o que mis otros hijos —sus hermanos—, no tuvieran hambre o aliviaran sus enfermedades.

Ahora me doy cuenta de lo difícil que era sacar adelante el modesto negocio.

Yo madrugaba y abordaba el microbús para ir de compras a Valparaíso.

En el mercado de la avenida Independencia me abastecía de chirimoyas, manzanas, naranjas, mandarinas, ciruelas, bananos, melones, papayas, sandias… Todo aquello que demandaban los chamacos del Centro Escolar y nuestros vecinos.

Me alejé de los chismes políticos e intenté aprovechar las oportunidades que me ofrecía como pobre el sistema político. Era denigrante, pero lo hice por amor a mis hijos.

Desconocía que Manuel Ernesto, a pesar de ser desobligado con su familia, luchaba, como yo, en sembrar esperanza de iguales en un país de desiguales. Su espíritu aventurero, de socialista o hijo único, algo debió aportar en la campaña preelectoral del médico cirujano, Salvador Allende.

El escritor de Los Miserables, Víctor Hugo, demostró que el atormentado ex presidiario Jean Valjean podría acumular fortuna sin perder su amor al prójimo.

Es posible que mi esposo, al que dejé de amar por no atender a su familia, luchara en la clandestinidad a favor del pobre.

Es posible.

Sin embargo, como madre lo necesitaba. Sin duda, también sus hijos.

Dejamos de amarnos, pero Manuel Ernesto no perdió su  respeto al clan.

Y hasta su muerte fue aceptado y amado como padre.

Mis hijos tienen buen corazón y lo evocan con afecto. Nunca aprendieron a odiarlo.

Si lo cuestioné con dureza fue para hacer su parte y asi no morirnos de hambre. Poca plata recibiamos de sus manos.

Mis constantes quejas intentaron inyectarles fortaleza a mis hijos.

Jamás me vieron débil o inútil.

Ellos fueron un aliciente de vida.  Yo, antes de ser madre, no tuve asidero de sangre y menos respeto.

Los Shaw y vecinos lo sabían.

Me reconstruí sin afecto familiar.

Manuel Ernesto sembró en mi vientre lo que ahora tengo: hijas e hijos: mis bendiciones.

Hay un hecho que me emocionó en ese año de esperanza: obtener un terreno con una casa de madera, sin energía eléctrica.

El presidente Eduardo Frei y el clero católico, sensibles a nuestra pobreza, decidieron poner en marcha una especie de reforma agraria. Intentar demostrar que no solo los comunistas tenían el derecho de repartir parcelas o chabolas.

Ahí estaba su ascendencia de poder.

Un promotor del gobierno —meloso, copetón y corpulento—, se acercó a la casa y nos dijo que en la parte oriente de Villa Alemana era posible obtener un lote.

—-¿Y cuánta plata hay que dar? —pregunté.

—Nada, señora… solo hay que estar ahí y asistir a las asambleas de vecinos…

El lote con la chabola se encontraba en La Palmilla, a veinte minutos de mi casa.

El asentamiento era un páramo algo pelón, salpicado de yerbas y con una acequia que la alimentaba de agua.

No tenía energía eléctrica y las construcciones eran de madera y lamina de zinc.

Me alegré al recibirla de manos del burócrata, ante una veintena de vecinos, tan amolados como yo y mis hijos. Tuvimos que soplarnos una larga perorata patriotera del burócrata. Al final, en fila india, firmamos los papeles que nos convertirían en los futuros moradores de La Palmilla.

Por el momento, mis hijos y yo seguiríamos en la calle Williamson.

El negocio lo demandaba.

En las elecciones parlamentarias del domingo 2 de marzo de 1969, la Unidad Popular que encabezaba el senador Salvador Allende, obtuvo el cuarenta y cuatro por ciento de los votos. Destronó en el Congreso a los partidos Demócrata Cristiano y al Nacional (creado en 1966 con la alianza de conservadores y nacionalistas).

Un año después, la izquierda llegó al Palacio de la Moneda, sin imaginar que los chilenos que apoyamos ese milagro político, nos convertiríamos en rehenes del terror, dolor y hambre.

HEMEROTECA: Chile, el golpe y los gringos – Gabriel Garcia Marquez

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