ANGUSTIA

los hijos10

Octave, en sus tiempos libres, atendía mesas en el restaurante de su madre.

Los clientes, afines a la militancia ideológica de la familia, siempre acudían para enterarse de los asuntos de la Legión. No ocultaban su admiración al Duce y el fascismo italiano.

Octave aclaraba dudas, escuchaba propuestas y nunca confrontaba.

Era cauto.

Las jovencitas bebían café para invitarlo a salir.

El restaurante de Mabelle permitía esos deslices pequeñoburgueses, de fascista militante: tener sexo sin amarres legales o religiosos.

Octave rechazaba a las mujeres negras, asiáticas e hispanas.

Le asqueaban.

Cuando alguna joven no blanca entraba al restaurante, tal vez por ignorancia, dos policías blancos y rubios se internaban con mirada escudriñadora. La abordaban en la mesa y le exigían una identificación. Pretextaban buscar a una delincuente parecida a ella.

 O presentaban retratos hablados y boletines de búsqueda.

Y los uniformados lograban su propósito: las jóvenes jamás regresaban al restaurante.

Pierril fue el de la idea.

Durante la inauguración del restaurante, asistieron clientes de piel no blanca. La publicidad atrajo a  parejas afrocanadienses e hispanoscanadienses.

En ese momento, la familia no las rechazó.

Un mes después, los no blancos y antifascistas recibieron correos electrónicos. Les informaban que los propietarios del restaurante La Rachele tenían problemas con la policía.

Los accionistas formaban parte de la mafia italiana.

Evítense problemas, porque usted puede ser un testigo de cargo, les advertían.

La idea funcionó.

Y dejaron de asistir al negocio los paisanos de Benito Juárez, Mao Tse Tung y Nelson Mandela.

—Tenemos que crear cabezas de playa para perpetuar nuestro derecho de vivir en paz… —sentenció Pierril.

—¿Por qué en Lasalle y Cote Des Neiges la mayoría de los restauranteros italianos no les cierran sus puertas? —cuestionó Octave.

—Ellos son los originales dueños de Quebec, hijo. Aquí nacieron ellos, sus padres y abuelos.  Y poco a poco vas a entenderlo. Nosotros desatendimos el negocio del poder y con nuestro dinero les dimos periódicos y fusiles para buscar su independencia… No les exigimos nada a cambio y nos llenaron de indeseables, con el pretexto del asilo político… Pagamos nuestros errores…

Mabelle no quiso intervenir y revelar que su padre fue secuestrado por un hermano de Adelpho Bonneto.

 La familia veía en el televisor el séptimo capítulo de una vieja serie: Alfred Hitchcock Presenta.

Y fue el detonante para recordar al abuelo materno.

El secuestro de Julien Doyle, de sangre italiana, ocurrió en 1955, cuando Mabelle aun no nacía. Durante dos semanas su padre permaneció atado en una banca metálica.

Y ahora, como entonces, en la habitación de su claustro y ante sus ojos, la trágica historia transcurrió sin cortes.

Breakdown, se intitulaba el capítulo. Lo protagonizaba Joseph Cotten, un actor recordado por su participación en las películas Ciudadano Kane y Niágara.

El teledrama tenía propósitos semejantes: Julien Doyle estaba bajo permanente vigilancia de dos matones y con un collarín apretándole el cuello. Como lo experimentaría Cotten en un automovil chocado, antes de ser metido en una ambulancia y quedar, aun con vida, en la morgue.

Durante el trayecto de regreso a Nueva York, el automóvil descapotable, conducido por Cotten, en su papel de contador público, se impacta con una máquina retroexcavadora.

Y en una acción parecida, Doyle impactó su camioneta en un poste al intentar evadir a sus captores.

En el accidente, Cotten atropella y mata a dos celadores y circunstancialmente libera a cinco reclusos que trabajan en la reparación de un camino de terracería. Dos son afroestadounidenses.

Años después del secuestro, por denunciar en un periódico a la mafia, Doyle narraría cómo el largo monólogo de Cotten, en su calidad de parapléjico, era semejante al experimentado por él durante su cautiverio.

¿Te das cuenta? —repetía en voz alta ante su hija—, no tienes salida en esos difíciles momentos. Estas paralizado por el miedo de morir. Estás consciente que una lágrima no conmovería a don Adelpho para salir del embrollo… Ni la magia argumental de Hitchcock… En mi caso, simplemente defendí mi verdad y asumí las consecuencias…

Y Doyle, dijo, pudo escuchar su propia risa de demente.

Don Adelpho detuvo la ejecución al comprobar que Doyle admiraba a Benito Mussolini. Lo recordaron toda una noche mientras cenaban espaguetis con albóndigas y bebían cerveza.

Octave aprendió, por boca de Mabelle, que era mejor guardar silencio mientras no tuviera un dominio absoluto de las ideas.

La familia seguía atada al resentimiento racial, poco discernido.

Resentimiento heredado.

—Tu abuelo quedó libre sin dar muestras de debilidad. Es la lección que aprendimos. Ahora estamos convencidos que los herederos de Mussolini somos los verdaderos guías morales de Quebec… Nuestro rechazo a las ideas comunistas y de pureza racial, acrecientan al país… Vale la pena nuestro sacrificio.

Julien Doyle, después de su liberación, no dejó de escribir y denunciar. Y don Adelpho avaló sus ideas.

Su resentimiento racial merecía ser ley.

Y logró tener seguidores.

Después de su muerte, familiares y amigos preservaron parte de su legado en la Legión.

Y sin ánimo de contradecir, los Gallipeau honraron su memoria.

HEMEROTECA: pro45

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