APUNTE FRUSTRADO

polvos ajenosLa espalda me lacera. Son cerca de las siete de la noche y tengo hambre.

Regreso del vivero de flores, de una familia menonita.

Llevo diez días enganchado en esta aventura.

No es nada agradable ser jornalero.

La necesidad de sobrevivir me obliga a someterme a un trabajo extenuante ajeno a mi vocación de pintor.

El asunto de Nereida me ha sumido en una permanente reflexión de vida.

Impacta entender que estoy ante una mujer fuera de borda. Sus hábitos sexuales la han predestinado a no diferenciar sexualidad y sentimiento.

Difícil entender esa encrucijada, es una realidad inexplicable.

Ya se enganchó en una doble relación emocional.

Nereida tiene la posibilidad de obtener ocho mil dólares en diez meses. De paso, invertir en esa nueva aventura de negocios.

Se trata del jornalero mexicano, Luigui Torres, de Coahuila, al que conoció en el bar El Paradise Antillano.

Le calienta mucho saberse deseada.

En menos de una semana convirtió a Luigui en un manuelero irremediable.

El pobre tipo se masturba con sólo escuchar su voz por teléfono.

Estuve presente en una de esas sesiones. Nereida se molestó. En el fondo, su parte instintiva quiso autentificar la relación y hacerse copartícipe del simple placer carnal que conlleva a territorios desconocidos.

La carne es la carne, recita.

Terminamos apareados y materializando nuestras fantasías. Tuvo ganas de reproducir algunas estampas literarias del marqués de Sade.

Luigui le dijo que estaba dispuesto a hacerle lo mismo, si tenía la oportunidad de tenerla en su cama.

Indiscutiblemente el asunto del cuadro que pinto está por concluir. Temo no colocarlo en el mercado.

Nereida me tiene domesticado y acepto su dualidad sexual-emocional.

Lo cognoscitivo bajo el sometimiento de la sin razón.

No puedo negar que es excepcional en la cama. Los orgasmos son únicos.

Es una máquina sexual incontrolable. Goza con honestidad las embestidas. No llega a diferenciar, en esos momentos sublimes, un mandoble de otro. Solo se entrega y alcanza los orgasmos deseados.

Aún así, ha sabido delimitar sus sentimientos amorosos.

Tiene clara su motivación de pareja y la cuida.  En Nereida hay protección, amistad gratificante y complicidad intelectual.

Es pulcra, atractiva y guerrera.

Avanzo, no me estanco.

El problema empieza cuando entro al terreno de su sexualidad.

Eros se universaliza.

Tengo que estar preparado para entender que es un animal sexual. Por lo tanto, la altera la presencia del falo y el dinero.

En estos momentos tiene la oportunidad de allegarse de ocho mil dólares y comprar una camioneta.

Quiere regresar en ella a Nueva York.

Luigui está dispuesto a financiarla con doscientos dólares semanales.

En cuatro o cinco ocasiones fornicaron. Luigui recibió todos los privilegios sexuales que Nereida le entrega a sus parejas circunstanciales.

Nada esconde.

La relación en la cama es plena. Es parte de los misterios de nuestra convivencia.

Mientras escribo tengo dolencia de dedos y espalda. Hoy planté rosales y alimenté de tierra y vasijas a otros jornaleros. Tuve cortaduras en las manos, principalmente bajo las uñas, negras y laceradas.

¿Qué es la hombría?

Ahí empieza mi dilema.

Nereida libera sus deseos sexuales. Llega al clímax con autenticidad.

No se complica la existencia.

Es ajena a ciertos patrones de conducta condicionados por la familia y una sociedad mojigata.

Tengo que ser una especie de varón domado e invertir los papeles tradicionales de la relación hombre-mujer o, mejor dicho, esposo-esposa.

Con Nereida se debe tener en casa a una prostituta, una dama y una camarada.

Tres en una.

¿Pierdo dignidad si acepto sus códigos de convivencia?

Nereida es muy clara al insistir que me ama. En nada cambiaría el hecho de tener que intimidar con otro hombre.

El propósito es económico. A la vez, un orgasmo garantizado, porque le excita comprobar que Luigui es su hechura sexual. El encuentro está garantizado. Será sumamente placentero.

No significa que ha dejado de amarme, está claro.

Nereida trata de imponerme su criterio.

Y aclara que, de imitarla (tener relaciones sexuales con otra mujer), nuestra relación no sufriría fractura.

Exige honestidad y confianza.

Lo hace siempre: el decirme a detalle su actividad sexual. Jamás niega que el falo tiene una gran preeminencia en su comportamiento e instinto.

Entro ahí al embrollo de las complicidades y me caliento.

En esos instantes, poco o nada me diferencia de sus amantes circunstanciales.

Gozo de los mismos beneficios y recibo un trato preferencial, sin ser el primero.

Y aclaro, hablo del asunto de la carne, no del razonamiento.

Cuando intimidamos quedo atrapado en un cuarto de espejos.

Tardo varios minutos en reconocerme.

Soy una sucesión de rostros, recuerdos y sensaciones.

Dejo de ser yo y asumo mi papel de amante privilegiado.

Cuando dimensiono lo ocurrido, Nereida vuelve a tener el control de mis actos. Es la compañera ideal, la jugadora de ajedrez, la artista, la madre y tía, la recibidora de mi esfuerzo de jornalero.

Es paciente y realista e intenta sujetar un sueño de libertad, a través de lo que escucho y respondo.

Incuestionables sus actos. Es una mujer experimentada, no una adolescente en proceso de mejoría.

La civilidad es asunto de tutores y temores.

Nereida dejó la adolescencia hace muchos años.

En estos momentos construye el lecho de su descanso merecido.

Es mejor navegar en su barcaza y dejar que su paraíso, tan común y ruidoso los fines de semana, sea el refractario de los deseos compartidos o la salvedad de sus perdones.

Ahora es Luigui.

En el futuro, si las circunstancias así se presentaran, será un nuevo personaje, tan original y comprometido, como los otros que durante diez o veinte años, más o menos, tuvieron el privilegio de ser devorados por el caldero de sus entrañas y el embrujo de su belleza.

Vancouver me devolvió mi esencia de hombre de trabajo. Lo hago con gusto, aunque tenga laceradas las manos y la espalda.

Estoy en contacto con perros de presa, miles de flores y  unos jornaleros tan desgraciados y productivos como yo.

Me complace.

Madrugo y desayuno, trago vitaminas, café negro y observo absorto el rostro desmaquillado, febril, de la mujer que sueña con serpientes y falos.

Nereida supone que trunqué su tranquilidad al revelarle que su apego al orgasmo embruja y apendeja a los hombres.

En estos momentos Nereida está en sus clases de inglés. Seguramente ya recibió llamadas telefónicas de Luigui y lo tranquilizó. El jornalero de Coahuila está contaminando de pasión. Su mal de amores lo tiene en el precipicio de la locura. Nada importa en estos momentos, ni su propia familia que radica en México.

Nereida baila los viernes y domingos, en el bar del jamaiquino. Es una stripper popular y deseada.

Nereida sigue sus impulsos y socializa. Nada le altera. Y así finca su felicidad y fortuna.

Sabe vivir.

¿Qué es la hombría?

¿La dignidad de la razón se basa en la fidelidad compartida con nuestra pareja de vida?

¿El silencio del instinto es mucho más provechoso o placentero que el silencio de las ideas?

¿La infidelidad sistemática de Amada es motivo de renuncia o resentimiento?

Una verdad absoluta: estoy doblegado por su sexualidad.

En una ocasión contratados a una prostituta en una habitación de hotel, en San Francisco. Los tres compartimos besos, caricias y cogidas… Nos internarnos en el infierno de la sexualidad extrema.

Nereida marca la pauta… Es quien tiene la belleza física y la pureza del instinto sexual para experimentar y gozar.

El hecho debe ser meditado y catapultado, dentro del propósito de una novela erótica.

¿Realmente me traicionará con Luigui?

Luigui le dice chiquita.

Y para mí, es, mi amor.

Nereida lo aceptó como amante, bajo mi consentimiento.

 Me he convertido en el afrodisíaco perfecto de los posesos de la sexualidad de mi mujer.

El comentario en San Francisco logró materializarse.

Si algo calienta a los hombres es saber que sanchan a los maridos.

Y así se manejaría nuestra futura relación para obtener privilegios materiales.

En Vancouver, quien lo creyera, terminé de marido cornudo y amante privilegiado.

No debo trastocar la sexualidad de Nereida.

Se corre el riesgo de enfriar nuestra relación que debe ir más allá de una convivencia marital.

El epilogo de la historia se circunscribe al momento en que Violeta, su sobrina, está desnuda, de espaldas, temblando de deseo y aguardando el instante de sentir mi lengua sobre sus nalgas. Las he mordido previamente y la habitación huele a almendras.

Le meto la mano derecha entre las piernas y le embarro aceite de oliva antes de embestirla.

Estoy a punto de venirme.

En esos momentos me siento liberado de cualquier convencionalismo burgués.

La sexualidad toma su esencia  instintiva, sin compuertas.

 Me hace feliz.

Esa misma noche lo pensé. Le haré lo mismo a su tía y contaré a detalle lo ocurrido.

Entonces la novela erótica concluye: es la pintura perfecta para una recámara burguesa.

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