SOLO

fieero11

Primera noche, solo.

Durante el día, Nelson y su madre llenaron los velices de ropa y calzado. Jeanne me confirmó que  utilizarían el transporte público para llegar a la terminal de Megabus. Me opuse. Yo pagaría un taxi.

De acuerdo a la hora de salida (cuatro y media de la tarde), llegarían a Toronto entre las diez y once de la noche.

Jeanne es mi nuera y Nelson, mi nieto. Es admirable como superó la muerte de Lorenzo, mi hijo.

Hace dos meses, el jueves doce de septiembre, recibí una carta de Service Canadá. Me recordaron que el próximo año cumpliría sesenta y cinco años. Por esa razón, tendría que llenar una solicitud para obtener mi pensión.

Se lo hice saber a Nelson.

—Quisiera quedarme unos meses más, abuelo —me dijo—, pero tú sabes que mi madre me necesita…

No cuestioné su decisión. Tenía la suficiente edad —dieciocho años— para hacer lo correcto.

Desde el accidente de su padre, su vida emocional se hizo añicos. Ofrecí darle hospedaje, mientras superaba sus diferencias con Jeanne.

Nelson es un muchacho rudo y atlético (por su apego al gimnasio) y temperamental. Poca afinidad tuvo con Lorenzo. Peleaban mucho desde que entró a la edad de la pubertad.

Ni Jeanne pudo controlar sus arranques de cólera o sus continuos escapes nocturnos con los amigos. Uno, dealer y compañero de high school (Larry Callahan), lo introdujo al consumo de la marihuana y vodka.

El duelo afectó su comportamiento. La droga y el alcohol le provocaron depresión y un sentimiento suicida. Jeanne me reveló que Nelson se había cortado un antebrazo e intentó arrojarse a las vías del tren subterráneo.

Una terapista de la high school intervino y le solicitó apoyo a un centro de atención a jóvenes con adicciones.

Y es ahí donde yo intervine.

Hablé con mi nieto y le ofrecí mi departamento como retiro.

En Montreal podría continuar sus estudios.

—Todo cambio —le dije por videochat— nos ayuda a reflexionar y reencontrar la la paz interior…

—Gracias, abuelo, lo tomaré en cuenta…

Un mes después, fui a recogerlo a la terminal de Megabus. Estaba irreconocible por falta de aseo y peluquero. El color de su piel evidenciaba la carencia de nutrientes.

Eso ocurrió hace tres años, un 18 de agosto.

En los casi treinta y nueve meses que permaneció a mi lado, sobrellevamos con diplomacia nuestros diferencias de edad. Intenté no meterme en sus asuntos personales. Las únicas reglas que le impuse, a sus quince años, fue no abandonar la escuela y regresar al departamento a las seis de la tarde.

Sus clases eran diurnas, de ocho a tres de la tarde.

Yo preparaba los alimentos y le ponía orden a nuestros espacios de convivencia. Él iba una vez por semana a la lavandería y hacia algunas compras en el supermercado.

En Canadá, los niños y adolescentes (de seis a diecisiete años) reciben una beca del gobierno. Por ser su tutor, me depositaban en mi cuenta bancaria cuatrocientos dólares por mes.

 Me alegré confirmar que Jeanne recuperaría a su único hijo. Ambos se necesitaban. Mi nuera logró superar sus problemas de salud, producto de la depresión y descuido alimenticio. Trabajaba en una compañía de limpieza y en algunas ocasiones, de mesera en un restaurante turco. Es bonita, espigada y de ojos oblicuos, negros y alegres. Sus delicados rasgos confirmaban su ascendencia gala. Es hija de padres quebequés, nacida en Toronto.

Lorenzo la conoció en la universidad de York, donde estudiaban en la facultad de las bellas artes (faculty of Fine Arts).

Mi hijo me siguió a Canadá cuando me separé de su madre. Tenía catorce años. Sus dos hermanas, Elba y Rosa, prefirieron permanecer en Pachuca.

Lorenzo la pasó duras a mi lado y sin ninguna queja.

Mientras enfrenté el juicio migratorio —como solicitante de refugio político—, trabajé en una granja agrícola de Leamington. No quise recibir la ayuda económica del gobierno. Necesitaba ganar el suficiente dinero para cubrir nuestros gastos. Enviaba, además, cuatrocientos dólares mensuales para el sustento de mis hijas.

Lorenzo, por ser menor de edad, trabajó de ayudante de cocina en un restaurante griego. Nunca descuidó sus estudios.

Todos estos recuerdos se acumulan, mientras observo el televisor desde la cama.

Durante el desayuno, Jeanne y Nelson planearon sus próximas actividades en Toronto.

 Los tres nos encontrábamos en la cocina, donde doré unos tacos de papa con queso y cebolla. Una noche antes, el viernes, preparé un pozole de carne de cerdo para la cena. Lo mismo desayunamos el sábado.

La nieve tiene blanqueada a la ciudad. Y según el servicio meteorológico la temperatura es inferior a los cuatro grados.

—El conserje quiere que trabajes con él —le informó Jeanne a su hijo, en tono animado—. Contrata trabajadores hispanos que no hablan inglés y necesita que le traduzcas sus órdenes… Y te pagará las clases de manejo para que te encargues de llevar a su gente a los lugares donde deben hacer limpieza.

Mi hijo le enseñó castellano a Jeanne y tuvo el cuidado de hacer lo mismo con Nelson. Durante su estancia en Montreal, siempre nos comunicamos en mi lengua materna. Mi nieto ahora domina tres idiomas: inglés, castellano y francés.

Nelson tiene planes de ingresar a la universidad y estudiar arquitectura o bellas artes, como su padre.

No quise acompañarlos a la terminal de Megabus. Nos despedimos con un cálido abrazo en la puerta del edificio. Los vi meter las maletas en la cajuela.

Y antes de abordar el taxi, levantaron una mano para decirme adiós.

(Dibujo de portada: @a_l_v_o_d_k_a-Alb Pineda)

VIDEOTECA:

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