PELAPOLLOS

portsoynorma213

1970 fue un año relevante para Norma Luisa. No por su significado político —el triunfo electoral de Allende—, sino por cerrar su frutería y trabajar como pelapollos en un galpón semiclandestino.

La escases de dinero enfrió su vida conyugal.

Manuel Ernesto logró sortear ese trago amargo ausentándose largas temporadas de Villa Alemana.

—¿Por qué ya no podemos vender más fruta, mamá? —cuestionó Víctor Hugo, antes de irse a la cama.

—Porque el güevón de tu padre se la pasó regalándola entre la gente que no tiene para comer…

—¿Y eso es malo?

—No, pero es candil de la calle y oscuridad de su casa… Él sabe que necesitamos el dinero…

Los reclamos trascendieron.

Manuel Ernesto solo respondía:

—Oye vos, esa gente lo necesita y no me puedo negar cuando me piden ayuda…

—Entonces vos regala lo tuyo, pero no le quites la comida a mis hijos, güevón… —recriminaba Norma Luisa.

1970 tambien fue un año de ausencias.

Después de la partida de Consuelo, siguió Víctor Hugo.

El niño tuvo que emigrar a Valparaíso para continuar sus estudios en el liceo. Su abuela paterna se encargaría de alimentarlo y cubrir los gastos académicos.

Centia, Futuario, Cleyda, Alex y Tubal seguirían bajo el cuidado de su madre.

Doña María, enterada de la situación económica de la familia, buscó a Norma Luisa. Le informó sobre la apertura de una pollería en Villa Alemana, cerca de su casa.

—Un gringo o alemán —dijo— anda contratando mujeres para trabajar en el negocio —y le aclaró la madrota—: No es legal, pero la paga es buena.

—¿Y por qué no es legal?

—No quiere pagar impuestos, pucha. Vos sabés cómo son los extranjeros y prefiere ser clandestino…

En tres meses tendrían lugar las elecciones presidenciales. Rudy Brander, de origen alemán, aprovechó esa circunstancia para abrir el negocio a una cuadra del Centro Escolar, en la calle Patricio Lynch.

El mismo fin de semana, Norma Luisa lo buscó en la pollería. Fue recibida sin demora al ir recomendada por la madrota.

Rudy era un hombre cincuentón, rubio, huesudo y de pellejo colorado, como pulpa de sandía. Miraba con mucho detenimiento. El azul brillante de sus ojos evidenciaba sagacidad y desconfianza.

Lo primero que pidió fue que buscara, al fondo del galpón, una cubeta de peltre, rebosante de agua.

Tras el escritorio observó el andar nervioso de Norma Luisa. En ese instante comprobó que era ágil y fuerte.

Dijo:

—Yo pago por pollo desplumado y le garantizo que no deja su semana por menos de trescientos pesos…

—¿Y cada cuando recibiré mi plata?

—Los viernes, señora… Soy buena paga, cuando la empleada hace bien su trabajo…

La jornada se iniciaría a las nueve de la mañana y concluiría a las siete de la noche.

No solo pelaría pollos, antes tendría que sacrificarlos, meterlos en peroles de agua hirviendo y al final les cortaría la cabeza y las patas.

El trabajo lo realizaban otras doce mujeres, de acuerdo a la demanda del producto.

El embrollo preelectoral permitió que aquel negocio clandestino pasara desapercibido para el Ministerio de Hacienda.

Norma Luisa descubriría que el alemán contaba con la complicidad de las autoridades comunales, principalmente del jefe de la policía.

El viejo Rudy nunca fue molestado. Por el contrario, abastecía al ayuntamiento de pollos en todos sus festejos que organizaba: religiosos, cívicos o políticos. Los carabineros iban al local a recoger las cajas repletas de cabezas, muslos, huacales y patas de pollo. Nada desaprovechaban.

El lunes 5 de septiembre, al confirmarse el triunfo electoral de Salvador Allende en Villa Alemana, hubo una gran comilona en el Palacio Municipal.

 La mayoría de los ediles, incluyendo el alcalde, eran socialistas.

Cientos de burócratas, seguidores de Frei, cerraron filas con la causa del médico cirujano.

La pela de pollos no paró desde las tres de la tarde del domingo.

En algunas ocasiones, Centia y Futuario acompañaban a su madre en la pollería.

El alemán no protestaba. Los aprovechaba para el pelado de aves. Por ejemplo, tal hecho ocurrió durante el cumpleaños del jefe de la policía.

Un domingo, sus subalternos organizaron una cena para su jefe. Le solicitaron trescientos pollos al alemán.

Salvo Norma Luisa, ninguna de las mujeres quiso trabajar después de la siete de la noche del sábado.

Norma Luisa, con ayuda de Centia y Futuario, pudo resolver el pedido, antes del mediodía del domingo.

Por el titánico esfuerzo, el alemán le pagó seiscientos pesos, lo equivalente a dos semanas de trabajo.

Manuel Ernesto, indiferente a la febril y difícil actividad diaria de su esposa, optó por pasar largas temporadas en los Andes o en la casa de su madre. Prefería aislarse a enfrentar los constantes conflictos conyugales y la falta de dinero.

—Ser socialista —filosofaba ante sus camaradas—, es una tarea revolucionaria que difícilmente puede ser comprendida por tu familia. Primero hay que cambiar el estado de cosas en el país para que después nosotros nos beneficiemos…

Ni lo ocurrido el 8 de julio de 1971, alteró su estado de ánimo frente a la vida.

Ese jueves, los chilenos enfrentaron un terrible sismo que casi destruyó la zona urbana de Villa Alemana y Quilpué.

Parte del local de pollos se derrumbó, pero lograron sobrevivir las trabajadoras y el alemán.

El sismo ocurrió antes de las diez de la mañana. Los muertos se contabilizaron en 47 y los heridos, en 270.

Norma Luisa, aun cubierta de polvo, corrió a su casa para proteger a sus hijos. Le tranquilizó ver de pie la construcción de adobe y en el interior a Manuel Ernesto con sus hijos.

—¿Por qué vos no los sacaste de aquí? —preguntó Norma Luisa sin ocultar sus nervios.

—No pasó nada, deja de echar la chorea que no soy un paco —respondió molesto su marido, aun en la cama y al lado de Centia, Futuario, Cleyda, Alex y Tubal.

En el exterior, no cesaban los llantos y gritos de angustia, el crujir de las paredes y el ulular de las ambulancias.

HEMEROTECA: Las letras del horror Tomo I La DINA – Manuel Salazar

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