LORENZO

fieero12

Segunda noche, solo.

Mi rutina varió. Por primera vez, en tres años, a media noche incursioné en la cocina. Asé un bistec de res y preparé unos chilaquiles verdes.

Durante la estancia de Nelson, el bachelor de una recámara limitó mis movimientos.

En la sala dormía mi nieto y estaba adyacente a la cocina. Evité hacer ruido durante la noche.

Ni siquiera utilizaba el baño para no alterar el sueño de Nelson que madrugaba.

Utilizaba un orinal de peltre durante mis urgencias urinarias.

Jeanne me habló por teléfono. Hizo lo mismo una noche antes para confirmar su arribo a Toronto.  Fue casi a la medianoche.

En está ocasión, su primera pregunta fue:

—¿Durmió mejor, suegro?

Y mi respuesta:

—Lo intenté…

Después, mientras bebía una taza de té verde (o camellia sinensis que significa planta china), escuché su perorata sobre Nelson y su nuevo hábitat.

Me tranquilizaba confirmar que Jeanne tendría un nuevo aliciente de vida: su hijo.

Lorenzo murió a los treinta y siete años de edad. Nelson quedó en la orfandad paterna a los trece años.

El día del accidente, Nelson acompañaba a mi hijo. La lancha donde viajaban fue impactada por una beluga.

Lorenzo se golpeó la cabeza, a pesar de llevar salvavidas.

Tardé varios meses en sobreponer mi pena.  Mi primera decisión fue apartarme del alcohol y hacer ejercicio.

Elba y Rosa estuvieron presentes durante mi duelo. Desgraciadamente no pudieron asistir al funeral e incineración de su hermano.

Por influencia de su madre, rechazaron tramitar una visa de visitante en le embajada canadiense. Verónica lamentó ser la responsable del error.

Recuerdo su duro reproche cuando le pedí que me permitiera tramitar la residencia canadiense de nuestras hijas.

—Me separaste de Nelson, no lo harás con Elba y Rosa  —repeló por teléfono.

La fecha está presente:

Martes 16 de junio. Ese día,  nos juramentamos, Nelson y yo, como ciudadanos canadienses ante la representante de la reina Isabel Segunda.

La ceremonia de la velación de mi hijo la videograbé. Verónica y mis hijas recibieron una copia del video y parte de las cenizas de Lorenzo.

En las aguas del rio Saint-Laurent, frente al pueblo de Longue-Rive, esparcí las cenizas de mi hijo que poseía.

Lorenzo amaba a las ballenas blancas.

En una ocasión me comentó que al morir les pediría a sus hijos que esparcieran sus cenizas en el rio que cruza el territorio quebequés y concluye en los Grandes Lagos de Ontario y Michigan.

Me tocó materializar su deseo, sin la compañía de Nelson y Jeanne. Prefirieron aislarse en London, donde radica la madre de mi nuera.

La tragedia ocurrió hace cinco años y es una llaga abierta.

Me he desembarazado de todo el material grafico y videograbado donde aparece Lorenzo. Se lo entregué a Jeanne.

—Dale el uso que quieras, por favor —pedí al retornar de Longue-Rive y sugerí—. Intenta aislar a Nelson de esto hasta que supere el duelo… Estaba muy unido a su padre, como yo de mi hija. Espero lo comprendas…

—¿Ni una fotografía quiso conservar, suegro?

—Es lo mejor –acoté—, mi hijo está en mi sangre y espíritu y con eso es suficiente…

Juntos enfrentamos infinidad de sucesos. Desde el instante de descender del avión y ponernos en manos de los agentes migratorios.

Durante una semana estuvimos en un centro de retención antes de yo ser aceptado como demandante de refugio político. De ahí nos enviaron a un hotel para migrantes o Refugee Shelter donde permanecimos un par de meses. Lorenzo jamás profirió una queja.

Son latentes las evocaciones de aquellos momentos. Precisamente en el segundo día de la partida de Nelson.

Es molesto.

El haber recuperado mi libre albedrío debería ser motivo de alegría.

La pesada carga de mi descendencia sanguínea jamás permitió asumir mi derecho a ser yo, Justo Fierro Rocha, el hidalguense que trabajó de maestro rural, durante dieciséis años, en una comunidad veracruzana.

Desde el nacimiento de Rosa —precisamente en Zilacatipan—, quedé enganchado en velar por la salud y bienestar de mi familia.

Jeanne quiso saber qué comería en mi segundo día sin la compañía de Nelson.

—Voy a terminarme el pozole y descongelaré un trozo de carne de res…

—No abuse de las carnes rojas, por su próstata…

—No te preocupes, estoy bien… —la tranquilicé—. Hace dos semanas estuve con mi médico familiar y mi salud no está mermada… Lo único que lamento es haber perdido el placer de dormir…

Nelson no ha hecho el intento de intercambiar palabras conmigo.

Y lo entiendo.

Es posible que llegara a su límite en nuestra convivencia. En Montreal estuvo obligado a aprender francés para proseguir sus estudios en la high school.

De paso, en el departamento solo nos comunicábamos en español. No por norma, sino por yo ser ajeno a los idiomas francés e inglés.

Durante el tiempo que permanecí en Leamington, nunca me preocupé en aprender inglés. Lo mismo ocurrió al radicar en Montreal. Siempre trabajé en agroindustrias y empacadoras administradas por hispanos.

Lorenzo intentó convencerme de ingresar a un centro comunitario de Leamington donde impartían clases gratuitas de inglés.

—No necesitas trabajar tanto, papá —insistía—. Si aprendes inglés puedes conseguir un mejor empleo y obtener un poco mas de dinero…

—Ya habrá tiempo, hijo… Ya habrá tiempo… —contestaba con los huesos molidos por la dura jornada en la agroindustria.

Nunca lo tuve.

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