BARBACHANO

 

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Tercera noche, ausente.

Barbachano me buscó al enterarse de la partida de Nelson. Es un ex compañero de trabajo. Enclenque, fumador obsesivo y de escasas palabras. Cuando abre la boca es para refutar. Nunca es propositivo.

—Es lo mejor que pudo pasarte, Fierro –dijo al trasponer la puerta de mi departamento—. Ya estás muy viejo para ser pilmamo…

—Es mi nieto, no cualquiera…

—Tiene su madre, deja que ella ponga su parte y deje de actuar como minusválida…

—Hablas así, porque nadie te pela, ni tus hijos…

—Ellos tuvieron mucho de lo mío, nada les faltó y ahora le tienen que chingar como lo hicimos nosotros…

Mi paisano tiene problemas con los ojos.

La esclerosis lo tiene medio cegatón. Su apego al whisky canadiense, muy cargado de alcohol, acelera su problema de salud. Su médico familiar le ha advertido que, de continuar en su bebereca, puede quedar ciego.

Me doy cuenta que son las nueve y media de la mañana. Por lo regular, Barbachano duerme hasta el mediodía. Vive en el departamento cuatro, un piso arriba del mío.

Hace tres años dejó la empacadora de productos de belleza al llegar a la edad de ser pensionado.

Es oriundo de territorio trique, en Oaxaca. De ahí sus ojos pequeños, de un negro profundo y brillante, y su parco hablar. Ni una cana está presente en su pelo parecido a un erizo de mar.

Nelson le habló por teléfono al día siguiente de su arribo a Toronto.

—¿Y ahora qué te picó para dejar la cama tan temprano?—cuestioné al vecino.

—Cosas de tu nieto —respondió, sirviéndose una buena porción de whisky en el café que él mismo se preparó—. Piensa que pudo afectarte el quedarte solo… El muchacho te quiere, pero le dije que no se preocupara… Yerba mala nunca muere

En los seis años de conocernos, pocas veces acepté acompañarlo a lugares públicos, donde todo gira en torno al alcohol.

En Montreal, la camarería senil es el pretexto para asaltar bares y centros nocturnos. Las prostitutas a domicilio tienen mucha demanda.

Desde la muerte de Lorenzo, como ya apunté líneas arriba, decidí apartarme del alcohol. Mis hijas y nieto, supuse, aun me necesitaban.

Tampoco tengo voluntad de invertir dinero y tiempo para reconstruir mi vida amorosa. Soy demasiado viejo.

Las mujeres canadienses —y las no canadienses— solo buscan placer y bienestar. Los inmigrantes sin papeles, mucho más jóvenes que ellas, pueden cubrir sus expectativas.

Es posible que al pensionarme pase largas temporadas fuera del país. Durante los cinco meses de fríos demoledores, Cuba o Bolivia pueden ser mi destino. No México, menos Veracruz.

Lorenzo era insistente para que me volviera a juntar con una mujer.

—Tú sabes que al tener mi esposa me voy a separar de ti  —me advertía antes de confiarme su relación amorosa con Jeanne—. Mis hermanas y yo lo hemos platicado y estamos de acuerdo a que rehagas tu vida y tengas a una buena mujer a tu lado…

—Lo he pensado, no te preocupes —dije para tranquilizarlo—. Matrimonio y mortaja del cielo baja

Por boca de Elba supe que Verónica tiene una relación sentimental con un profesor de secundaria. Es viudo.

No me molestó.

Por el contrario, me alegré. Su carácter seria menos violento con mis hijas que ya no son unas niñas.

Nelson solo pensaba en él. No en mis asuntos sentimentales. Los fines de semana estaba acostumbrado verme limpiando el departamento, guisando en la cocina o encerrado en mi habitación, frente al televisor o la computadora.

De lunes a viernes únicamente nos despedíamos antes de irnos a la cama. Después de cenar, por separado, nos decíamos buenas noches.

Y desde mi habitación, escuchaba sus parloteos y risas.

Por teléfono, hablaba con sus amigos desde las ocho a las once de la noche.

Barbachano estaba al tanto de mi situación emocional. No porque yo cometiera infidencia. La actitud de ni nieto evidenciaba nuestra relación y permitía descodificar los asuntos del departamento dos.

Nelson en escasas ocasiones saludaba a los vecinos, tan viejos como yo.

Lo comprendía.

No es fácil convivir en un entorno de ancianos achacosos que apestan a comida aceda, alcohol y tabaco.

—Acompáñame, Fierro —insistió Barbachano—, el sábado es el cumpleaños de Beatriz. ¿Te acuerdas de ella?

No respondí de inmediato. Dejé que los silencios de mi vecino se prolongaran.

Mientras, en la barra de la cocina continué desvenando un montón de chiles guajillos y anchos y cortando verduras. Prepararía un caldo rojo de res.

Beatriz e Iván nunca se separaban. Era un matrimonio férreo, respetado en la granja de jitomates de Laval. En esa farma laboré dos años, antes de ser contratado en la empacadora de productos de belleza.

Por atender a mi nieto dejé la empacadora y opté por sobrevivir con la ayuda social.

Iván se pensionó antes que Beatriz, por ser diez años mayor a ella.

El jueves, Beatriz cumpliría cuarenta y siete años.

Jamás intimidé con ellos. Simplemente los saludaba al entrar y salir de la farma. Incluso, ni siquiera me invitaron a la fiesta.

—Vamos, no te hagas del rogar —me reprochó Barbachano—, si te aburres, abandonas el departamento y te regresas a tu cuchitril. El sábado hay Metro hasta la una de la mañana.

HEMEROTECA: pro16oct09

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