MACETA

fieero14

Cuarta noche, solo.

Me retiré, a pesar de la insistencia de Iván Lara.

—Quédese otro poco, compa… Si le agarra la noche aquí hay lugar o Maceta le da el raide

—No traje mis medicamentos –pretexté—. Usted sabe las consecuencias para un enfermo de la próstata.

—Acompáñalo, viejo –pidió Beatriz— o que Maceta lo lleve a la estación del subway.

Maceta es un dominicano, de la zona norte de la isla. En Santiago de los Caballeros dejó a su familia y la perdió por sus enredos amorosos con una cubana de Quebec.

La mujer le quitó parte de su salario y pensión. Actualmente duerme con un anglosajón jubilado, tan blanco como una sábana de hotel de cinco estrellas.

Maceta es un tipo alegre, que lleva la música caribeña en la sangre. Es muy hablantín y chupa ron en abundancia.

No opuso resistencia al solicitarle el favor.

—Soy todo un vegetal, my craizy –exclamó cuando le preguntó Iván si aun estaba cuerdo.

Iván, por ser un costeño de Maracaibo tiene empatía por Maceta. Los emparenta su apego al ron y a la rumba.

Beatriz es de Caracas. Su porte de mulata rejega, fuerte y de pecho y trasero sobresaliente, jala miradas del sexo opuesto por zangolotear en su marcha su fronda anatómica.

Es de pocas palabras, como mi paisano.

Barbachano logró convencerme de asistir a la fiesta de cumpleaños. Estaba dispuesto a emborracharme, un poco mermado por la nostalgia del nieto.

Desistí al llegar al departamento de los Lara.

Les entregué el paquete de cervezas y acepté una copa de vino blanco de manos de Iván. Su esposa preparó unas arepas, llamadas tumbarranchada.

Barbachano aportó el  pastel.

La boulangerie, como en Montreal llaman a las panaderías, hace entregas a domicilio.

Nunca toqué el vino. Lo estuve calentando en las manos.

Maceta es algo bembón y por el tinte de la piel puede ser confundido con un afroamericano. Habla un excelente inglés, por residir varios años en Nueva Orleans.

El hombre está muy orgulloso de su origen. Me mostró un medallón de oro que pende sobre su oscuro pecho. Tiene grabada la imagen del apóstol Santiago El Mayor.

—Fue regalo de mi madrina de bautismo y le tengo mucha ley. Siempre me saca de problemas, cuando me caliento… Tú sabes, bró

Como lo vi entero, no muy pítimo, acepté el aventón a la estación del Metro Henri—Bourassa.

Me zafé a tiempo.

Barbachano ya había cogido la guitarra. No la saltaría hasta el amanecer o cuando el ron hiciera sus estropicios.

La bohemia es su fuerte.

Ni siquiera probé las arepas. Aun así, Beatriz me las envolvió en una servilleta de trapo y pidió que las consumiera al día siguiente.

—Lo sentí muy aguitado –dijo en la puerta—, cuídese y muchas gracias por la visita…

—Problemillas que tiene uno, pero hay que lidiarlos… Buenas noches y gracias por las arepas y el vino…

—Iván está un poco achispado como para despedirse…

—Entiendo, buenas noches…

Maceta se adelantó para despellejar su automóvil semicubierto de nieve.

El hombre me habló tanto de Santiago de los caballeros que decidí abundar en el tema. No a través de Maceta, sino por Internet. Su principal atractivo era su calor veraniego y la arquitectura colonial.

Anhelaba separarme una temporada del frio invernal de Montreal.

Veinticinco años de dura talacha en Canadá, bajo un clima extremoso, mermaron parte de mi cordura.

Zilacatipan es un pueblo húmedo, brumoso y frio, pero ahí contaba con una familia y un trabajo, afín a mi vocación.

Nunca reparé en minucias, como el estado del tiempo o las discusiones conyugales.

El miedo inoculado en mis huesos fue el que quebrantó mi tranquilidad y la unidad familiar.

Ya habrá espacio y tiempo para hacer una reflexión sobre el tema.

La jubilación llegaría a mi vida por la edad. No por los años de trabajo.

El programa de Sécurité de la vieillesse entra dentro del régimen de la pensión universal. Es una conquista social que les ofrece un retiro digno a sus ancianos.

No importan los años de asalariado o sus aportaciones al fisco. Solo cuenta la edad.

En mi caso, en diez meses cumpliría sesenta y cinco años.

Maceta contaba con su jubilación, pero aun trabajaba.

Los lunes, martes y miércoles, por la tarde, controlaba el tráfico humano en un crucero del barrio donde habitaba: Sault—au—Recollet.

Durante seis horas debía portar un chaleco de un verde fosforescente y un paletón metálico con las leyendas arrêtez y continuez.

—No se preocupe de Beni, bró —dijo Maceta, cortando mis pensamientos. Barbachano se llama Benito, de ahí el apocope—, yo me encargo de botarlo en su jaula… El asunto está muy Encendío como para quemar la noche…

—Lo sé –respondí—, mi paisano está en buenas manos…

Maceta respetó mi silencio. No volvió a abrir su bemba durante el trayecto.

La ausencia de mi nieto calaba.

El primer día de su partida, supuse que recuperaría mi libertad o espacio vital.

O tal vez la costumbre me hizo un dependiente emocional.

 Nelson llegó a mi lado de quince años y seguí de cerca su crecimiento físico y psicológico. Me tocó sortear sus enfermedades y  contradicciones, propias de un adolescente.

Mañana lo buscaré por teléfono.

Es un buen chico y el único descendiente sanguíneo de mi amado hijo Lorenzo.

HEMEROTECA: tnot19nov09

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