RENDICION

fieero15

Quinta noche, solo.

Dormí a pierna suelta. Podría afirmar que demasiado.

Y desperté a las once de la mañana.

La depresión pudo provocar tal milagro.

Normalmente duermo cuatro o cinco horas por noche.

En Leamington perdí el sueño ante la necesidad de ganar dinero en el duro trajín de las agroindustrias.

Llegué a trabajar hasta dieciséis horas diarias.

Leamington es la ciudad de las farmas. Más de mil trescientas agroindustrias cosechan chile morrón, pepino y jitomate. En ellas se rompen el lomo miles de jornaleros sin papeles, de origen chino, hispano y jamaiquino.

La paga era insuficiente de 1995 a 1998: tres dólares canadienses la hora.

En mis tiempos de jornalero, el salario mínimo oficial era de seis dólares la hora.

Los dueños de las farmas difícilmente contrataban jornaleros con permiso de trabajo. Era su manera de evadir el pago de impuestos.

De cada diez jornaleros, tres lo hacían de manera legal y dos, provenientes de México, poseían un permiso temporal.

La contratación de los jornaleros solo era posible a través de tres agencias de empleo controladas por latinos y chinos.

Las agencias garantizaban la demanda de mano de obra.

—Los patrones se evitan muchos problemas cuando contratan directamente –me explicó la secretaria de un contratista, de origen latino—. Nuestra gente es muy faltista y borracha. Por lo mismo, prefieren trabajar con las agencias y jamás les falta mano de obra.

Por cada jornalero, el contratista recibía del patron tres dólares por hora. Sus choferes, en una Van, nos recogían y regresaban al edificio donde habitábamos.

La necesidad de apoyar económicamente a la familia me obligó a abandonar Toronto en compañía de Lorenzo.

En Toronto, por no contar con un permiso de trabajo, éramos defraudados por las personas que contrataban a inmigrantes sin papeles. Normalmente se anunciaban en un periódico semanal hispano.

Un paralegal salvadoreño habló con un contratista de Leamington para colocarnos en un departamento compartido y, en mi caso, en una agroindustria.

Desde ese día, mi sueño nocturno se alteró.

Durante cuatro años laboré en distintas farmas.

En una productora de flores de ornamento permanecí quince meses.

Lorenzo tuvo que entrar a la high school y aprender inglés. No la tuvo fácil.

Durante un año solo recibió clases de matemáticas, historia de Canadá e inglés.

Los fines de semana, mi hijo laboraba en un restaurante como lavaplatos y pelapapas.

Después, al poder leer y comunicarse en la nueva lengua, pudo incorporarse al programa educativo regular.

En estos momentos de silencio obligado, su presencia resalta. Nelson heredó mucho de sus rasgos físicos y expresiones: frente amplia, nariz ganchuda, labios delgados y barbilla afilada. Mi nieto también posee  sus ojos marrones, cejas tupidas como azotadores y unas orejas pequeñas.

Sin proponérmelo, al despertar me dobló la tristeza.

Sollocé.

Desde la cama percibí el paso de los vehículos y el paleo del conserje que liberaba el paso del edificio a la banqueta. Durante la noche nevó.

No tuve ánimos de ejercitarme, leer, ver televisión o salir.

Hablé con Jeanne y me informó que Nelson fue a inscribirse al college para concluir sus dos años de estudios propedéuticos y poder ingresar a la universidad.

Nuestra comunicación fue corta, porque ella estaba en el trabajo.

Nelson no respondió a mi llamado telefónico. Y no insistí.

Por unos instantes estuve tentado en buscar a mis hermanos —Romualdo y Agripina— para disculparme.

Desistí.

A la fecha no me han perdonado lo del secuestro de nuestra madre para obligarme a ceder a la demanda del diputado Xicoténcatl Carranza. El sindicato magisterial intervino y logró su liberación.

Sin embargo, por tener problemas de salud, murió dos meses después de regresar a la casa grande de Pachuca. Era madre soltera.

Verónica también enfermó de los nervios. Y nuestras hijas, de nueve y diez años, tuvieron que irse a vivir una temporada a Querétaro con su tía Agripina.

Verónica no pudo hacerlo, al tener su plaza de maestra en Zilacatipan.

No es agradable llegar a los sesenta y cuatro años en estas condiciones de indefensión.

Precisamente antenoche escuché abordar el tema de la senectud en el departamento de los Lara.

Maceta maldijo su condición de inmigrante, a pesar de recibir puntualmente su dinero como pensionado. Las mismas expresiones se las he escuchado a Barbachano.

He evitado ahondar en su pasado. No me interesa. Lo poco que se de los dos es porque lo desembuchan cuando tienen alcohol o imipramina en la sangre.

Su cotidianidad la invierten en francachelas, sexo de paga y sueño. Por dominar el francés o inglés acceden fácilmente a mujeres de la tercera edad, igual de depresivas y alcohólicas.

Su hedonismo los aleja de la realidad política de Canadá y su país de origen.

Nunca ahorran y viven al día.

Por momentos, los envidio.

La fidelidad a mis hijas y nieto me permitió allegarme de un aislamiento enfermizo.

Lo pienso ahora, a cinco días de la partida de Nelson.

Sin proponérmelo me hice dependiente emocional de una familia lejana, no apegada a mis necesidades afectivas.

Yo mismo inventé una respetabilidad alimentada por el dinero que le enviaba a Verónica, Elba y Rosa.

Tal vez, únicamente Lorenzo supo entenderme.

Hasta el día de su muerte fue un hijo ejemplar y un amigo incomparable.

HEMEROTECA: Che Guevara – Jon Lee Anderson

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