CONFUSO

fieero16

Sexta noche, despierto.

Y de repente, dejé de visibilizarme.

Si hoy salí a la calle fue para comprar una red de cebollas con piel morada.

Cabizbajo, somnoliento y aturdido por la nieve, recorrí tres manzanas de la calle Fleury para internarme en el supermercado.

La presencia de Lorenzo me impidió cerrar los ojos. La ausencia de mi hijo dimensionó el abandono en el que me encuentro.

Ideas estúpidas empezaron a escarbar en mi subconsciente. Sin darme cuenta escuché mi propia voz. Hablaba solo, en un intermitente monólogo ajeno al momento.

Es como si Lorenzo estuviera en una cama contigua y respondiera a mis requerimientos y dudas.

La misma conversación, o algo similar, que experimentábamos a cada retorno del jornal.

—¿Cómo te fue en la escuela?

—De maravilla…

—Gracias por los chilaquiles, estuvieron muy sabrosos…

—Mañana te hago unos huevos a la albañil…

—Mejor estudia, hijo… Yo puedo hacerme unas tortas de frijoles con queso…

—No te preocupes, padre… Don Melchor me enseña algunas recetas rápidas y baratas…

—Hace dos días me lo encontré en WalMart y le di las gracias por apoyarte. Me dijo que tiene un hijo de tu edad en Salamanca y se lo recuerdas mucho…

—Sí, me prometió que cuando logre traer a su familia, quiere que lo conozca…

—Vas a ver que si, hijo… Pero ya duérmete que mañana nos aguarda una chinguita…

—Buenas noches, papá…

—Buenas noches, hijo…

Su voz, mi voz, resonaba en la habitación sin reparar en los tonos y altibajos.

Alucinaba.

El invierno, por desgracia, arrastra su pesada carga de demencia.

Durante la madrugada me desembaracé de las cobijas y preparé un té de manzanilla.

La voz de Lorenzo resonaba en mi cabeza, a pesar de tener los ojos abiertos.

La penumbra no me impidió meter la taza con agua al microondas.

Todo lo hice a tientas.

Cada cosa está en el lugar indicado. Por ejemplo, en el mismo compartimiento de los platos la caja con bolsitas de té y el frasco de miel.

Nelson cuestionaba mi obsesivo apego al orden y limpieza.

Un poco de mugre y desorden, decía, te harán más feliz.

No se lo reprochaba. Mi nieto desconocía algunos pasajes importantes de mi pasado en México.

Precisamente el cuidar los detalles de mi entorno, impidió que perdiera la vida.

Xicoténcatl Carranza me pisaba los talones y le puso precio a mi cabeza. El matón arrendado movió el portamacetero de la entrada a mi casa e hizo que reculara. Evité internarme. Me aguardaba sentado en el sofá de la sala. 

Verónica, ese fin de semana viajó a Querétaro para convivir con su hermana y nuestras hijas.

Desde el tecorral del vecino, pude observar cuando el asesino a sueldo abandonó mi hogar. Era un tipo mediano, prieto y de sombrero calentano. Calzaba botas negras y cubría su pecho con una chamarra verde olivo como la que usan los guachos de la huasteca.

Un helado escalofrió recorrió mi espina dorsal al mirar el instante en que el matón guardaba su revólver en una mochila de espalda. 

Fui por Verónica al paradero de combis y le pedí que cenáramos tlacoyos o pemuches con salsa roja en la fonda de doña Ágata Pastrana.

Le extrañó la premura de mi sugerencia, pero le dije que me era urgente hacerle una revelación.

Después de escuchar y sin alarmarse, me sugirió:

—Hazlo público, denúncialo en la Voz campesina…

El lunes por la mañana, viajé a la cabecera municipal de Huayacocotla. Me presenté a las instalaciones de la radio XHFCE-FM, administrada por sacerdotes jesuitas. Tuve de inmediato el respaldo por pertenecer a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.

En la breve entrevista, culpé al diputado Carranza del intento de asesinato. En la fiesta patronal de mayo, personalmente me amenazó de muerte por encabezar las protestas en contra de la apertura de un aserradero.

Carranza era el principal accionista.

De no ser por el portamacetero con alcatraces, hubiese sido asesinado en el interior de mi domicilio.  El matón no solo arrancó algunas flores, sino alteró su posición al patearlo involuntariamente.

Las imágenes se acumulan en la memoria, pero es la voz de Lorenzo la que alienta mis respuestas.

Un imprevisible temor me provocó temblorinas y derramó parte del té en la mesa. De inmediato arranqué un trozo de servilleta y absorbí el líquido.

En la misma posición, de pie y espaldas a la estufa, recibí los destellos grises de la aurora.

Parte del té seguía intacto y frio.

  Dejé de ser yo, el viejo metódico, interesado en leer noticias y ver películas en blanco y negro.

En seis días algo pasó en mi mente.

En el supermercado deambulé por los pasillos sin recordar con exactitud el motivo de mi presencia.

En la sección de verduras y frutas quedé ensimismado, viendo fijamente el cancel de las yerbas frescas. Palpé los ramilletes de cilandro, menta y perejil.

De un manojo de rábanos arranqué uno y me lo comí.

La dura mirada de una anciana no me intimidó. Estuve tentado en sacarle la lengua. De hacerlo, hubiese obtenido una demanda penal por acoso.

Así funciona la sociedad canadiense.

Y de repente, sin darme cuenta, nuevamente compruebo que estoy en la cama, en calzoncillos y sin la camisola de franela.

El llanto fluye con furia y moja mis mejillas y la almohada.

Con fuerza abrazo sobre mi pecho la red de cebollas moradas…

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