ROMUALDITO

fieero17

Séptima noche, despierto.

Sin proponérmelo, robé otras veinte horas de vida.

En cuarenta y ocho horas mi cabeza seguía activa, ajena al descanso obligado.

Solo una llamada telefónica me obligó a interactuar con el mundo exterior.

Ocurrió a las  diez y cuarto de la mañana.

Un trabajador social de Ontario Work quiso confirmar si estuve de acuerdo con el cambio de residencia de Nelson.

Habló, desde Toronto, en mi lengua materna.

—Si —respondí—, fue un acuerdo entre los tres…

—Su nieto, ¿por qué quiso vivir con su madre?

—Porque ella así lo pidió y Nelson tambien la necesita… Es su madre…

—¿Usted ya le informó del cambio de domicilio a su trabajadora social?

—Lo haré mañana —ofrecí—. Mi nuera me envió una carta donde dice que su hijo estará a su lado  —y agregué—. Tengo entendido que mi nieto ya se inscribió en la high school para concluir el semestre…

—Sí, ya fuimos notificados —confirmó el funcionario—. Pero cualquier duda que tenga, puede llamarnos, señor Fierro. Le proporcionaré nuestros números telefónicos y mi extensión.

En esos instantes me cayó el veinte. Tendría problemas legales de no informarle a mi trabajadora social de la partida de Nelson. Lo haría por escrito ante Emploi Quebec.

Oficialmente era yo el tutor.

Sin proponérmelo, de manera inconsciente, empecé a rascarme el antebrazo izquierdo y las piernas.

Al término de la entrevista encendí la lámpara del buró y descubrí que sangraba.

Tenía la piel irritada y algunos cortes.

Me había hecho daño.

Tambien recordé que necesitaba darme una ducha. Llevaba varios días sin hacerlo. Ni siquiera lo intenté para asistir al departamento de los Lara.

Mi entrepierna hedía a sebo podrido.

En el buzón del celular comprobé que Barbachano intentó comunicarse en tres ocasiones. Lo buscaría después de ducharme.

Por lo pronto, volví a apagar la lámpara y meterme bajo la sábana.

Ni siquiera tuve ganas de alimentarme.

La luz del día lograba darle un poco de claridad a la habitación.  Miré el cielo raso, albo, impoluto, parecido a una gran pantalla de cine donde transcurrían escenas conectadas a mi vida.

La presencia de Lorenzo me alegraba el momento.

Fue entonces que los rostros de mi madre y hermanos, aun pequeños, alejaron a mi hijo de la pantalla.

Romualdo era el mayor de los tres. No quiso estudiar, pero es quien mejor hizo fortuna.

Su horno de adobes tuvo éxito.

De hacer los primeros bloques sin dinero —fabricados rústicamente y con ayuda de dos jornaleros pagados por nuestra madre—, en un año compró —al contado— dos revolvedoras y prensadoras, accionadas por una planta de luz, alimentada con diesel.

Después, con el respaldo de su esposa, abrió dos tiendas de materiales de construcción y se estableció en Huayacocotla, de donde eran sus suegros.

La empresa actualmente es administrada por tres de mis sobrinos.

Romualdito, el primogénito, fue secuestrado y asesinado.

Mi hermano pagó para que ejecutaran a los verdugos, vecinos de Agua Blanca.

En el operativo contó con el apoyo del comandante de la zona militar.

Agripina tenía sus enredos con el teniente coronel.

Durante esos días de duelo, el oficial no rehuyó en tenderle la mano a mi hermana.

Agripina acabó casándose con  un comerciante de Querétaro.

Por desgracia, por un defecto en el útero, jamás pudo embarazarse. Por esa razón, no dudaba en proteger a sus sobrinos.

Romualdito, por ser el primer sobrino del clan, pasó largas temporadas a su lado.

Mi hermano me comentó que cuando detuvieron a los dos secuestradores, en una cantina de Tulancingo, Agripina pidió que no los ejecutaran sin su presencia.

El teniente coronel accedió a sus deseos.

Los hermanos Flores Leyva fueron trasladados a Zilacatipán.

 En una cueva cercana a los Cajones, Agripina los enfrentó.

Filiberto y Fidencio Flores fueron trabajadores de mi hermano.

 Su plan original era secuestrar a Romualdo en un tramo de la carretera Huayacocotla—Palo Bendito.

Ese día, mi hermano, por un asunto familiar, prefirió pedirle a Romualdito que entregara unas varillas y cemento a la constructora responsable de remozar la parroquia de la Inmaculada Concepción.

No quiso llevar macheteros. Personal del ayuntamiento descargaría la camioneta.

Nunca fueron hallados los secuestradores.

Sus familiares, conocedores de los oscuros antecedentes criminales  de Filiberto y Fidencio, prefirieron guardar silencio.

Lorenzo y yo vivíamos en Leamington cuando nos enteramos de la tragedia.

En esos momentos no dimensionaba el sufrimiento que causa la muerte de un hijo. Hablé por teléfono con Rosario para darle el pésame.

Mi cuñada se exculpó del alejamiento de Romualdo. No deseaba hablar con nadie, ni siquiera con Agripina.  

Han transcurrido casi quince años del incidente. Ahora lo rememoro con mucha claridad.

Es inexplicable el porque me causa mayor angustia revivir la muerte de mi sobrino.

En la misma pantalla del cielo raso, Lorenzo está ausente. No cesa la picazón en la piel. Tampoco estoy consciente que he manchado de sangre las sabanas y el edredón.

Solo hay un imperceptible haz de luz que me impide perder el juicio en su totalidad: el notificarle a mi trabajadora social de la partida de Nelson.

De no hacerlo, perdería toda posibilidad de pagar la renta y los servicios de Internet y telefonía. Quedaría en completo estado de indefensión.

Y algo más. En nueve meses tendría la edad necesaria para pensionarme.

De sobrevivir, podría reencontrarme en Querétaro con mis hijas.

Mi madre, desde su lecho, me repite que tenga fe en Dios.

La película, proyectada en el cielo raso, continúa…

Es algo inexplicable.

HEMEROTECA: pronov222009

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