DESNUDO

fieero18

Octava noche, en vela.

Me sobrepuse a la modorra depresiva. El esfuerzo fue mayúsculo.

Desnudo abandoné el lecho.

Desnudo quité las sábanas, fundas y edredón.

Desnudo metí en una bolsa negra mi ropa interior y las cosas que retiré de la cama.

Desnudo entré al baño y llené la tina de agua tibia.

Desnudo fui a la cocina y del cajón interior del lavaplatos saqué una botella de vinagre de manzana.

Desnudo vacíe la mitad de ese vinagre en el agua de la tina.

Desnudo me detuve ante el espejo…

Los rastros del insomnio eran muy marcados.

Me enfrenté a una persona desconocida, muy distinta a la que arribó en 1994 a Canada.

En ocho días, el  pelo grisáceo brotó desigual e invadió las mejillas y el mentón.

Ni la curvatura de la nariz pudo hermanarme a mis raíces genéticas.

Lo que escudriñé ante el espejo me era ajeno.

El anciano que aparecía frente a mí, tenía los ojos sumidos en dos lagos amoratados y dos canaletas oscuras que partían de los lagrimales a la parte inferior de los pómulos.

Eran cerca de las cinco de la mañana.

Manchones de sangre seca aparecían en mis muslos y tobillos. Lo mismo en el antebrazo y costado izquierdo.

Indudablemente estaba lesionado.

Sin pensarlo, me sumergí en el agua de la tina y la piel dañada protestó ante la acidez del vinagre. El ardor duró varios segundos.

Temí quedarme dormido.

Me negué a entrecerrar los ojos.

Planeaba escribir dos cartas para Emploi Quebec y la High School donde Nelson asistió durante tres años.

Permanecí menos de una hora en la bañera. En ese lapso, me enjaboné, enjuagué, rasuré y encremé.

En contra de mi voluntad, y aun desnudo, calenté una taza de agua en el microondas. Bebería té verde mientras redactaba las cartas.

Con la ayuda de un diccionario virtual y el traductor de Google resolví el entuerto del idioma.

El amanecer me recibió desnudo, frente al ordenador. Las dos cartas, redactadas en Word, las encapsulé en una memoria portátil (USB).

En las oficinas de Emploi Quebec descargaría los textos e imprimiría.

Los misterios del cerebro son inexplicables. Llegué a esa conclusión.

El cuerpo humano no está dispuesto a ser enterrado por un estado de ánimo aparentemente incontrolable.

Cada órgano, autónomo o no, quiere vivir, seguir alimentándose de sangre.

Existe una especie de adrenalina que se activa cuando el cerebro afectado por la depresión decide desconectarse del mundo real.

Es la misma respuesta que experimenté al enterarme que  la policía judicial y un cártel de la droga llevaban la consigna de asesinarme.

Me responsabilizaban de haber participado en el asesinato del diputado Xicoténcatl Carranza.

Agripina, de primera mano, fue alertada de lo que me ocurriría.

 Días antes, un grupo de encapuchados había quemado el aserradero. De inmediato culparon a los ejidatarios y sus dirigentes.

Rechazamos los cargos.

En una asamblea ejidal concluimos que, al aumentar la oposición a la empresa, los accionistas prefirieron postergar su apertura. Su inversión la recuperarían, a través de la aseguradora. De ahí el siniestro.

El miedo empezó a inocularse en mi sistema nervioso. Pensaba en mi familia.  

Romualdo apoyaba la apertura del aserradero. El gobierno municipal y los empresarios regionales le compraban el material de construcción.

Por su intervención y las movilizaciones magisteriales, nuestra madre recuperó su libertad sin ser lastimada.

Romualdo se opuso a que la policía indagara a fondo sobre lo ocurrido. Carranza lo secundó, consciente que sería el principal afectado.  

Agripina era imparcial. Repudiaba a los políticos y sus partidos. No creía en su honorabilidad.

Y estuvo de acuerdo en la decisión de Romualdo de no ahondar en el asunto del secuestro de nuestra madre.  

Sin embargo, el asesinato del diputado radicalizó a nuestros adversarios. En volantes advirtieron que los responsables del homicidio serian ejecutados.

Por momentos, en la soledad del aula escolar, pensé en suicidarme. Hacerlo, supuse, detendría cualquier atentado a mis hijos y esposa.

Lorenzo estaba por festejar sus catorce años. Era muy apegado a mí. Mis adversarios lo sabían.

Verónica tuvo que ausentarse un par de meses del trabajo. Los nervios le provocaron  ataques de llanto e ira.

Por lo mismo, Agripina nos convenció de proteger a nuestros hijos en Querétaro. Elba y Rosa aceptaron.

Lorenzo prefirió continuar al lado de sus padres.

El mundo se me cerró y solo pensé en la muerte.

Otro acontecimiento hizo que mis hermanos y Verónica reaccionaran.

El secretario del comisariado ejidal, Wiliberto Serrano fue levantado de su cama por un comando de sicarios.

Lo sacaron semidesnudo de su casa, frente a su familia.

Y uno de los encapuchados de uniforme negro, exclamó ante la esposa de Serrano:

—¡Y vamos por los otros cobardes, dígale a esos perros comunistas, hijos de la chingada!

Romualdo me buscó en la escuela para sugerirme que abandonara el estado.

—Solo te quieren a ti, no a mi cuñada y mis sobrinos… —dijo.

—¿Y quién lo garantiza?

—¡No seas pendejo! —explotó con el rostro cárdeno—. Si quisieran dañar a la familia, desde cuando lo hubieran hecho. Vitórico asegura que lo de Carranza fue por conveniencia de sus propios socios. Y me lo dijo el mismísimo presidente municipal. Su muerte les permitirá hacer una limpia regional y en cuatro o cinco años retoman el asunto del aserradero. Ellos nunca pierden… Mucho dinero está en juego y no solo es el aserradero… 

HEMEROTECA: telenov09

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