LARRY

fieero19

Novena noche, en vela.

De Fleury a Fabre…

De Fabre a la estación del metro Sauvé

De Sauvé al boulevard La Acadia…

Y en la Plaza de La Acadia, descendí del bus 179 y me interné en el bunker de Emploi Quebec.

El periplo duró hora y media.

Mi aspecto de sobreviviente de un campo de exterminio nazi posiblemente atemorizó a mis compañeros de viaje.

En verdad estaba hecho un asco.

Ni el baño o la encremada mejoraron mi aspecto facial.

 Las ojeras y los huesos de los pómulos eran muy pronunciados.

Y no desayuné para evitar molestias en la vejiga.

La llamada telefónica de Nelson me provocó un poco de tranquilidad.

Sucedió en la calle Sauvé, en el bus 121.

—Estoy aguardando mi turno, abuelo —dijo Nelson en tono de entusiasmo—. En diez minutos me recibe el Principal de la High School…

—Gracias por acordarte de este viejo —respondí.

—¿Dónde estás, abuelo? Escucho voces…

—Voy en un bus rumbo a las oficinas de Emploi Quebec

—¿Estás bien, abuelo? Tu voz se escucha cansada…

Una ola de calor invadió mi frente. Sentí un impulso de llorar.

—Estoy bien, no te preocupes —aspiré hondo para controlarme—. Lo que pasa es que no he dormido bien últimamente…

—El próximo años entro a la universidad… —dijo—. Aquí no es como en Quebec… De la high school pasas directamente a la universidad…

—Pensé que primero estarías en un Collège

—No abuelo, cuando concluya el último semestre de la high school… o sea en junio… Estaré listo para ingresar en la universidad…

—¿Y qué piensas estudiar?

—Bellas artes o arquitectura… Ya veré… Mi madre quiere que yo solo lo decida… ¿Tu qué piensas?

—Tu padre estudió bellas artes…

—Sí, lo sé, abuelo… pero tengo aun tiempo para pensarlo… —asentó y antes de que yo hablara, advirtió—. Te dejo abuelo… ahí viene la secretaria del Principal…

—Te amo, hijo… échale ganas a la escuela…

—Yo te amo más, abuelo…

Lamenté no haber preguntado por Jeanne.

Desde la muerte de Lorenzo, sin proponérmelo, opté por aislarme de ella. No le perdonaba haber descuidado la educación de mi nieto.

Después, entendería su comportamiento. Lorenzo era su sostén emocional. Lo amaba profundamente.

Nelson, ante la falta de apoyo emocional, no pudo superar la pérdida física de su padre.

El accidente modificó radicalmente su comportamiento.

En el colegio, sus propios amigos le hicieron creer que con la marihuana o el alcohol encontraría la solución a sus problemas.

Larry Callahan, un jovencito de la misma edad de Nelson, era hijo de una mujer dealer. Era adicta al crack y permitía que Callahan formara parte de su negocio.

Jeanne me enviaba breves mensajes por Gmail sobre los cambios de personalidad de mi nieto.

Nunca faltaba a sus clases en la High School, pero pasaba más tiempo con sus amigos que en su hogar. Tambien perdió el interés por  la ducha y cepillarse los dientes. Los fines de semana dormía en casa de los Callahan.

Durante nuestras conversaciones telefónicas, Nelson evadía tocar el tema. Si yo intentaba abordar el asunto de sus amigos y las drogas, me advertía:

—Abuelo, no repitas las palabras de mi madre, por favor… Yo sé lo que hago…

Y entonces retomábamos la conversación sobre asuntos insulsos, como si ya tenía novia, si le gustaba la escuela o si iba al Gym. Nunca nos interiorizábamos en su relación con Jeanne o su abuela de London.

La única infidencia, de su parte, fue cuando me confesó que tuvo su primera relación sexual con una compañera del aula. La chica de catorce años era de origen libanés y de niña sufrió abusos de su ex padrastro.

—Hicimos sexo oral en su departamento, abuelo, y después la penetré…

—¿Usaste condón?

—Claro, abuelo. Ella tenía varios en su dormitorio…

La jovencita estaba bajo tratamiento psiquiátrico, según dijo Nelson. En dos ocasiones intentó suicidarse al cortarse los antebrazos y uno de sus muslos.

Mi nieto, en una de sus depresiones, quiso imitar a su amiga. Por fortuna, ella estaba a su lado en los pasillos del subterráneo del metro Eglinton.

Después, mi nieto me confiaría que la jovencita lo abrazó antes de arrojarse a las vías.

Jeanne solicitó apoyo en la high school.

El Principal retuvo a mi nieto en la escuela y lo canalizó a un hospital infantil de Toronto. Ahí quedó en manos de un psiquiatra y una trabajadora social.

Le hicieron pruebas de sangre y orina.

Durante seis horas fue interrogado y estuvo bajo observación.

El asunto de Lorenzo y su muerte accidental salió a relucir.  Lo mismo, su cercana amistad con Larry Callahan.

Nelson insistía ante su madre —y la trabajadora social asignada— que el dealer era su confidente y mejor amigo.

Y argumentaba:

—En mi escuela es normal que los alumnos fumen marihuana o consuman cristal… Larry cuida que yo no me drogue con marihuana sintética que pueda dañarme…

Por sus constantes ausencias y descuido a su persona, mi nuera tomó una decisión radical.

Y me lo consultó.

—Voy a solicitar la ayuda de un juez de lo familiar para que hagamos un Agreement —exclamó— y si Nelson no lo cumple, pueda ser detenido y llevado a un centro de rehabilitación para jóvenes… Ya se lo informé a mi hijo y sabe que lo haré…

Y fue cuando le propuse una alternativa:

—Que se venga a vivir conmigo a Montreal… Le hará bien un cambio de amigos y de lugar…

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