ETERNIDAD

fieero1Epilogo

10

Décima noche, sueño eterno.

Las fechas perdieron su lógica. Las cinco pastillas de Zoldipem me tienen frito.

—Es viernes, viernes, Justo…

—¿Seguro?

—Y no llegaste a Canada en el noventa y cinco, sino en 1991…

—¿Seguro?

Hago un supremo esfuerzo para reconocer al interlocutor.

La voz parece resonar desde el interior de una cueva.

—¿Y Lorenzo?

—Cálmate, toma un poco más de café…

Alguien levanta mi cabeza. Tengo los labios adormecidos y apenas perciben el calor del líquido.

—¿Vomitó?

—Si, en varias ocasiones…

—No necesita ser trasladado a un hospital…

—¿Puede dormir? No lo ha hecho en varios días… Por eso accedí a regalarle los somníferos…

—Hágale más preguntas, que esté despierto otra hora… Y después que duerma…

Es la esposa del conserje, estoy seguro, la enfermera.

Quiero reírme. Su voz es cavernosa, como de un ser sobrenatural.

El número 1991 rebota en el interior del cráneo, como una pelota de ping pong y nada me dice.

Barbachano hizo la advertencia:

—No abuses del Zoldipem… Solo trágate una, pero con el estómago lleno…

¿Eso me dijo?

Nelson no tarda en regresar de la escuela. No lo escuché al salir.

En cuatro días me dan la respuesta en Emploi Quebec.

Tendré que dejar el departamento. Imposible cubrir los gastos.

Los setecientos diez dólares que recibo mensualmente apenas servirán para pagar la renta y los servicios de Internet y del celular.

Y luego esto.

¿Quién puede ocupar a un viejo enclenque, enfermo de los nervios y de la próstata?

—Lo de la piel es por la falta de hidratación…

—Está muy lacerada…

—Tengo una pomada que usó mi marido cuando tuvo psoriasis.… Al ratito se la bajo…

—Le pegó duro lo de la muerte de su hijo… No se ha podido sobreponer…

—¿Ya le hablaron a su nuera?

Todo principio tiene su final.

Jeanne sigue con sus problemas de salud. Nelson no quiso decírmelo. Pobre. Tan idéntico a su padre. Ahora entiendo el porqué de su rebeldía.

Lorenzo se quejaba de sus arranques de cólera.

—Habla con él papá —me pedía por teléfono—. Es muy rebelde, muy contreras…

—La edad, hijo… La pubertad pega duro y hay que estar preparados…

—Yo no era así… A su edad, trabajaba, estudiaba… Tú lo sabes…

—Canada cambia a sus jóvenes, les da demasiada libertad. Una nalgada que le sueltes, puede llevarte a la cárcel…

—Puede ser… El inglés los empodera…

Jeanne cree que Nelson fue el responsable del accidente en la lancha. De ahí el sufrimiento de mi nieto.

La policía, en su informe, dejó entrever que la ballena golpeó la lancha, porque fue provocada.

¿Y por qué gritoneo, como pregonera de elotes?

Es una estupidez.

Ahora está en juego mi sobrevivencia. Debo sacar adelante mis gastos de aquí a septiembre.

Y Barbachano insiste en tenerme alerta.

—En 1991, Justo… 1991…

Tiene razón.

Lorenzo cumplió los catorce años tres meses antes de nuestra llegada a Toronto.

Y cuando se desposó con Jeanne tenía 23 años y de inmediato se embarazó.

Es posible que esté equivocado en las fechas…

Barbachano vuelve a zarandearme.

—Hay que hacerlo caminar un poco —ordena con su voz cavernosa, de hechicero.

—Mi mamá dice que le ponga esta pomada en las partes más afectadas…

¿Quién está con el vecino?

Antes de meterme a mi departamento, busqué a Barbachano.

Me advirtió de los riesgos al darme los somníferos.

—Te harán bien —me dijo al abrir la puerta de su departamento. No me invitó a entrar. Y al entregarme la servilleta con las pastillas, insistió—: Una, no abuses… son muy fuertes…

Le preocupó ver mi deplorable estado físico.

La falta de sueño y el ayuno me convirtieron en un guiñapo.

Le he perdido sentido a la vida, esa es la verdad.

He vivido aislado del mundo.

No he parado de trabajar para darle algo a la familia.

¿Y qué cosecho?

Mierda.

Me muevo en un mundo de sordos. Yo no existo. Lo único que existe es lo que he representado en las farmas y empacadoras.

Barbachano es un muerto viviente, sin ánimo de trascender. Sus quejas apenas despabilan a sus antiguos compañeros de trabajo.

Lo noté al acompañarlo a la fiesta de cumpleaños de Beatriz. Solo lo utilizaron como payaso y mandadero. Ni Maceta quiso darle bola.

Otra vez, en vilo.

Barbachano no me deja en paz.

—Aguante, voy a subirle el pantalón…

Habla el hijo de la cubana, la esposa del conserje.

Barbachano me habló del muchacho. Nunca sale de su cuarto, por el vicio de los videojuegos.

Pobre. Me imagino la cara de asco que pone al ver cómo me embadurnan la pomada.

El triqui ha cerrado filas con su par, un viejo tan amolado como él.

Cumplió su palabra de venirme a buscar antes de las nueve de la mañana.

De no ser por él…

Creo que nuestro ciclo de vida no tiene sentido.

Romualdo y Agripina viven por los suyos.

Mucho ayuda el clima, la naturaleza, la lengua, la familia, los amores clandestinos, las fiestas patronales, el dinero…

En Quebec todo es distinto.

Invierno está por arribar, pero la nieve ya encobijó al cemento y la flora. Ningún antiguo compañero de lucha quiso seguir mi rastro. Lo hicieron por mi seguridad y la de Lorenzo. Y ahora la de Jeanne y Nelson.

El Zoldipem me arrastra al hoyo. Son cientos de rostros humanos los que enfrenté durante mi paso por la tierra. Desde Pachuca a Zilacatipán y sus alrededores.

Más tarde, y muy a mi pesar, terminé en el exilio, sumergido en una pasta helada, asfixiante y carcelaria.

Es mejor no despertar.

Lorenzo y mi madre seguramente me observan.

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