ALLENDE

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La burbuja del Paraíso proletario, prometido por los socialistas, se desinfló: inoculó desesperanza y frustración entre millones de chilenos.

Los alimentos empezaron a escasear en los anaqueles.

Los comerciantes colocaron carteles para informarnos sobre los nuevos horarios de apertura y cierre del local.

Las colas humanas surgieron de la nada. Se convirtieron en una imagen cotidiana desde el amanecer hasta el anochecer.

Yo tenía que levantarme a las tres de la mañana para comprar pan, harina de trigo o maíz, arroz, sopa de pasta, sal, café, cigarrillos, azúcar, aceite y huevos.

Todos los vecinos —y me incluyo—, nos agolpábamos a lo largo de dos, tres o hasta cuatro cuadras de la calle Victoria. La tienda se encontraba en la arteria José Miguel Contreras.

En un principio, intentábamos no hablar mucho y aguardar nuestro turno para ingresar al establecimiento.

En días posteriores, algunos vecinos, adversarios del presidente Allende, responsabilizaron al gobierno de lo que ocurría.

Las televisoras, periódicos –como El Mercurio— y noticieros de radio abonaban ese sentimiento de odio.

“El gobierno comunista de Allende es quien tiene de cabeza al país”, repetían los personeros de los medios masivos de comunicación.

Las filas tomaron otro tenor y las discusiones arreciaron.

Había malestar y miedo.

La propaganda de la derecha empezó a calar en la consciencia de los despolitizados e indecisos.

De los enconos verbales pasaron a los golpes.

Familias y amigos se fracturaron por sus diferencias políticas.

Ese fue mi caso.

1972 fue un calvario para quienes vivíamos al día.

El pan se había encarecido o escaseaba en las colonias y barrios populares.

El líder cubano, Fidel Castro Ruz permaneció veintitrés días en territorio chileno. Su presencia encolerizó al gobierno estadounidense y a sus aliados de mi país.

Por esa razón, el bloqueo económico arreció y los productos de primera necesidad prácticamente desaparecieron de las tiendas.

Del 10 de noviembre al 2 de diciembre de 1971, el comandante Castro, acompañando al presidente Allende, visitó varias comunas y universidades y sus arengas fueron incendiarias y antiimperialistas.

La Unidad Popular, conformada por dos millones de sindicalistas y universitarios, arropaba las reformas estructurales propuestas por el gobierno.

Aun así, estábamos conscientes que la importación y exportación de medicamentos y alimentos la controlaban las empresas trasnacionales y los grandes industriales, comerciantes y productores agrícolas y ganaderos chilenos.

Allende, gracias al apoyo popular y a un número importante de parlamentarios, nacionalizó la industria del cobre, promulgó una radical reforma agraria que atacaba al latifundio  —prohibía que una persona poseyera más de ochenta hectáreas de tierras urbanas o productivas—  y les abrió a las familias pobres, sin costo alguno, todas las universidades públicas y los servicios de salud en sus tres niveles, que incluían la entrega de medicamentos.

Los desayunos escolares llegaron a todas las escuelas básicas y liceos.

Gracias al Servicio Único de Salud, se abrieron miles de consultorios. Uno de cada tres funcionaba las veinticuatros horas del día.

Lo mismo ocurrió con el salario mínimo que, a través de un decreto, se incrementó considerablemente.

Los economistas de Allende aseguraban que en 1972, por un día de trabajo podríamos comprar treinta y cinco kilos de pan, mientras que en 1985, en el mismo lapso y paga, solo teníamos acceso a seis kilos.

La empresa del pollo, donde laboraba, se fue al traste.

Los inspectores fiscales ahora sí actuaban con honestidad y eficacia.

Así que nuestro patrón, Rudy Brander, nos avisó un fin de semana sobre su decisión de cerrar el establecimiento.

—Voy a legalizar la empresa —aclaró al entregarnos lo que sería nuestra última paga—, pero tengo que aguardar a que la economía mejore, porque faltan muchos insumos y también los granjeros me han dicho que hay escases de alimentos y medicamentos para las aves…

El mismo problema que enfrentábamos día a día los chilenos de Villa Alemana y de las otras comunas del país.

En casa hablé con mis hijos de lo ocurrido e informé sobre mi decisión de separarme definitivamente de su padre.

Me iría a vivir a la chabola de La Palmilla, donde aún faltaban el agua potable y la energía eléctrica domiciliaria y las calles carecían de pavimento.

Sin embargo, nada me importaba.

Lo que realmente anhelaba era mi tranquilidad.

Manuel Ernesto permanecería en la casa de adobe, por encontrarse ahí su taller y además, legalmente le pertenecía, porque el terreno fue adquirido con dinero de su madre y lo había registrado a su nombre.

—Los que quieran quedarse con su padre, pueden hacerlo, yo no me opongo… —ofrecí con profunda desazón y angustia.

Solo Tubal me seguiría.

Cleyda y Alex asistían a la escuela y perderían el año escolar si abandonaban la calle Williamson. Los fines de semana intentarían dormir en nuestra nueva casa de La Palmilla, aunque por las  noches nos alumbráramos con velas, cirios o veladoras.

En ese año, Centia pasaba más tiempo en Valparaíso, al lado de su abuela paterna.

Por desgracia, tres meses después de aquel encuentro, un incendio consumió la chabola  —como ya lo consigné en el volumen anterior— y tuvimos que regresar a la casa de la calle Williamson.

Manuel Ernesto no se opuso, porque consideró que mi decisión de partir fue acelerada y afectaba emocionalmente a la familia.

Por prudencia, preferí guardar silencio. Llevar las cosas en paz, mientras buscaba un trabajo y protegía a mis hijos que eran (y lo son) lo más importante de mi vida.

Lejos estaba aún de imaginar que, en esos momentos, en los cuarteles  de Santiago y Valparaíso, un grupo de generales, almirantes y coroneles conspiraban para derrocar y asesinar al presidente Allende, asesorados por la Agencia Central de Inteligencia.

En unos cuantos meses, exactamente durante la segunda semana de septiembre de 1973, los chilenos de los barrios pobres y clasemedieros pasaríamos del temor y reproche, al horror, luto e ira.

La maldición de Caín estaba por alcanzarnos.

HEMEROTECA: PRO1DIC09

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