INSEPULTA

goteo portadaMientes.

Sigues asegurando que has vivido sesenta años. Te olvidas que el día es de veinticuatro horas.

Duermes siete u ocho.

Los únicos recuerdos verdaderos son sueños y tus encerronas en el sanitario, la cocina y la oficina.

Deja de repetir barbaridades. Mejor duerme.

Otra vez, en pleno amanecer me hablas por teléfono e intentas convencerme que debo escribir sobre la muerte temporal y nuestro paso por la bolsa amniótica.

Me aburres, te confieso.

El frio se ha apropiado de la isla.

Las chamarras —jackets o vestes—, circulan a lo que da por la Commune  de Paris.

Los ancianos escasean.

—Lo del domingo fue esperanzador…

Tal vez intentes polemizar sobre asuntos ajenos a Montreal. Por ejemplo, algo relacionado a Venezuela.

Lo supongo.

—Un poco de oxígeno para las veintitrés gubernaturas…—adelanto.

—¿De qué hablas?

Prefiero no alargar la conversación.

Sofía divaga después de leer alguno de los treinta y nueve libros de su Biblia.

—Nada, amiga, te dejo descansar —corto por lo sano—, te hablo mañana… Descansa, es lo mejor…

—Te encanta saber que soy una muerta insepulta, desalmado —susurra.

Y silencia su teléfono.

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