DESPISTE

sommus portada-Leía a James Joyce.

Un irlandés despistado del tiempo de su tiempo.

El sueño me venció mientras devoraba su portentoso Ulises: mamotreto de más de setecientas páginas.

En nada me emocionaban las obsesiones de Bloom en su andar por el Dublín de principio del siglo XX.

Lo atractivo del viaje era el lenguaje. Tan directo y escueto en sus descripciones.

En las páginas 211 y 212 reproduce su testimonio espontaneo ante su visión de un periódico local que encuentra a su paso.

Casi vencido por el sueño, alcancé a leer unas palabras garabateadas por el irlandés:

Pasó por delante del Irish Times. Podría haber otras respuestas esperando ahí. Me gustaría contestarlas todas. Buen sistema para los criminales. Código. Están ahora almorzando. El empleado ese de las gafas no me conoce. Ah, dejémoslas ahí que se cuezan. Bastante molestia abrirme paso a través de cuarenta y cuatro de ellas. Necesitase hábil mecanógrafa para ayudar caballero en trabajo literario. Te llamé niño malo de ese modo porque no me gusta el otro mundo. Por favor, dime qué quiere decir de verdad del otro modo. Por favor, dime qué clase de perfume usa tu mujer. Dime quién hizo el mundo. De qué manera le echan a uno encima esas preguntas. Y la otra, Lizzie Twigg. Mis esfuerzos literarios han tenido la buena suerte de recibir la aprobación del eminente poeta A. E. (Sr. Geo Russell). Sin tiempo para arreglarse el pelo bebiendo té aguanoso con un libro de poesías.

El mejor periódico con gran ventaja para un anuncio por palabras. Ahora tiene las provincias. Cocinera y para todo, exc. cocina, hay doncella. Búscase hombre activo para barra. Resp. señorita (católica) desea hallar empleo en frutería o salchichería. James Carlisle lo lanzó. Seis y medio por ciento de dividendo. Hizo un gran negocio con las acciones de Coates. Listo. Astutos viejos avaros de escoceses. Todas las noticias halagadoras. Nuestra graciosa y popular virreina. Comprado ahora el Irish Field.

No voy a soltar todo el rollo cuasi reporteril.

Yo dejé de recorrer tan brutal odisea del moderno Ulises citadino.

Bloom-Dedalus, supuse, son la misma vaina.

Joyce rastrilló toda la moralina de sus pares. Embarró de estiércol y orines cada manzana de la ciudad.

Ni sus templos religiosos sobrevivieron.

Pero es lo menos importante.

En este viaje de penumbras —el mío— jamás pude salir de la habitación.

Montreal me aguardaba.

De Varennes a Dorval. O sea, de noreste a suroeste. O de Cartierville a Le Plateau-Mont Royal. O sea, de este a oeste.

Desgraciadamente, algo me impedía meter la llave al cerrojo. El muerto seguía sentado en mi pecho. Imposible jalar aire.

Por pasar ese trago amargo, de aceptar la invitación de Joyce, no pude conocer el bar de Los Tres Alegres Bebedores, en la Fleet o la Rowe. Me quedé varado en el lecho, despatarrado y agónico.

Y hasta ahí llegué.

Tendría que intentar cerrar los ojos y apagar cualquier indicio de luz o ruido para liberarme de esta tortura.

Me faltan algunos pasos, sin volanta, para llegar al dieciocho escalón de papel y saludar a Penélope.

HEMEROTECA: Ulises – James Joyce

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