LA MUÑECA

amapolaLas sesenta y tres familias de El Álamo de los Ojos Azules hablaban de una sola cosa: la boda de la hija del menonita Abraham Katz, Amapola, con el hijo del propietario del único tanichi del rancho, Honorario Moreno.

Honorario tambien era padre de Cecilia y del loco Abel.

La noticia trascendió por toda la región, como si se tratara de una plaga bíblica.

La gente de los pueblos aledaños que tenía tratos con Abraham Katz seguía con atención el desenlace de la historia.

 Incluso, los chismes habían llegado a las aulas y oficinas de la escuela primaria federal Tadeo Vázquez.

Amapola Katz, en ese plantel público, fue dos veces Señorita de las Fiestas Patrias y se distinguió por su rebeldía y belleza.

El maestro Caritino Jenchi llegó a pretenderla y se retorcía de coraje, al enterarse de su idilio con el hijo mayor de los Moreno Maynes.

No daba crédito.

Bembón y morisco por su ascendencia costeña, repetía que se trataba de una equivocación y que, Amapola, jamás terminaría en la recámara de un jornalero ignorante y mediocre.

La Muñeca es mucha dama para ese rufián y talachero de campos frijoleros —destilaba enfebrecido.

Tenía esposa e hijos en Atoyac, Guerrero.

En una de sus parrandas finsemaneras asesinó a balazos a un dirigente coprero, enemigo de los acaparadores de coco. Tuvo que huir y esconderse en Chopeque.

El gobierno federal le permitió conservar su plaza de maestro rural y servir de confidente en la Secretaría de Gobernación.

En las fiestas patronales de Cerro Prieto de Arriba conoció a Amapola.  Caritino Jenchi bailó con ella casi toda la noche. Desconocía que Amapola solo intentaba de incomodar a otro de sus pretendientes: Gelasio Moreno.

—Yo no lo puedo decir ahorita si si o si no —le advirtió Amapola cuando la dejó en la entrada del ejido de Chopeque— porque yo no sé si usted es casado, tiene amante o si mis papás lo acepten. Déjeme preguntarles.

Caritino la buscó en varias ocasiones y la muchacha hábilmente le sacaba la vuelta. Jamás recibía sus regalos, cartas y poemas amorosos. Cotidianamente se hacía acompañar de sus hermanos y amigas.

El profesor no insistió. Conocía el poder político de Abraham Katz, amigo del comandante de la  zona militar de Ciudad Cuauhtémoc. Ebrio, adormecido por los efluvios del tesgüino o sotol, externaba sus resentimientos y deseos.

Abel Moreno Maynes, entre risotadas de bobo y gestos de desatinado, conocía las pretensiones de Caritino.

De él aprendió a decirle La Muñeca a Amapola.

Por lo mismo, insistió en estar presente en la ceremonia de pedimento. Quería conocer y proteger a su cuñada.

—Vas a ir, pero tienes que bañarte y cortarte esas greñas de loco —lo condicionó Gelasio.

Cecilia tuvo la encomienda de cambiarle la fisonomía al gigante benjamín de la familia.

A duras penas logró enjaretarle las botas vaqueras y le tijereteó la pelambrera de anacoreta.

—¿Cuándo vamos a visitar a La Muñeca, carnala?

—Se llama Amapola…

—Para mí siempre será La Muñeca…

—Mañana acompañaremos a Gelasio y tienes que portarte bien, pero tendrás que bañarte y tallarte bien los talones que los tienes muy cochinos.

—Tenemos que cuidarla muncho, será nuestra muñequita ¿verdad?

—Será la esposa de Gelasio.

—También es nuestra muñequita.

Cecilia no le dio importancia a los comentarios de Abel.

Durante cierto tiempo el muchacho se aferraba a una sola idea. Después de repetirla ante propios y extraños, en dos o tres meses la desechaba y armaba una nueva.

Su monomanía era recurrente.

Siempre había sido así desde que una de sus amantes de Ocochic le dio un brebaje a base de estramonio y lo sumió en el territorio de la imbecibilidad.

Le gustaba a Abel merodear por Chopeque y sus alrededores. Poco faltaba a los juegos de beisbol en los campos llaneros del ejido Ignacio Zaragoza, La Junta y Pedernales.

Era un polizón tolerado en el Ferrocarril del Pacífico.

Los garroteros le permitían colgarse a los trenes de carga y llegar hasta el pueblo maderero de Creel, a cien kilómetros de Chopeque.

Le gustaba sentarse en el cabuz y abstraerse ante la inmensidad de la sierra.

Los viernes por la noche asistía al Tanichi del Ronco El meón para observar las partidas de dominó.

Pocas veces faltaba Caritino Jenchi a esos torneos de mesa y al calor del tesgüino, su bebida preferida, insistía en recordar a la hija de Abraham Katz y Mariana Amor.

—Nada más se apendeja su macho un poco y me la robo, qué chingados —exclamaba y brindaba sin que nadie cuestionara sus palabras.

Abel Moreno lo escuchaba en uno de los rincones del negocio y apretujaba, con ira contenida, el mango de una punta de pedernal desenterrada un año antes en el cementerio de los Indios Perros Bravos.

Trabajó como ayudante de albañil en la comunidad prehispánica de Paquimé.

En una de sus incursiones nocturnas logró apropiarse de la lasca indígena.

—Las perlas no se hicieron para los cerdos —dijo Alfonso Che Cabrera. El medallón de oro con una mata triangular grabada evidenciaba su oficio de traficante de marihuana.

Porroca le ganó la partida compadre —picó Guadalupe Rosales.

Los lentes polarizados lograron disimular el brillo fulminante de su mirada. Aún traía puestos los cubrepuños de la camisa.

El sucesor del presidente Luis Echeverría decretó una ley de amnistía.

Los guerrilleros en el exilio optaron por regresar al país de su obligada diáspora.

Rosales entró a Telégrafos de México.

Dos años después fue enviado a aquel limbo montañoso, paso obligado de los burreros de marihuana.

Su antecesor enloqueció de celos y destazó con un hacha a su mujer e hija y se dio un balazo en la cabeza.

—Ese es un pendejo, que no tiene idea lo que se lleva a la cama —dijo Antolino Venegas tras darle su chupada al cigarrillo.

Una pequeña mancha de sangre en la pantalonera de charro desentonaba con la pulcritud de la camisa blanca.

De noche trabajaba de mariachi y de día hacía guardia en los separos de la policía judicial del estado, en Ciudad Cuauhtémoc.

Era un experto torturador e inhalador de cocaína.

Ronco El meón aplicaba las tres reglas de oro del propietario de un picadero, disfrazado de tanichi, donde se comerciaba cerveza, alcohol, anfetaminas y alcaloides: ver, oír y callar.

Quienes escuchaban y hablaban de más corrían el riesgo de ser asesinados y abandonados en alguna calle del pueblo.

Ronco El meón  nunca abandonaba el negocio y su gorra oscura de beisbolista. Pasaba largo tiempo frente al televisor.

—¿Qué te tomas pinche Abelito? —preguntó Venegas. Semejaba un muñeco de ventrílocuo por la cicatriz de la mandíbula.

—Nada y mi hermano no se llama Porroca, es Gelasio…

La risotada de los jugadores trascendió los paredones de adobe del tanichi.

La luna apenas alumbraba a Chopeque. Sus calles estaban desiertas ante el temor de ser atacados por un tigre de bengala que se había escapado del circo de Quique y sus Animales Salvajes durante las fiestas patronales de Cerro Prieto de Arriba.

La advertencia la colocó el padre Conrado Vale en el frontispicio de la iglesia del Santo Niño de Atoche.

Las mellizas Adela y Estela Orozco alcanzaron a escuchar el cacareo de los jugadores. De inmediato apagaron las lámparas de petróleo.

Las otras viviendas cercanas al negocio estaban en penumbras desde la puesta del sol.

HEMEROTECA: teve4dic09

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