GUTY

cineEn Montreal existe una sala de cine para estudiantes y nostálgicos.

Guty Pérez me buscó para acompañarlo a la exhibición de una película de Billy Wilder, un judío de origen austriaco, irreverente e iconoclasta: Ariane (Love in the Afternoon).

Confieso que estaba urgido en abandonar mi pocilga. Llevaba cuatro días de encerrona, por una migraña.

—¿Y tienes idea del nombre de la película? —lancé la pregunta, sin importar la respuesta.

—Lo único que me dijeron en la oficina es que trabaja Gary Cooper y al parecer fue de sus últimas películas…

La única referencia de importancia que tenía del larguirucho actor hollywoodense era su protagónico en un western de bajo presupuesto, pero de gran calado en la historia del cine.

Se lo externé a Guty, un tipo apaleado por la edad, pero optimista.

—No recuerdo el título de la película donde personifica a un sheriff recién casado que debe enfrentarse a unos matones, sin el apoyo de los lugareños…

—La Hora Señalada… y actúa nuestra paisana, Katy Jurado…

—Esa es… —aprobé.

—Cooper obtuvo un Oscar por esa película…

De la rue Millet a la Place d’Ars invertimos hora y media en autobús y el tren subterráneo.

Uno se acostumbra a estas gestas.

Montreal es una isla de hábitos enajenantes y largos silencios.

El asunto se agrava gracias a la existencia de los teléfonos celulares.

Ni siquiera Guty aprovechó el viaje para intercambiar palabras. Su dedo pulgar no dejó de acariciar repetidamente la pantalla de su diminuto teléfono. Vive aferrado a las imágenes, videos y textos de Facebook.

Yo me allegué de los dos periódicos gratuitos, en francés, que reparten a la entrada de todas las estaciones del tren subterráneo: 24 hours y Metro.

Únicamente dos personas éramos ajenas al embrujo de las redes sociales: un bebé con la cara embadurnada de chocolate, en su carriola, y yo.

Antes de llegar a la sala de cine, externé  mi deseo de enjaretarme un par de whiskys.

 Guty no opuso resistencia.

La función iniciaría a las ocho y media de la noche.

Faltaba hora y cuarto para reencontrarnos con Gary Cooper.

Después nos enteraríamos que Cooper, ya otoñal, actuaba en la cinta al lado de la entonces treintañera Audrey Hepburn, tan flaca como una escoba.

Guty con tres alipuses entre pecho y espalda, aflojó un poco la lengua. Volvió a echarme el rollo de su tercera esposa y sus males del corazón.

Lleva veintitrés años radicando en Montreal. Aparte de partirse el lomo en un supermercado —donde carga y descarga tráileres—, ve películas antigüitas y se emborracha.

El cine y el whisky son sus adicciones.

Por Guty he visto infinidad de películas en mi televisor y la videoreproductora.

Casi nunca las termino, porque me quedo dormido.

Cuando se las entrego y me pregunta qué me parecieron, simplemente respondo:

—Entretenidas…

—Eso es todo, lo que puedes decirme, pinche Agustín…

—Si —acoto—, entretenidas…

Tenemos una buena amistad de años. Él nació en Tampico y yo en Toluca. Somos contemporáneos.

Canadá nos cobijó, después de luchar casi dos décadas para obtener la ciudadanía.

Hace tres años enviudé por segunda ocasión. Nunca pude reproducirme. Así que estoy tan solo como el pez payaso de  mi pecera.

No soy muy dado a las redes sociales. Por lo mismo, carezco de Internet.

El teléfono de casa, es el único que me conecta al mundo, en caso de necesitarlo. Como el hablar de vez en cuando con algunos viejos compañeros de trabajo. Guty es uno de ellos.

Una o dos veces al mes nos reunimos para ir al bar y ponernos hasta las chanclas.

Otra de mis aficiones, no tan cotidianas, es ir a una agencia de masajes, atendida por chinas y coreanas.

Uno se arruga como las uvas y deja de llamar la atención.

—Vamos, pues… —me dice Guty— en diez minutos empieza la película…

Cada uno paga su cuenta, sin dejar propina.

El bar tiene barra, taburetes, una mesa de billar y varias máquinas tragamonedas.

No hay clientela en las mesas.

Hombres y mujeres beben y pierden su dinero en los ruidosos cajones de chapa vidriada.

Una veintena de espectadores nos dimos cita en la pequeña sala de cine, apestosa a desinfectante. Guty y yo éramos los más viejos.

Me sorprendió el detalle.

La explicación de Guty aclaró mis dudas.

—La mayoría estudia cine y sus maestros los obligan a no dejar morir este tipo de salas, son como cines-clubs…

Ariane (en su título al francés) fue estrenada en 1957, según leí en el folleto que nos regalaron a la entrada. Es una comedia gringa. Se trataba de un enredo amoroso de un playboy otoñal y rico con la hija de un detective.

Un marido cornudo es la clave del despelote de la historia.

La relación sexual, algo promiscua, del viejo  y la jovencita, es avalada  por el detective, un viudo apegado a su chamba de fisgón profesional.

Cooper moriría de cáncer de próstata cuatro años después de participar en la cinta. Tenía tres días de haber celebrado su sesenta aniversario de vida.

Guty enfrentaba el mismo problema de salud.

 Me lo confió al término de la película.

VIDEOTECA: https://ok.ru/video/1129650784863

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s