ARRESTADO

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El policía güero me apuntó con su revólver en la cabeza y ordenó:

—¡Agenouillez-vous et de mettre ses mains derrière sa tête!

Yo vestía un pantalón-piyama abierto de la entrepierna y un deshilachado suéter de lana, por ser días invernales. Cargaba un plato con trozos de queso parmesano y rodelas de salchicha de pavo.

Para obedecer tuve que depositar la comida sobre las sucias duelas.

Una mujer policía resguardaba las espaldas de su compañero bajo el umbral de la puerta.

Tras ella, con mirada azorada, observaba la escena el nuevo encargado del departamento, un turco peludo y apestoso a ajo.

En segundos fui esposado y puesto bajo el resguardo de la mujer uniformada, hombruna y de pelo rubio.

Al agarrarme la nuca, comprobé el poder de su fuerza y entrenamiento.

Necesitaba mis mocasines por encontrarme descalzo.

— Je besoin mes chaussures… —pedí.

El policía los arrojó a mis pies y comprobó que en la mesa, junto al televisor y una laptop abierta, se hallaban dos latas de cerveza: una sin abrir y otra semivacía.

—¿Quelle est votre langue maternelle?

El turco le respondió al policía:

—Espagnol.

La uniformada, sin soltar mi nuca, pidió ayuda de una intérprete, a través de la radio que colgaba sobre su seno derecho.

Tuvimos que aguardar su presencia en el lugar del arresto, mientras su compañero continuaba hurgando en mi habitación.

En el año y medio de permanecer en esa ratonera, acumulé ropa, trastos, documentos, libros, una cafetera eléctrica, el televisor plasma de 19 pulgadas, un reloj despertador, material y herramienta para la elaboración de bisutería y una vieja laptop que me regaló Brenda antes de retornar a Madrid.

—¿Comme vous s’appelle? —preguntó el policía con mi credencial de salud en la mano.

—Venancio Cobos…

—¿Savez-vous pourquoi cette arrestation?

Le iba a responder, pero la rubia policía, me contuvo:

—Attendez jusqu’à ce que l’interprète arrive.

No hubo más cuestionamientos.

Diez minutos después, se unió al coro otra dama de uniforme azul y vivos rojos.

De inmediato empezó a hablar en la lengua de mis padres y abuelos chapines.

—Soy la oficial Raquel Santos y seré su intérprete. Le van a hacer algunas preguntas personales.

El interrogatorio se centró en saber la fecha de mi arribo a Montreal, edad, nombre de mis padres, estatus migratorio y si estaba enterado sobre la causa de mi detención.

De lo último, respondí:

—Por exigir mis derechos…

El policía que me había sometido, garabateó en su libreta de taquigrafía y dijo:

—Uno de sus compañeros de departamento lo denunció, porque usted quiso asesinarlo con un cuchillo. Lo vamos a arrestar esta noche y mañana lo llevaremos ante un juez de lo criminal para que responda a los cargos…

—Hay un error…

—Usted no diga nada ahorita, porque todo lo que diga podría ser usado en su contra y además tiene aliento alcohólico y en su habitación encontraron varios cuchillos, como el que utilizó para intentar atacar a su compañero de departamento…

Custodiado por los tres policías y el turco fui sacado del edificio y arrojado al asiento trasero de una patrulla.

 Tenía las manos esposadas a la espalda y el deseo truncado de no haber comido el queso parmesano y las salchichas.

El hambre calaba. No lograba dimensionar el problema legal en que estaba metido.

—Me lastiman las esposas —dije mientras la patrulla se desplazaba hacia un punto desconocido.

Los dos policías, el hombre y Raquel Santos, fueron indiferentes a mi queja.

La ciudad, día a día, lidiaba con sus borrachos, drogadictos y locos.

Yo no era la excepción.

Era un jueves de noviembre y la nieve le había robado los colores a Montreal.

HEMEROTECA: pro81209

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