LA REVUELTA

polvos ajenosEstoy en la ostentosa estancia de los Tracqui, con partes achicharradas, defendiendo una causa perdida, la de la oligarquía de Saint-Arnaldur.

Detrás del escritorio antiguo tres hombres apoltronados en un largo diván de felpa verde con respaldo desgarrado.

El cuarto hombre, de pie y atado de manos, presenta un moretón en la mejilla izquierda.

—¿Os golpearon? —pregunto, también de pie y a su lado.

—No —responde con sequedad—, me caí durante la captura…

Mentía, estaba seguro.

Kan Haruki es un asesino circunstancial, posiblemente con problemas de psicopatía.

Durante la revuelta de la plaza Grenier, su detención fue fortuita. Creyó que Samuel Grenier encabezaría la defensa.

Dominique, al costado derecho de Gerald, tenía lastimado su rostro patibulario, sin barba. Nada quedaba del aséptico y elegante productor de caña de azúcar.

Lo confronto:

—No entiendo por qué vos traicionaste nuestra causa. No debiste matar a los tres jornaleros…

—Eran ellos o yo…

—La versión oficial es distinta a la de vos —cuestiono—. Con dejarlos ir, sus compañeros no se hubiesen levantado en armas…

—Me atacaron —replica y cuestiona—. ¿Qué hubieras hecho vos, si te tienen arrinconado en tu propia habitación?

—Tracqui, deja de decir sandeces… —corto molesto—. Hay testigos sobre lo ocurrido. Su reclamo era justo. Vos les negaste la paga, después de trabajar de sol a sol durante cuatro meses continuos…

—Es verdad —intervino Benzoni, compañero de diván de Gerald y Dominique Tracqui—. la pendejada de vos prendió la mecha y el fuego llegó hasta mi rancho…

Mercurie Benzoni semejaba un monje tibetano, por la calvicie y la ropa holgada, de algodón y color naranja.

—Mejor guarda silencio —sugiero—. Vos eres tan estúpido y despiadado como los cabrones que están contigo —y le recuerdo—: En votre trapiche encontramos un cementerio clandestino… Hasta hoy desconocemos cuántos jornaleros centroamericanos vos envenenaste para no pagarles… Gerald ayudó en los homicidios…

—Obligado —justifica Gerald Ferro.

—Obligado, mis cojones —profiero y lanzo un escupitajo al muro de mosaicos verde seco—. Vos eres tan criminal y despiadado como ellos… No estuvieran aquí, juntos y amarrados como cerdos, de ser inocentes… Ahora tenés que enfrentar las consecuencias…

El japonés, en sandalias de vaqueta y ropa de manta manchada de sangre, continua impávido, como un tótem. Sus crímenes lograron escandalizar a la población, principalmente a los hacendados. Contabilizamos nueve víctimas en su haber, todas del sexo femenino.

Nunca atacó a las mujeres de los jornaleros. Por lo mismo, ellos no lo denunciaron, a pesar de conocer a detalle su modus operandi.

Kan Haruki era el cocinero y masajista de la oligarquía rancia de la isla.

Mi padre lo rescató de la miseria, en Niigata.

Había servido al ejército del emperador japonés. Después de la derrota ante los europeos, quedó desempleado y medio loco. Por sus padres, aprendió a cocinar y el oficio de masajista.

En su lecho de moribundo, mi padre nos pidió que lo protegiéramos.

El japonés aprendió a comunicarse en nuestra lengua e hizo vida matrimonial en Saint-Arnaldur.

Desgraciadamente, su esposa e hija de trece años fueron violadas y asesinadas.

Samuel Grenier —el más chico del clan— fue considerado el principal sospechoso de los asesinatos.

Ninguna autoridad intervino, por ser descendiente directo de Jacques Grenier, el patriarca fundador de la villa.

Pagó el pato un jornalero nicaragüense, enfermo de lepra. Dependía de la nómina de Gerald Ferro.

Ya habría tiempo para resolver el entuerto. Antes, Haruki debía hacer su parte en la pacificación de la isla.

—Si querés combatir a los comunistas convencidos —sentenciaba mi padre—, debés utilizar a su propia gente, miserable y despolitizada.

Por mis títulos académicos y afectos paternalistas, los jornaleros de nuestro trapiche me nombraron su interlocutor.

De la noche a la mañana asumí responsabilidades de liderazgo.

Los hacendados confiaron ciegamente en su capacidad para corromper a los militares y policías. La gleba, machete y antorcha en alto, los rebasó. Y miles de ellos quemaron el uniforme y se unieron a la revuelta.

Dominique Tracqui, desgreñado y sangrante de la cara, alba y cuadrada, y de ojos saltones, interpela mi decisión de someterlos:

—Tenés que estar de nuestra parte, no podés traicionar a los tuyos…

—A vos se lo advertí, Dominique —respondo—, vos no debiste ensañarte con esos hombres… Eres tan pendejo que no dimensionaste las pasiones que desataste… Los tres encabezaban la revuelta en tu hacienda… Y ahora, mírate, te tienen de los cojones

—¿Y vos qué vas a hacernos? —pregunta Gerald.

—Kan tendrá la última palabra —contesto. Y al decirlo, desenvaino el espadín que cuelga a mi costado y corto la cuerda que maniata las manos del japonés—. Les corresponde a ustedes convencerlo…  Y más vos —digo y señalo a Dominique Tracqui—, que sos cuñado de  Samuelito…

Doy media vuelta y abandono la estancia.

Una muchedumbre afónica me aguarda a la salida de la casona.

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