LAS TRIBULACIONES DEL REY

la langosta portadaEn La Langosta nada sorprende, menos en Quebec.

En la barra o en cada mesa es posible hablar con médicos-obreros, abogados-limpiapisos, periodistas-sacaborrachos, ingenieros-jornaleros o sacerdotes-jardineros.

Todos inmigrantes, ajenos a la cultura canadiense o quebequés y con problemas al articular o escribir inglés y francés.

Solo dos realidades nos unen: la añoranza y el alcohol.

No soy la excepción.

Si aún me mantengo en el territorio del consumo y el razonamiento, es por aceptarme —con todas mis debilidades y virtudes— desde el instante que ingresé al Aeropuerto Internacional Lester B. Pearson.

Era claro que al huir de mi país, sería un proscrito, un fuera de la ley, sin derechos civiles y políticos en una nación de raíces galas y anglosajonas.

Mi única ventaja, frente a mis compañeros de sufrimiento, es mi apego a la curiosidad y la irreverencia.

Conocer a Pech fue una bendición. Pech es un hombre recto, claro ideológicamente y comprometido con los desheredados de la tierra. Su pasado guerrillero ha cimentado sus buenos sentimientos.

El negocio privado, al contrario de otros, es el medio inteligente para no ser un esclavo laboral. Sin proponérselo se ha convertido en un psicólogo de barra.

El alcohol suple a los antidepresivos.

El paciente no necesita hacer cita para recibir una terapia de bajo costo. Solo tiene que ingresar al bar, pedir un par de cervezas —o la bebida de sus apetencias—, y aflojar la lengua.

Viviana queda descartada para prestar este servicio. Es cocainómana y se prostituye. Los parroquianos, desde su perspectiva son dealers o clientes. Pech la utiliza para atraer pacientes y dormir tranquilo.

Viviana es incapaz de robarle o traicionarlo.

La reflexión llega en el instante menos planeado.

Me he enjaretado dos alipuses de cebada y releo la obra El Rey Lear de Shakespeare.

Mis urgencias de escritor me raspan las tripas.

En mis tiempos de periodista quise contar historias. Desgraciadamente el ser reportero de cuatro notas diarias truncó  mis aspiraciones literarias.

Guatemala es un país de chapines. Lo afirmo sin ánimo de desdeñar a  mis paisanos.

Las iglesias cristianas y el poder factico han menguado la rabia de los míos. De prevalecer algo de encono en sus corazones y tripas, lo aplican en destruir a su propia gente, no a sus verdaderos verdugos de clase.

La oligarquía uniforma a los pobres para convertirlos en genocidas.

—¿Crees que el deber ha de tenerle miedo al habla cuando el poder se rinde al halago? —le dice el conde de Kent al Rey Lear, después que éste deshereda a Cornelia, su hija menor.

En tal pregunta se sintetiza la tragedia humana.

La sociedad del poder se finca en el halago y la avaricia.

El propósito de escribir debe ser por compromiso.

Pech insiste en buscar el paralelismo de liderazgo que permita alimentar sentimientos revolucionarios. Su amor o admiración a ciertos caudillos e ideólogos marxistas es con un solo propósito moral: servir al débil, no destruirlo.

Pienso distinto, sin desvalorizar la militancia moral de mi amigo peruano.

Creo en la malevolencia del poder, como lo plantearon en su momento Dante, Maquiavelo y Shakespeare. Y no solo en ella, sino en ciertos beneficios que arroja para sostener la benevolencia colectiva.

El problema es hacia qué sendero se debe encaminar una decisión emanada del caudillo.

Desde la barra o la mesa del bar he observado el paso de cientos de bebedores de alcohol. Muchos, ya ebrios, sueltan sus verdades e identidades.

Todos concluyen en una sola cosa: alguien los abusó, y no me refiero a lo sexual.

La lista es infinita: un mal patrón, un mal burócrata, un mal líder sindical, un mal vecino, una mala familia, un mal ministro o un mal traficante de drogas…

Y al final, por temor a morir, se destierran.

Leer a Shakespeare, como lo hago en estos momentos, me ha permitido reconocer mis propias debilidades. El Rey Lear, como víctima del halago, terminó suicidándose y destruyendo a sus hijas y leales.

Pech tuvo que rendirse moralmente al líder maoísta de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán Reynoso. Su lealtad le impidió evitar el asesinato de casi treinta y ocho mil peruanos, en su mayoría pobres.

El Presidente Guzmán, como era conocido Guzmán Reynoso, fue reo del halago y el fanatismo doctrinario.

Y algo similar han experimentado los caudillos del mundo.

William Shakespeare en sus geniales obras Macbeth, Hamlet y El Rey Lear permite hacer un recuento de la verdad del poder autoritario, ajeno a los consensos. Su visión analítica, abona suficiente aprendizaje para desarrollar historias relacionadas a los abusos de mando de un hombre omnímodo o un corporativo.

Un sacerdote-jardinero dañado por el miedo y alcohol, en una de sus incursiones al bar, me dijo:

—La Sagrada Escritura es el antecedente de las tragedias de Shakespeare. El Rey Lear poco se distingue de otros reyes, jueces o profetas bíblicos…

En esta ocasión, intenté no escribir con modismos idiomáticos. Me disculpo. Y no lo hice, porque Pech me lo sugirió.

—Si vas a escribir una novela, olvídate de sacar toda nuestra basura regionalista. Es mejor que  hagas un esfuerzo por escribir correctamente nuestro castellano.

En algo tiene razón, pero solo por hoy acepto esa regla.

No lo haré, en crónicas subsiguientes o de llegar a materializar la novela sobre el poder de un capo mexicano que me quema la sesera.

HEMEROTECA:tele121109

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s