EL GOLPE

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El asesinato de Salvador Allende provocó pesar y alarma en Villa Alemana.

Los vecinos de las calles Victoria, Patricio Lynch, Williamson, Pedro Montt y Primera intentaron confirmar, entre sus conocidos, si efectivamente algunos generales se sublevaron y bombardearon el Palacio de la Moneda.

Manuel Ernesto habló con uno de los dirigentes de la Unidad Popular, empleado del ayuntamiento. Con tristeza confirmó de la muerte del presidente de la república y el inicio de una feroz represión contra sus seguidores.

—Tenes que ser prudente vos —advirtió sin ocultar su preocupación y temor—, en unas cuantas horas todo esto se llena de carabineros…

Norma Luisa fue informada de lo ocurrido por su nueva patrona, doña Dolores Delgado.

Lo reveló desde su cama, donde con atención escuchaba las noticias de la radio.

—Por fin regresa la paz y el orden a Chile… Le aplastaron la cabeza a la serpiente…

—¿Cuál serpiente? —preguntó Norma Luisa, desde el resquicio de la puerta.

—Que una Junta Militar se hizo del gobierno… Allende se quitó la vida, el muy cobarde…

Era jueves.

El invierno estaba por concluir.

En Villa Alemana, en diez días recibirían con una gran verbena el arribo del equinoccio de primavera, como cada año sucedía.

 Allende, enterado del levantamiento armado, optó por fortificarse en el Palacio de la Moneda con la guardia presidencial y sus ministros. Lo hizo a las siete y media de la mañana. Desde su despacho, a través de altoparlantes, dirigió su último mensaje.

Esto ocurrió casi tres horas después.

La Junta Militar, integrada por los comandantes en jefe del ejército, fuerza aérea, armada y carabineros, difundió —por volantes, la televisión y la radio—, su primer comunicado oficial relacionado al golpe de estado.

Una voz masculina, de acento grave, leyó:

Teniendo presente que: 1.- La gravísima crisis social y moral por la que atraviesa el país; 2.- La incapacidad del Gobierno para controlar el caos; 3.- El constante incremento de grupos paramilitares entrenados por los partidos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros deciden:

1.- El Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile.

2.- Las FF.AA. y Carabineros están unidos para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la Patria y evitar que nuestro país siga bajo el yugo marxista; y la restauración del orden y la institucionalidad;

3.- Los trabajadores de Chile pueden tener la seguridad de que las conquistas económicas y sociales que han alcanzado hasta la fecha no sufrirán modificaciones en lo fundamental;

4.- La prensa, radios difusoras y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre;

5.- El pueblo de Santiago debe permanecer en sus casas a fin de evitar víctimas inocentes.

Firmado: Augusto Pinochet Ugarte, Comandante en Jefe del Ejército; José Toribio Merino, Comandante en Jefe de la Armada Nacional; Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea de Chile, y; César Mendoza Durán, Director General de Carabineros.

Junta Militar de Gobierno; Santiago, 11 de septiembre de 1973.

Por la noche, Norma Luisa habló con Manuel Ernesto. Le pidió que fuera más prudente con sus comentarios a favor de Allende. Seguramente, los carabineros tendrían vecinos infiltrados en Villa Alemana y contaban con la lista de militantes o simpatizantes de la Unidad Popular.

Lo que más preocupaba a Norma Luisa era la seguridad de sus hijos, principalmente la de Victor Hugo, de dieciocho años y asistir a un liceo contaminado por las arengas políticas del momento.

La soldadesca le guardaba resentimiento a la juventud universitaria, por su abierto apoyo al gobierno socialista de Salvador Allende.

—No te preocupes, mujer —dijo Manuel Ernesto—, me iré unos dillitas con Marcial Orellana, por allá en los Andes, y así le quito ojos a la familia…

—Intenta vos no meterte en problemas —insistió Norma Luisa—, porque ahorita viene la revancha de nuestros adversarios y no sabemos las consecuencias…

—Con aviones bombardearon la casa presidencial y hay muchos muertos y detenidos en Santiago…

—Sí, estoy enterada, porque doña Dolores me puso al tanto…

Norma Luisa, consciente de la represión selectiva que se avecindaba, intentó no alterar su rutina diaria y de la familia para no llamar la atención entre la policía política, enchufada en la Dirección de Inteligencia Nacional, la temible DINA.

De lunes a sábado trabajaba como empleada doméstica de doña Dolores, una viuda.

Sus hijos, todos adultos, radicaban en Valparaíso y Santiago. Diariamente hablaban por teléfono para tenerla al tanto de lo que ocurría en la capital del país y en la ciudad portuaria.

El modelo económico propuesto por Allende y la Unidad Popular, fracturó a Chile y enmudeció a miles de familias que, tres años antes, apoyaron su arribo al poder.

En Valparaíso, la cúpula castrense organizó el plan del derrocamiento de Allende con la asesoría del gobierno estadounidense, como lo revelaría en un periódico de Londres, el general Carlos Prat González, ex Ministro de la Defensa.

Por lo mismo, el domingo 30 de septiembre de 1973, el general Prat fue asesinado con un coche bomba en Buenos Aires.

La misma suerte le ocurriría a otros tres mil sesenta y cinco chilenos. La mayoría, dirigentes obreros, magisteriales y estudiantiles e intelectuales; artistas, amas de casa y sacerdotes afines a la Teología de la liberación.

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