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En las entrañas del castor

EL HIERRO

portada en la entrana del castor—Estoy seguro que es él….

—No lo creo, ya está muy enfermo…

—Un amigo de Mimi lo vio en el aeropuerto, al lado de Meche, su esposa. Fueron acogidos por el propietario de Punta Grande…

—Lo dudo, pero comprobémoslo. Y si es cierto, dudo que nos reciba. Se la pasa repitiendo que ya dijo todo ante los periodistas y que ahora solo quiere escribir…

El Hierro es una de las siete islas Canarias, perdidas en la inmensidad del Atlántico.

Era necesario evitar el rijoso sol del mediterráneo, ante el riesgo de ser achicharrados.

Junio no daba muestras de querer humedecer los parajes salinos y resecos de nuestro hábitat temporal y rocoso.

Necesitábamos rentar un taxi para llegar al hotel más pequeño del mundo. Tiene cuatro habitaciones y fue construido sobre un acantilado de la calle General de las Puntas.

Del aeropuerto de Los Cangrejos, en Valverde, al hotel, la distancia es de veinte kilómetros.

El betún arde como un espeso café del mediterráneo.

Pagaríamos entre treinta a cincuenta euros para lograr nuestro objetivo.

—No importa, vale la pena…

—¿Y con qué pretexto preguntamos por él? Recuerden que nos van a negar cualquier información de los huéspedes…

—Como escribió Cavafis: Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado./Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,/ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan. Lo importante es el viaje, no el resultado…

Hilda Aguilar seguía invicta en este tipo de iniciativas.

No bajaba la guardia, a pesar de ya no ser una jovencita. Es enclenque y de cejas mefistolescas.

El 12 de enero festejamos su cuarenta y dos aniversario en Barcelona.

En esa ocasión, Ixtel Ocegueda y yo decidimos regalarle un viaje a las Islas Canarias.

Una tía solterona de Ixtel tenía un chalet de dos habitaciones en Villa Marina, dentro del desarrollo inmobiliario La Caleta. Los costos del viaje se reducirían por solo pagar el boleto de avión.

—Podemos ir primero al aeropuerto, porque mi tía tiene amigos en la administración y tal vez alguien nos lleve, todo es posible… o irnos a pie por la Tomas Navarro y llegar a Villa Valverde, donde cualquier vecino con menos de veinte euros nos lleva al hotel…

Lo evaluamos.

Por la carretera El Cangrejo, a pie, en menos de unos cuarenta minutos arribaríamos al aeropuerto, construido en el ala oriente de la isla.

El asunto merecía una reflexión consensada.

El sol del mediterráneo no era un asunto fútil, podría meternos en aprietos.

Un mes antes, en este mismo tramo, dos mochileros perdieron la cordura, alucinaron. Terminaron en el hospital de Nuestra Señora de Los Reyes.

 Los sabinares –simples arbustos achaparrados — y las palmeras canarias —flacas, largas y copetonas— difícilmente nos protegerían del fuego solar y los polvos virulentos del Sáhara, tan visibles y tangibles, a pesar de ser una isla. Provocaban alergias y otros problemas respiratorios.

¿Valdría la pena jugarnos el pellejo por saludar a un premio Nobel de literatura?

La decisión aguardaba mientras adelgazábamos la segunda bota de vino tinto y despellejábamos los langostinos, adquiridos por diez euros en la ensenada del Juanil.

Hilda recordó la sugerencia del pescador marroquí que nos ofreció los crustáceos:

—Aquí estamos tan solos con la naturaleza, bendecida por Alá. No dejen que los bimbaches impongan sus creencias malignas… Ya lo verán. En vez de ayudar al caminante extranjero, por ser seguidores del aranyfayo, han decidido combatirnos y sacarnos de la isla.

Los indígenas naturales, conocidos como bimbaches, fueron sometidos en el siglo XV por la monarquía española. El militar francés, Jean Béthencourt inició el proceso de colonización.

El cristianismo impuso sus reglas de convivencia y convirtió a la Virgen de los Reyes, en la Santa patrona de El Hierro.

Sus divinidades Eraorahan —el Dios macho— y Moneiba —la Diosa hembra— pasaron a la clandestinidad.

Los bimbaches asumieron el espíritu errante de los saltamontes y los petirrojos para no perderse en el desierto del Sáhara y el archipiélago canario.

La mayoría de nativos huyeron a las cumbres del Tenerife y Malpaso, a mil quinientos metros sobre el nivel del mar.

Ixtel Ocegueda tenía más experiencia en esos enjuagues de convivencia humana. Era antropólogo social.

Los problemas matrimoniales le impedían meterse en los debates políticos. Su apariencia era la de un indígena mexicano, de la sierra Tarahumara, a pesar de la barba de asceta.

Intentaba sobreponerse de su reciente fracaso matrimonial y pasarla bien con Mimi Fuentes, quince años menor y afín a la aventura y la bohemia.

La conoció en una discoteca de Barcelona.

 En el encuentro Mimi le reveló ser madre soltera y trabajar de secretaria en una trasnacional china, fabricante de calzado deportivo. Tuvo una relación sentimental con un abogado de Shanghái que la traicionó con su mejor amiga.

Por esa lógica, propia de quien padece disturbios del corazón, decidió no hipotecar su felicidad en un solo hombre. Y tomó la decisión de vivir intensamente el día a día.

Su piel lozana y bronceada, ocultaba, ante ojos ajenos, su verdadera edad: veintiocho años.

A Mimi no le gustaba maquillarse o  usar tinturas para el cabello, cejas, pestañas o labios.

Todo al natural.

Su abuela materna era mexicana. De ahí, la nariz algo ancha y los ojos pequeños y redondos, de un negro tenebra.

—Insisto, tenemos que buscar a Gabo y tomarle una foto… Es nuestra única oportunidad.

—En eso si no tendremos problemas —dijo Ixtel. Su luenga barba entrecana brillaba por el vino y la grasa de los langostinos—.  Gabo es generoso con sus lectores. No rechaza ser retratado y hasta da autógrafos si le presentas un libro de su autoría…

—Entonces hagámoslo —reiteré, mientras acariciaba los desnudos pies de Hilda, un poco adormecida por los efectos del vino y los crustáceos.

La noche había tocado nuestra puerta con sus grillos y chicharras.

Los doce mil habitantes de la isla — en gran porcentaje españoles y católicos—, trataban de hacer grata la estadía de los turistas, e incluyo al escritor colombiano —entonces de 84 años— y a Mercedes Barcha, su esposa.

En el 2011, según cifras del Ministerio de Turismo, a Hierro arribaron 180 mil visitantes.

Familiares de doña Sabina Hernández, La Sabinosa, invitaron al Gabo a conocer el terruño de la cantante folklórica.

García Márquez siempre quiso escucharla de viva voz. Por desgracia, la muerte impidió tal encuentro.

La Sabinosa falleció en su terruño el 13 de junio de 1975.

El creador de Macondo y la familia Buendía, prometió estar presente en su aniversario.

Ni los sortilegios y embrujos de los bimbaches hicieron el milagro.

El Gabo murió en su cama, el 17 de abril de 2014. En un jueves primaveral y en la Ciudad de México.

HEMEROTECA: Notas de prensa (1961-1984) – Gabriel Garcia Marquez

VIDEOTECA:

 

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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